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El callejón
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La deuda

A mi madre, donde quiera que nos esté esperando

Sí, Milagros, sí, lo que oyes, Ulises Concepción llevaba muerto más de veinte años hasta esta mañana, en el muelle, cuando lo vi bajar por la escala del Montserrat, junto al montón de paisanos recién llegados de América. Enseguida supe que era él, lo calé por la altura. A pesar de su pelo blanco, un lebrancho de semejante tamaño, flaco como un guirre y con ese andar agandulado… No puede ser otro, me dije. Tiene que ser él, fijo. Aunque sabrás que ya no tiene el bigote de caballero antiguo. ¿Te acuerdas, Milagros? ¿Te acuerdas de su empaque? Pues ahora ya no lleva terno hecho a medida por Lizardo, el viejo. Ahora usa una chamarra descolorida, como desflecada. Parece un indiano sin un duro. Se bajó a tierra con esa prenda encima, a pesar del calor, y unos pantalones grises, desvaídos, a juego con unas lonas de esparto. Sí, es él. Pongo la mano en el fuego. Aunque tú y yo sepamos perfectamente que sus restos descansan el sueño de los justos desde que los devolvieron dentro de una cámara frigorífica, en ese mismo barco, hace ¿cuántos años, Milagros? Ya ni sé… ¿Veintipico? Sí, puede ser; por lo menos han pasado más de veinte años del entierro de Ulises… Parece mentira, cómo se nos echa el tiempo encima: si es que hablo ahora contigo y estoy viendo a Guadalupe y a las niñas, y la fila de coches, y las coronas de flores y el silencio. Mira que fue gente: no cabía nadie más. Y te dolía en el alma ver a aquella mujer tan hermosa, que casi llevaban a rastras, con las hijas tan chicas, que miraban azoradas a un lado y a otro sin entender nada. Si lo tengo grabado aquí, como si hubiese ocurrido ayer mismo, y de buenas a primeras, esta mañana, en el muelle la comitiva emprendió su largo y penoso recorrido a través de la calle O’Daly, en dirección a la Parroquia Matriz de El Salvador, donde se ofició la ceremonia de ‘corpore in sepulcro’, mientras una multitud de ciudadanos de toda clase y condición, procedentes de los barrios de la capital, acudían a expresar sus condolencias y su afecto a la familia del fallecido y si no fuera porque al pisar la tierra de los vivos Ulises le hizo una seña a Juanito el Taxista para que le recogiese la única maleta que trae, por cierto, una caja de cartón con doble cierre, de las más baratas, yo habría creído que estaba ante una aparición, pero, claro, los espíritus no le dan órdenes a los chóferes, me dije, y ya me quedé tranquilo, Milagros.

Sin embargo, en el momento en que estaba a punto de entrar en el auto, Ulises Concepción se dio cuenta de que alguien le estaba observando, en medio de aquella polvacera de gente. Entonces, no tardó un suspiro en enfilar con sus ojos de gato, con esos ojos verdes que tanto llamaban la atención, el lugar de donde provenía la mirada. Ulises se dirigió hacia mí y el corazón me dio un brinco. No sé por qué, pero sentí un escalofrío. Pensé que me había descubierto, aunque luego pasó a mi lado sin detenerse. Al girar la cabeza fue cuando descubrí a Goyo. El pobre intentó hacerse el loco y se escabulló entre el griterío de bienvenidas y abrazos y, antes de que pudiera salir a escape, una especie de zarpa grande y huesuda se le había echado encima.

“Coño, Goyito, ya no saludas a los amigos”, le dijo con la voz profunda y severa que yo le recuerdo y creo que al Gago las patas le empezaron a temblequear.

“Nnnno-no-no-no no, Ulises, que-que-qué va”, tú imagínate la escena, Milagros: al parecer el Gago lo identificó, igual que yo, en medio de aquel jaleo monumental, pero a mí no me reconoció y a Goyito sí, por eso se le botó encima.

