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El callejón
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El día de la revelación

Al borde de cumplir ocho décadas sobre la superficie de este solitario y desafortunado planeta, Steven Allan Spielberg acaba de estrenar El día de la revelación, que es una forma, un tanto confusa, desordenada y, por momentos, hilarante (la torpeza mostrada aquí por los agentes secretos de la siniestra agencia de seguridad -en EEUU se calculan más de un millar de estas empresas con oscuros intereses- en la persecución de los héroes en este largo galimatías digno de los legítimos delirios de ufólogos, alienófilos y conspiranoicos roswellianos, rememora en el espectador con un mínimo de cultura cinematográfica las divertidas patochadas de los Keystone Cops o en cualquier ciudadano con sus facultades mentales intactas la ridícula incompetencia de las fuerzas y cuerpos de seguridad mientras presuntamente custodiaban o perseguían a Carles Puigdemont) de poner el cierre a ciertas inquietudes personales, espirituales y sociológicas que arrancaron, en 1977, con la espectacular Encuentros en la tercera fase, y que prosiguieron con E.T. (1982), que continúa siendo, sin duda, una de sus mejores películas.

Si echásemos un vistazo en retrospectiva a ambos films y los confrontáramos con este último, hallaríamos en él más puntos de conexión que de divergencia y, siendo benévolos, más virtudes que defectos (como el absoluto dominio de la cámara y del encuadre, la magistral superposición de tensión y humor, el uso eficaz de un suspense de clara raíz hichtcockiana o el excelente y esforzado reparto que salva al conjunto de caer en la autoparodia), aunque nos deje en la retina la agridulce impresión de que este ambicioso y oportunista thriller, urdido con oficio pero sin la menor profundidad por David Koepp, no viene a aportar absolutamente nada ni a la filmografía del más célebre cineasta de su época, ni a la de su más querido colaborador (el muy venerable y admirable John Williams, que firma un nuevo prodigio de música incidental) o de su fabuloso operador, el polaco Janusz Kaminski.

Al final, la gran revelación a la que asistimos el día que escogimos para volver a una sala de cine, tres meses después, se había producido unas horas antes y no tuvo que ver ni con extraterrestres, ni con Dios, ni con el Apocalipsis del apóstol exiliado en Patmos. Y sí con la sala de lo penal del Tribunal Supremo.

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