Que nadie se llame a equívoco: no tengo ni pajolera idea de alemán. A diferencia de la ex-simia élite intelectual que rige los destinos de este miserable país desde hace demasiados años, soy perfectamente consciente de mis innumerables limitaciones y de mis muy escasas virtudes. Aunque a pesar de ello (o quizás tal vez precisamente por eso) no me considero un gilipollas. Como todos, he cometido errores (que no horrores) y uno de ellos es mi escaso bagaje cultural y la pobreza de mis conocimientos lingüísticos, circunscritos casi en exclusiva al dominio de mi lengua materna, tan perseguida y vilipendiada en otros territorios del estado en el que me tocó ver la luz (o las tinieblas). De ahí que el sonoro y elocuente título que le he puesto a este texto es un guiño (más bien simplón) al escritor y filósofo Friedrich Nietzsche, siempre tan exaltado como casi ridículo, más poeta que pensador, más demente que lúcido.
Esta penúltima semana de junio se cierra con la hecatombe venezolana (cuyo origen no descartemos que algún prestigioso imbécil atribuya al cambio climático) que se suma a la terrible devastación a la que ha sido sometida aquella otrora tierra de promisión para tantos paisanos, tras décadas de depredación brutal, gestión irresponsable y absoluta indiferencia generalizada por parte de una ciudadanía que ha asistido como convidado de piedra a la demolición de su propio estado y del derecho.
Desde aquí, desde la matria común de aquel continente, tratamos de observar con incómoda equidistancia todo este proceso feroz e implacable de autodestrucción, refugiados en una especie de complacencia infantil e injustificada que nos permite engañarnos con el manido tópico de que nada parecido nos ocurrirá. No voy a abrumarlos con previsiones macroeconómicas que a estas alturas muy pocos quieren o pueden digerir. Y, en parte, semejante desapego de la realidad tiene mucho más que ver con el pánico que provoca la constatación de que estamos al borde del abismo y con la convicción de que, si nos asomamos a él, con toda seguridad este no solo nos devolverá la mirada sino que también habremos de caer en su interior sin remisión, lo que es igual a perderse para siempre en las aguas fecales de la Historia.
Se pone fin a otra semana bochornosa, entre condenas, nuevos indicios de viejos chanchullos, medidas cautelares discutidas según a quién, abucheos, insultos, algún que otro bramido, ovaciones autistas y carcajadas delirantes. Es la rutina tóxica y desalentadora que precede a todo derrumbamiento. Y lo peor es que el desastre es inevitable. Y no quedarán ni las brasas cuando hayan acabado con todo: unos y otros. Y, bajo los escombros, no encontraremos nada, ni siquiera el leve asidero del que pueda tirar una tibia esperanza. Nada. Solo la angustiosa certeza de que la pesadilla no acabará sino de comenzar.