“Anda, vente conmigo en el coche, que tengo que proponerte un asunto y te prometo que si todo sale bien te vas a ganar unas buenas pesetas”, algo así, más o menos, Ulises le susurró al bobo al oído, mientras yo vi cómo lo arrastraba literalmente del brazo para llevarlo hasta el taxi.

Luego, según tengo entendido, la advertencia que le hizo fue tajante: “Que no se te ocurra decirle a nadie ni una sola palabra de que estoy aquí”.

“Ppppe-pe-pe-pe pero si te he-he-he visto yo, tttte-te-te-te va a connnno-no-no no-nocer todo el mundo”, parece que le contestó el Gago.

“Es imposible que nadie sepa quién soy, te olvidas de que estoy muerto” ¿Te lo puedes creer, Milagros? Claro, así al oír eso, Goyo dice que le entró un retortijón que le culebreó por todo el cuerpo.

“Contra, Goyito, también le vas a dar la paliza a este señor… Si acaba de llegar, déjalo tranquilo”, creo que les dijo Juan el Taxista, cuando ambos subieron a su coche…

Te lo juro, Cristóbal, te juro que es él, que no, que no estoy loco, coño, si hablé con él y todo. Al principio no caí en la cuenta. No sé, había tal rebotallo, pensé que era un pasajero más. Allí había un montonazo de gente y yo sólo vi que un señor muy alto levantaba la mano para que le cogiera el equipaje. Luego corrió detrás de Goyito y le echó el brazo. Qué quieres que te diga, Cristóbal, a mí ese detalle me extrañó. Tiene que ser alguien conocido, pensé, si no, a cuenta de qué esas confianzas con el Gago. Lo gracioso es que el hombre resultó de lo más educado, ¿sabes? Sí, al contrario, no se preocupe, señor, su paisano ha sido muy amable conmigo y ahoritica se ha brindado a enseñarme la ciudad, y todo eso antes de que el Gago pudiese decir esta boca es mía. El caso es que yo no sospechaba nada, si hasta el acento que tiene suena puritico venezolano de La Guaira. Una vez estuvieron los dos dentro del coche, ya sabes, dices lo primero que se te ocurre para intentar romper el hielo y poder sonsacar algo, pues menudo guía se ha venido a buscar, a este paliza no se lo quita usted de encima hasta que se marche; por cierto, ¿va a estar mucho tiempo por aquí?, le pregunté. Y él que no responde, como si no me hubiese escuchado, y yo, que me callo porque no me queda otra que echar un vistazo a través del retrovisor. Me pidió que lo trajese al parador. Sí, Blas me confirmó que se ha pedido una habitación en la segunda planta. Sí, Goyito entró con él, pero antes, en el coche, yo noté que algo raro había. En un momento en que a lo mejor él creía que no me daba cuenta, cogió al Gago por el codo y le habló muy bajito, como si le soplara las palabras, para hacerlas rebotar dentro de su cabeza. Chico, si vieras la cara que puso el Goyo: blanco como un tomate, que dice Tostonera. Ni que le hubiese encañonado con una pistola. El caso es que, a pesar de tantas precauciones, tú sabes, Cristóbal, que yo tengo el oído fino, que no se me escapa ni el pedo de un ratón y lo capté clarito, clarito, como si me lo estuviese diciendo a mí. Le acercó los labios y le dejó el recado: “De esto no digas ni una palabra a nadie”. A mí eso me sonó a una amenaza de las gordas. Que te digo yo que ése se trae algo entre manos y, si no es así, a cuenta de qué ha vuelto. Todos lo dábamos por muerto y ¿ahora? ¿Qué se le ha perdido aquí? Que no, Cristóbal, ni familia ni leche machanga, que el tío ha venido para algo. Hazme caso, que, si no, no se explica para qué tanto misterio. No he hecho otra cosa que preguntarme lo mismo: ¿por qué? Menuda historia… A estas alturas, me imagino que todo el mundo se habrá enterado ya de que las primeras autoridades civiles y militares de la isla asistieron al funeral, en lo que supone una muestra más del hondo pesar y de la terrible consternación que el suceso ha causado en la opinión pública, conmocionada desde que el pasado jueves se recibió la noticia a través de un telegrama enviado por la embajada española en la entrada del parador nos despedimos. Me estrechó la mano con fuerza y en ese momento se me encendió la bombillita, como en los chistes de Mortadelo y Filemón, ¿sabes? Fue justo al mirarle directamente a los ojos. Sus ojos verdes, ¿te acuerdas, Cristóbal? El muy cabrón sigue teniendo esos preciosos ojos de mujer. Sí, es él. Por mis muertos, Cristóbal, por mis muertos y los tuyos, que el tipo que me acaba de dar veinte duros de propina es Ulises Concepción y no me mires con esa cara de desconsuelo, Goyito, que tú te vas a ganar mucho más, le dijo con una sonrisa al Gago, que era el que cargaba con su equipaje. A mí me despidió con otra sonrisa de oreja a oreja y hasta luego, señor, muy agradecido, y se metió en la recepción. Para tu conocimiento, te diré que allí sigue; en todo el día no se ha movido del parador. Blas me tiene al tanto de sus pasos y me ha jurado y perjurado que el único que ha tenido tratos con él ha sido Goyito. Sí, sí, y no me preguntes por qué. Ese tío ha vuelto por algún motivo y el único que puede saberlo es el bobo…

