“Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”
Gabriel García Márquez, Cien años de soledad
El 18 de julio de 1936 no solo fue el punto de partida de una sucesión de acontecimientos (la mayoría irremediables) que desembocaron en una feroz contienda (cruel y despiadada como solo pueden ser las pugnas desarrolladas en el seno de una misma familia); fue mucho más que eso. Ese día, invocado en retrospectiva con un pánico casi supersticioso por unos y por otros, precipita el principio del fin de esa abstracción hoy diluida en el espacio y el tiempo (con los estertores propios de una estrella moribunda) que se conoció como nación española: paquidermo del pleistoceno, de prolongada existencia y duradero esplendor, que ha ido despidiéndose desde este mundo, con mayor o menor estrépito, desde el siglo XVII.
Desmantelada a golpes, erosionada por la acción incesante de agentes externos y la parasitación monstruosa de organismos endógenos, la España que heredamos los que aún conservamos el recuerdo de la reconciliación nacional (tan aplaudida, tan cuestionada, tan vilipendiada) es un cuerpo enfermo y cansado que afronta la agonía con la terrible convicción de ser devorado por los necrófagos antes de exhalar su último suspiro.
Y su ciudadanía, sometida a una implacable injerencia que le ha impuesto monarcas granujas cuando no directamente imbéciles, regímenes de todo tipo (alimentados por la corrupción y la ignorancia) y unas élites egoístas e insaciables (siempre al servicio del mejor pagador), es una masa asustadiza, conformista e idiotizada que observa el progresivo empobrecimiento general, la ruina financiera, la cochambre política y la arbitrariedad judicial con indiferencia adolescente y con la bovina resignación de quien acepta el destino que ha sido escrito de antemano sin que nada ni nadie muevan un dedo para, por lo menos, intentar evitarlo.