En todo el grotesco sainete montado alrededor de una octogenaria que sido desahuciada tras haber estirado la cuerda al límite y después de pagar un bajo alquiler por una vivienda de noventa metros cuadrados que nunca fue suya (a pesar de ser funcionaria de nivel 2 durante más de tres décadas) y cuyo contrato se venció en 2007, salen retratados, en toda su humana estupidez y extrema mezquindad, una galería de personajes más propios de una mascletá berlanguiana o de una función de títeres concebida por Valle Inclán que de una de las miniaturas cómicas de Arniches, de Enrique García Álvarez o de los hermanos Álvarez Quintero.
En el presente caso, al igual que en las sátiras descarnadas filmadas por Billy Wilder (Uno, dos, tres, En bandeja de plata, Primera plana), cuantos han aparecido en este teatrillo del tres al cuarto, en esta farsa solo apta para incautos, ingenuos o lelos, o han mostrado su patita en un tono más o menos vocinglero, más o menos histriónico, o más o menos contenido, salen mal parados, dejando al aire sus miserias y sus vergüenzas y, en especial, quienes precisamente carecen de ellas, apellídense como se apelliden: Díaz Ayuso, Martínez Almeida, Montero, Rego, Urtasun y, sobre todo, Sánchez Pérez-Castejón, ese mamarracho impresentable, que pontifica desde Manhattan sobre uno de los más bochornosos fracasos de su infame gobierno con la desfachatez de quien, en 2015, prometió que nadie sería echado a la calle, y que ignora los cuarenta y cuatro desahucios diarios que se producen en la actualidad mientras, en el pozo sin fondo de su abyecta inconciencia, la suerte que pueda correr Mari Carmen (o Paquita, como la llamó el insigne Javier Bardem) le importa un carajo.










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