“To-to-to-to-toma, e-e-estas qqqqui₋qui-qui-quinientas ppppe-pe-pe-pesetas son para qqqq-que₋que vayas haciendo bbbbo-bo-boca”, tú ya sabes, Milagros, que cuando se pone nervioso se tranca y le cuesta el doble arrancar. Para colmo, me daba la espalda y tuve que hacer verdaderos esfuerzos para que ninguno de los dos se diese cuenta de que yo tenía la antena puesta. A esa hora, el bar hervía de gente y yo disimulaba con el periódico en las manos, que de tanto sobajarlo me lo aprendí de memoria. Apenas cogía trozos sueltos, algunas frases aquí y allá, porque Goyito se alongaba sobre la barra como si estuviese en un balcón de la Avenida y el otro le hacía preguntas mientras servía a los demás. Que es que ese bar estaba hoy como nunca, Milagros. Claro, con tanto mago que vino al muelle a buscar a la parentela que venía de allá… Entre el rebumbio oí que los dos hablaban de Amalia la Portuguesa. Pero era desesperante, Milagros. Llegó un punto en que yo ya no me enteraba de nada. Así que tuve que levantarme y aprovechar un hueco en la barra que dejó un bamballo con pinta de portuario. Le pedí otro cortado a Herminia y pegué el oído todo lo que pude para escuchar la conversación entre Goyito y su marido:

“¿Qué habrá venido a buscar aquí ese hombre después de tanto tiempo?”, dijo Enrique como hablando más bien para sí mismo. Mientras, le servía un plato de tollos y papas con mojo a un fulano que yo tenía al lado.

“Ah, ¿ppppe-pe-pe-pero ttttú-tú-tú-tú crees que-que-que lo que he visto e-e-e-e esta mañana nnnno-no-no-no era el fan-fan-fan-fantasma de U-u-ulises Conceción?”, no, si ya te lo he dicho, el Gago estaba hoy disparatado. Además, para mojarle el pico y tenerlo contento, Enrique le iba despachando una cuartita tras otra.

Y así estuvieron un rato: uno, con el tejemaneje desde la cocina a la barra y de la barra a las mesas; y, el otro, llenando el buche y masticando manises con cáscara, que tú sabes que le encantan. Claro, así se pone malo corno un perro, arrastrando la cagalera por las esquinas. Pues, para no alargarte el cuento, después hubo un momento en que Enrique se viró hacia el Gago. A mí me dan a jurar y digo que se había hartado ya de tanto secreto, de que el otro se quedara parado allí, rumiando las respuestas a sus preguntas con esa cara de pasmado y de enfermo que siempre tiene, que parece un periódico pasado de fecha.

