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El callejón
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De mamarrachos y hombres

A punto de llegar a los cincuenta y cinco años, que es tanto como reconocer que ya has sido mucho más de lo que podrás ser, de los cuales cuarenta y siete de ellos los he vivido como aficionado al fútbol, asisto a la recta final del actual campeonato del mundo con la feliz indiferencia de alguien a quien le importa un pimiento (el rojo estaba hoy a 90 céntimos en Mercadona) el desenlace de tan multitudinaria, interminable y anodina contienda.

Como cualquier otro objeto de consumo, el balompié ha derivado en un colosal negocio mangoneado por las mismas élites que controlan todo lo demás y cuyo salto cuantitativo se vincula directamente con la apertura al mercado asiático de las apuestas más o menos clandestinas (el régimen chino mira para otro lado siempre que el destinatario último de los beneficios sea el partido) y con la irrupción en este tinglado de fondos procedentes de la península arábiga. Semejante metamorfosis, que incluye la incorporación de la mujer como sujeto activo y mano de obra sobredimensionada, dado que la modalidad femenina de dicha práctica profesional sigue despertando una mínima curiosidad entre espectadores y medios informativos, ha supuesto el innegable aumento en los recursos invertidos, en los métodos de entrenamiento, en las infraestructuras y en las cadenas de formación de clubs a todos los niveles (con la lógica y vergonzante excepción de los países de segunda y tercera), aunque esto no haya significado ni una mejora generalizada de la calidad individual ni haya impedido la frecuente injerencia de intereses particulares en el desarrollo de las competiciones, tal y como se pudo comprobar la tarde del pasado martes, durante la eliminatoria que disputaron Argentina y Egipto.

Y es que, de no haber mediado la infame actuación del equipo arbitral, los aún campeones hubieran tenido que emprender el amargo retorno a casa que sí experimentaron los alemanes, primero, y los brasileños, después, tras caer ante todopoderosas selecciones como la paraguaya y la noruega. La más que merecida derrota del combinado albiceleste (auténtica murga conformada en torno al jugador más sobrevalorado de la historia: refugiado cual estrella mortecina e hiperprotegida dentro de la rutilante Major Soccer League) habría dejado sobre la mesa, con la rotunda sinceridad del niño que señala la desnudez ridícula del emperador en el cuento de Andersen, la sombría y ruinosa realidad del fútbol sudamericano, vacío de un talento nacional que lleva décadas siendo exportado (más bien expoliado) a otros continentes (principalmente, Europa), como lo demuestra que tan solo dos escuadras del otro lado del Atlántico (Boca, en 2000 y 2003, y Corinthians, en 2012, ante un Chelsea sumido en una profunda crisis) se han alzado con la Copa Intercontinental en lo que llevamos de siglo.

Lo del martes fue la constatación escandalosa de que a los organizadores del torneo (esa camarilla mafiosa que se parapeta detrás de unas siglas permanentemente bajo sospecha) les resbala que se les acuse de enmascarar una FIlFA y de retorcer el reglamento sin ninguna justificación. Lo de menos es la deportividad y la noble pugna por la victoria. De ahí que el otro día la jubilosa y exagerada celebración de los futbolistas argentinos, lejos de la rimbombante épica que vociferaban los enardecidos comentaristas, a ojos del observador neutral le recordase más una mamarrachada protagonizada por pibes malcriados que por adultos hechos y derechos.

Todos estos fantasmas (y sus correligionarios, porque algún imbécil ha llegado a comparar en sus crónicas al máximo goleador con Dios) deberían apuntarse, por si acaso, los versos de Kipling que le encantaba repetir a Borges (para quien el fútbol no era más que una absurda pérdida de tiempo): “La gloria y el fracaso son dos impostores”. O estos otros, del escocés Robert Burns, que inspirarían una de las más conocidas novelas de John Steinbeck, que no vio jugar jamás a Maradona (ni falta que le hizo) pero que entendió como nadie de qué frágil arcilla está hecha la naturaleza humana: “Los mejores planes de ratones y hombres a menudo se frustran, y no nos dejan más que sufrimiento y dolor por el gozo prometido“.

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