A resultas del doblecreto ad hoc (sonoro cultismo que a los marxistas más devotos de los hermanos neoyorkinos, que pasaron del vodevil a la gran pantalla a la velocidad del rayo vallecano, nos evoca el feliz exabrupto que Harpo hacía sonar con su bocina) que sobre inquilinato (y, presumiblemente, sobre otras muchas materias: el derecho al voto de los tataratataranietos de españoles que se trasladaron a América con motivo de la primera guerra carlista; la aprobación de ocho mil quinientas plazas de jueces y fiscales interinos para graduados en ciclos superiores de Formación Profesional en la rama de Construcciones Metálicas; una macro oferta de empleo público para médicos y médicas entre licenciados y licenciadas en Veterinaria; la modificación parcial de la ley orgánica del Tribunal Constitucional a fin de que el mandato de sus miembros y miembras sea vitalicio; la enmienda Puente a la Ley de Bienestar Animal, por la que se otorga la nacionalidad española a todos los primates que residen en parques zoológicos de todo el estado; la llamada ley BEGOÑA, de Beneficios Gubernamentales y Otros de Coña; o la prerrogativa presidencial de posponer sine die la convocatoria de elecciones generales, entre otras) este eximio gobierno de merluzos y merluzas (recurrente descalificación en las historietas del genial Francisco Ibáñez) excretará para la consideración de las Cortes y, a tenor de la movilización de unos cientos de activistas desocupados que hoy campan a sus anchas en la Puerta del Sol (como los inmigrantes en las playas de Ceuta, aunque por motivos diferentes), he recordado la respuesta que, en cierta ocasión, dio el cineasta Billy Wilder (que a pesar de ser austríaco no era gilipollas) a periodistas, agregados culturales y funcionarios de la Alemania Oriental, Polonia y de la Unión Soviética, cuando aún el planeta estaba dividido por el telón de acero (luego se descubrió que no era inoxidable), y que habían acudido en gran número a una proyección de El apartamento, en Die Möwe, un local para artistas, ubicado en Berlín Este.
Después de ser felicitado por tan selecta audiencia (debidamente aleccionada por el aparato de propaganda del Kremlin), que había ovacionado su película, que se interpretaba como una audaz crítica a las miserias del capitalismo de mercado (traducida aquí como una corrosiva sátira sobre la explotación de un insignificante empleado de oficina por parte de sus superiores jerárquicos, que no dudan en utilizar como picadero el minúsculo y céntrico piso de éste en Manhattan, a cambio de un deseado ascenso en la compañía), el fantástico guionista y director intervino con su sarcasmo habitual no exento de mala uva para decirles a todos los camaradas y camarados de entonces (y de ahora: ya que siguen siendo los mismos): «Lo que se cuenta en esta película puede ocurrir en todas partes: en Tokio, en Londres, en París o en Munich. Solo hay una ciudad en el mundo donde una cosa así no hubiera podido suceder: en Moscú. Porque a Lemmon le resultaría imposible alquilar allí su vivienda, ya que tendría que compartirla con otras tres familias».
Luego se hizo un silencio espeso, incómodo. Apenas roto por la sonrisa tibia y tímida de Audrey Wilder, la esposa del más aventajado y conspicuo discípulo de Ernst Lubitsch.










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