“Por Dios, Goyito, no te hagas más bobo de lo que pareces. Los fantasmas no existen y o mucho me equivoco o ese muerto está más vivo que todos nosotros juntos”, le espetó de buenas a primeras. Allí nadie se dio cuenta del sentido de la frase. Menos yo. Porque, Milagros, te lo podrás suponer, cada uno estaba a lo suyo y, entre el vino, los chochos y la carne cabra de Herminia, la parroquia .sólo tenía tiempo para conversar con los amigos y disfrutar de la alegría de reencontrarse después de tanto tiempo.

Al cabo de un rato, el bar empezó a vaciarse y Enrique aprovechó para restregar el paño sobre el mostrador. Ya quedábamos pocos y yo intentaba hacer lo que he visto en las películas del Parque, cuando los detectives ésos se sientan en una cafetería y por el rabillo del ojo controlan la situación, mientras hacen como que leen el diario caraqueño dio cumplida cuenta de la tragedia ocurrida en Urumaco y que ha teñido de luto riguroso las calles de esta ciudad, puesto que la víctima (natural del barrio de Timibúcar) era persona muy querida por todos cuanto lo trataron antes de que decidiera irse y probar suerte al otro lado del Atlántico, como hicieron, con anterioridad, otros muchos isleños en parecidas o similares circunstancias. Pues no te lo creerás, pero el truco da resultado. Sí, mujer, no te rías. Sí, ríete, que no sé cómo carajo me iba a enterar de la historia para podértela contar ahora. Ah, pero ¿vas a seguir? Mira que no termino el cuento… ¿Por dónde iba? Ah, sí… El bar se desalojó y Enrique volvió a repasar la barra con el trapo. Luego, cruzó su mirada con Goyo.

El Gago lo observaba en silencio, con los ojos abiertos y grandes, como dos chopas. Yo también miré a Goyito y creo que, por un momento, Enrique y yo pensamos lo mismo: en lo mucho que ese infeliz ha envejecido en los últimos años. Sin querer, sin ponemos de acuerdo, quién sabe, tal vez Enrique y yo sentimos la misma lástima de él e imaginamos qué clase de alicientes habrá tenido la vida de Goyo en todo este tiempo, aparte de las perras de vino y las quinielas que rellena con el dinero de los demás. Enrique miró al Gago por unos instantes y leí en sus labios algo que sólo se atrevió a mascullar para sí:

“¿A qué hora dices que quedó contigo esta noche?”

“E-e-e-e-eso nnnno-no-no-no te-te-te lo ppppu-puedo de-de-decir”.

“No me jodas, Goyo. A estas alturas, no me vengas con ésas”, le echó en cara Enrique. El otro se quedó callado.

Después, el Gago giró la cabeza hacia su derecha para cerciorarse de que nadie lo escuchaba, le hizo una seña al otro para que se acercase y le dio la información al oído. Por eso no me pude enterar. Lo siento, Milagros. No sé nada más. Al momento decidí marcharme, porque allí no pintaba nada y, además, tarde o temprano terminarían por darse cuenta de cuáles eran mis intenciones. Si te digo la verdad, al venir para casa he estado dándole vueltas a la cabeza y no consigo dar con la clave. No, no tengo ni idea de lo que ese hombre puede andar buscando por aquí, ni para qué ha vuelto. Ahora bien, lo que sí puedes tener muy claro es que Ulises Concepción está vivo. Tan vivo como podamos estarlo tú y yo o nuestros hijos, Milagros.

“¿Has hablado con alguien?”

“Co-co-co-co-con nadie, tttte-te-te-te lo juro, Uuuu-u-u-ulises”.

“Más te vale, Goyo. Más te vale”.

El viajero se había cuidado de esperar al socio en un rincón apartado, fuera de mi campo de visión. Seguro que usted no lo sabe, pero esa zona está permanentemente a oscuras. De hecho, las calles que rodean al burdel de Amalia la Portuguesa no son más que dos cuestas sin empedrar que va dar a la casona. Porque sepa usted, doña Guadalupe, que a pesar de la deplorable actividad a la que da cobijo, se trata de una casa de tres plantas, con baños independientes y azotea. Si usted me permite, aquella esquina, con el destello de la farola, parece sacada de un tango de ésos que canta Chicho en las verbenas. Las sombras clandestinas de los dos personajes, una corta y la otra alargada, se juntaron bajo la claridad y, poco después, se perdieron en la noche.

Seguí a ambos a una distancia prudente, de unos quince metros, más o menos. Por eso, al principio, no podía distinguir si lo que llevaba Ulises en la mano derecha era una maza o una pala.

“¿A-a-a-a dónde va-va-va-vamos a-a-a-a-ahora?”, oí que preguntaba el Gago.

“Tú, sígueme, que de las respuestas me encargo yo”.

Los dos hombres caminaban deprisa y yo, que procuraba pisar con mucho cuidado, escuchaba cómo, a su paso, las hojas secas crujían y se confundían con los jadeos de su respiración. Así continuaron andando por lo menos durante un cuarto de hora, si no más.

De repente, a lo lejos, me cercioré de que los dos bultos se habían detenido. El sonido de la conversación llegaba hasta mí en un susurro y era imposible entender nada, doña Guadalupe. Pasaron unos segundos. Luego, las dos sombras reanudaron su marcha subiendo en otra dirección. Después, cubrieron el resto del camino en completo silencio, sin que se cruzaran con nadie. Porque, a esas horas de la madrugada, ya me dirá usted con quién se va a encontrar uno, si no es con sus propios pensamientos.

En línea recta, un kilómetro más arriba, se podían ver con meridiana claridad las franjas blancas de las paredes del cementerio de San Telmo. Yo calculo que los dos hombres llegaron a la verja de la entrada después de las cuatro de la mañana. Me cobijé detrás de un laurel, al borde de la carretera, desde donde vi cómo los dos bultos escalaban la reja. Aunque el frío me estaba mordiendo los huesos, los espere allí, agazapado. No sé cuánto tardaron, pero fue una eternidad. Encima, todo aquello me resultaba tan macabro que pensé incluso en mandarme a mudar, como dicen ustedes. Llegué a sentir tanto miedo que no me hubiese sorprendido la irrupción en cualquier momento del mismísimo Satanás. Para colmo, sólo se escuchaba el rumor de las ramas de los cipreses, que se movían con el viento. Además, daba la impresión de que aquellas paredes del camposanto no eran de verdad, de que alguien las hubiese dibujado con tiza sobre la piel de la noche…

-Por mí, puede ahorrarse la retórica, don Jaime, que no soy uno de sus alumnos del instituto. Todo esos detalles no me interesan para nada ¿Tiene al menos una ligera idea de cuánto dinero puede haber en esa talega?

-No sé, doña Guadalupe. Le repito que lo del botín es una simple conjetura: desde donde yo me encontraba apenas pude ver nada. Supongo que el ataúd debía de tener un doble fondo o algo así, porque le juro por lo más sagrado que los dos entraron con las manos vacías y salieron con ese costal.

-¿Y está completamente seguro de que se trata de mi marido?

-Sí, señora, de su difunto esposo… Bueno, de su ex difunto esposo…

-No sabe cuánto le agradezco lo que me ha contado, don Jaime… ¿Cuándo me dijo que sale el barco?

-Esta tarde, a las cinco. Blas, el conserje, me recalcó que Ulises no se marchará del parador hasta un cuarto de hora antes. No quiere que nadie le vea…

Aunque don Jaime trataba de añadir nuevos datos, mamá concentró toda su atención en las fotos de los álbumes y en los recortes de periódicos que estaban esparcidos sobre la mesa. Ya sabes, Néstor, los has visto miles de veces. Yo misma he ordenado todos esos retales de recuerdos. Sí, Néstor, han sido un montón de años de ausencia, de un vacío doloroso que nos hemos tenido que chupar mis hermanas y yo, bueno, sobre todo yo. Mi gusto sería quemar todos los papeles, que se vayan al carajo, como él. ¿Quieres decirme para qué demonios ha vuelto? Te confieso, Néstor, que hubiera preferido que mi padre hubiese muerto de verdad, para que la dejase en paz. Porque tú no sabes por lo que mamá pasó. Ni él tampoco tiene la más remota idea…

Urumaco, Estado de Falcón, a 17 de octubre de l948

Mi muy querida esposa:

La vida aquí prosigue sin grandes cambios. El trabajo es duro y, a veces, resulta muy penoso montarse en la camioneta que nos traslada a los pozos. No paramos en todo el día, salvo la media horita que nos dan para el almuerzo. Muchas veces pienso que nos tratan como si fuésemos bestias y me dan ganas de dejarlo todo. Sólo tú y las niñas me mantienen a flote. Me proporcionan las fuerzas suficientes para poder resistir.

-¿El incendio se produjo en el 50, verdad, señora? -le preguntó a mamá otra vez. Don Jaime insistía en escarbar un poco más, pero mamá había dejado de prestarle atención. Tú la conoces, en cuanto algo no le interesa desconecta, se encierra en sí misma y no quiere saber nada de nadie.

Esta vez cogió una de las cartas de mi padre y se puso a leerla en voz baja. Qué sé yo, una, diez, cien veces repasó en silencio aquella puñetera carta. Callada, Néstor, como si quisiera cicatrizar a solas la llaga de ese dolor que todavía lleva por dentro.

-El incendio del pozo se produjo en diciembre de 1948 -respondí, aunque malditas las ganas que tenía de hablar, porque también para mí contestar era recordar.

-¿Y al final se supo con exactitud cuál fue el número de víctimas?

-Nunca se preocuparon en averiguarlo. No se molestaron en contarlos. En un primer momento se dijo que si treinta y cinco; después que si sesenta… Las malas lenguas rumorearon que tal vez habían caído más de cien hombres. Pero jamás hubo un recuento oficial. La mayoría de ellos carecían de papeles, salvo los canarios, como mi padre… No sé si ustedes, los peninsulares, saben que mucha gente de aquí ha tenido que ir al otro lado del mundo a ganarse la vida.

Reconozco que le contesté con un poco de desprecio, Néstor, pero entiéndeme, aquel hombre parecía insaciable. Además, le expliqué que él, si realmente se trata de él, se ha portado muy mal, que en veintisiete años no hemos recibido ni un telegrama, ni una jodida llamada, y que por mí se puede ir por donde mismo ha venido y maldita sea la hora. Yo me pregunto por qué no se habrá quedado allá. ¿Eh, Néstor? ¿Me lo puedes decir? ¿Por qué?

Te echo de menos. Echo de menos los poquiticos días en que fuimos felices. Desde aquí, en la soledad infame de este barracón, miro hacia atrás y me pregunto si algún día será posible repetir el milagro. Tú y yo, juntos de nuevo.

-Tú y yo, juntos¿No te acuerdas? Lo escribiste hace veinticuatro años, Ulises. Tú y yo.

Me largó eso de sopetón, apenas le abrí la puerta. Y se quedó allí, de pie, sin mover un músculo, cariño, justito en el umbral. Con la mano derecha agarraba un papel viejo, arrugado, que meneaba hacia arriba y hacia abajo y me lo ponía delante de la cara, como si me señalara con el dedo, acusándome.

Me puso nervioso, cielo, por un momento creí que iba a cometer un disparate y la invité a entrar. Sus ojos me hacían sentir culpable.

-¿Por qué no entras, Guadalupe? -la invité-. Aunque no lo creas, te estaba esperando.

-Mentira, vuelves a engañarme. Jamás esperas a nadie…

Intenté mostrar aplomo, que no se me notara el desconcierto. Me cago en la madre que parió al Gago, pensé, ese cabrón ya se ha ido de la lengua. Seguro que ya le metió a todo el mundo en el culo lo de anoche. Puse cara de circunstancias, imagínate qué papel, cariño. Los dos allí, casi treinta años sin vernos las caras y, encima, tan cerca del pasillo. Empecé a ponerme histérico, porque temía que alguien nos descubriese en una de éstas. Tú me conoces, Ocurina, y sabes que no me gustan las telenovelas.

-Haz el favor de pasar dentro, que no son cosas que deban discutirse aquí -le dije suavito, con el tono de voz más convincente que pude emplear.

-¿Quieres contarme algo que no sepa ya toda la ciudad? -Me preguntó brava, desafiante, como la mujer dolida que es y, amorcito, sabes perfectamente que no hay nada más incontrolable que una mujer dolida. Además, en este caso, con toda la razón. Tú lo sabes, Ocurina, lo sabes tan bien como yo.

-A mí nadie me ha visto -le devolví con arrogancia, como para no dejarme achantar.

-Olvidas a Goyo. Ese borrachín le ha ido con el cuento a media humanidad.

-Goyito no me preocupa. ¿Quién va a creer a un idiota? -Por si acaso, yo seguía adelante con mi papel de galán malo al que todo le resbala, pero por dentro me sentía fatal, me derrumbaba. Te doy mi palabra, cariño.

-¿Qué quién va a creer a un bobo? Pues los mismos que se tragaron lo de tu muerte -me contestó.

-Tú lo has dicho, estoy bajo tierra y los cadáveres no resucitan -me atreví a soltarle.

-Yo lo hubiese preferido así.

Cuando me dijo aquello, cuando por fin reconoció que hubiese preferido verme enterrado, percibí en sus ojos que su entereza se venía abajo, cariño, que aquella mujer que un día quise tanto estaba a punto de partirse en dos. Sentí entonces unos fuertes deseos de abrazarla y de pedirle perdón.

-¿Para qué has vuelto? -Preguntó.

-He venido a saldar una deuda -ella me volvió a mirar fijamente, como si no entendiese nada-. Esos malnacidos de Petroil me robaron cuatro años de mi vida, haciéndonos trabajar como verdaderos esclavos… Aquello no era vida, Guadalupe…

Entonces, le conté lo que tú ya conoces de sobra. Le describí todo con pelos y señales: el accidente, los compañeros abrasándose vivos ante mis narices sin que yo no pudiese hacer nada, la falta de aire, los alaridos… El olor de la carne chamuscada… Le expliqué de qué forma había conseguido escapar del infierno. Le hablé de la confusión, de las pilas de cuerpos, de las bombas de agua reventadas del puro calor, y de cómo aproveché el caos para entrar en las oficinas… Le confesé que en la compañía nunca preguntaron por qué cierto dinero desapareció de las cajas, quizás porque nunca debió de haber estado allí…

-Pues la empresa se portó muy bien con nosotros. Costeó todos los gastos del traslado de tus restos y del entierro y me dieron una pensión. Hasta el ministro de la Gobernación también nos echó una mano.

-¿Durante cuánto tiempo? -Le pregunté.

-Tiramos de las ayudas unos veinte meses, luego tuve que empezar a trabajar de costurera.

Recuerdo que, después de decirme eso, ella no pronunció ni una palabra más. Entonces, entre los dos se produjo uno de esos silencios fríos, cortantes. A mí me resultaba insoportable. No aguanté. Extendí mi mano hasta su cara y le acaricié una mejilla con toda la ternura de la que fui capaz.

-Lo siento, Guadalupe. Siento todo lo que te he hecho, de verdad. Lo siento mucho -los labios se me secaron por completo y empecé a sentir un sabor a hierros oxidados en la boca. Sus ojos transmitían tanta pena-. Lo que te hice, lo que les hice…

Pero ella siguió sin decir nada. Su silencio me desarmó, me dejaba como desnudo, sin asideras.

-Creo que ya va siendo hora de que te compense a ti y a las chicas por tanto sufrimiento… -Me lancé a decirle. Volví al dormitorio de la habitación.

Fue cuando entré en el cuarto. Sobre la cama había dispuesto una docena de gruesos paquetes con el dinero. Escogí seis flejes de los más gruesos, los metí en una bolsa y volví con ellos a la puerta.

-Toma, esto es tuyo. Te pertenece…

Al regresar, ella se había marchado. En el suelo, encontré esta cuartilla amarillenta hecha pedazos.

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