cerrar
cerrar
Registrarse
Publicidad
El callejón
Publicidad

Las autonosuyas

Esta canción, todo un clásico y una pieza maestra dentro la música popular, es una elocuente muestra de la pluralidad lingüística y del crisol de culturas y civilizaciones que encarna la España contemporánea.

A Antonio Ozores, entrañable cómico e ilustre políglota, in memoriam

Hoy, a un paso de consumir la primera década del siglo XXI, el nombre de Fernando Vizcaíno Casas (1926-2003) casi ha sido borrado de los anaqueles de las librerías, después de sucumbir, como tantos otros, a las sucesivas y arrolladoras modas editoriales que aúpan a los primeros puestos de ventas a títulos, géneros y autores, en virtud de causas, la mayoría de las ocasiones, tan aleatorias y caprichosas como peregrinas. Audaz y sagazmente subido en la cresta de una de estas olas, imparable y efímera como casi todas ellas, este abogado valenciano, especialista en Derecho Laboral, inició su andadura literaria en la década de los cincuenta y dentro del teatro, donde llegó a cosechar el Premio Nacional Calderón de la Barca por su obra El baile de los muñecos. Sin embargo, la fama y el éxito no se lo proporcionarían ni su faceta como dramaturgo, ni como crítico cinematográfico, ni como guionista de la primitiva Televisión Española (en la década de los sesenta), ni como articulista.

Entre 1975 y 1981, coincidiendo con la muerte del general Franco y el posterior proceso político de transición democrática, Vizcaíno Casas publicó nueve libros (la mitad de ellos, novelas) que lo convirtieron en el escritor mejor pagado de este país (antes llamado España), al superar los dos millones de ejemplares vendidos. La verdadera razón de este fenómeno comercial, con escasos, por no decir nulos, precedentes en la literatura en lengua castellana (si excluimos el boom de Cien años de soledad), habría que buscarla en el agudo olfato y el singular ingenio de alguien que supo explotar como nadie la especial e irrepetible coyuntura histórica que atravesaba una sociedad, recién llegada a la Europa moderna de las libertades y del Mercado Común, que se manejaba entre el miedo, la indefinición y la incertidumbre, después de dejar atrás cuatro décadas de una dictadura que, en múltiples aspectos, supuso una lamentable involución.

En este sentido, las ficciones construidas con innegable habilidad por el autor de …Y al tercer año resucitó y De "camisa vieja" a chaqueta nueva supieron conectar a la perfección con una amplia masa de (e)lectores que, ubicados dentro de la clase media, empezaban a mirar el régimen inmediatamente anterior con una cierta nostalgia ante el vertiginoso discurrir de acontecimientos (algunos trágicos y ferozmente sangrientos, como los frecuentes atentados de ETA o la matanza de abogados laboralistas en un bufete de la calle Atocha) que sembraban de dudas e incógnitas el futuro inmediato de un país inmerso en la crisis del petróleo, en el desánimo generalizado y en la precariedad laboral.

Brillante cultivador de una fina ironía y de la sátira descarnada, Fernando Vizcaíno Casas se convirtió en una especie de anticronista de los años más difíciles y comprometidos de la nueva democracia española y, tal vez sin pretenderlo, elaboró un corpus crítico que, desde un conservadurismo civilizado, respetuoso y algo reaccionario, trataba de poner en solfa, siempre con un envidiable sentido del humor, planteamientos, ideologías y conductas contrarias a un credo más liberal que libertino, más joseantoniano que franquista y, quizás, en el fondo, que no en la forma, más republicano que monárquico.

No oculto mi simpatía por algunas de las fábulas de historia-ficción (término por él acuñado) que Casas fue redactando al abrigo de cada episodio, momento o circunstancia socio-política que iba aconteciendo en la realidad, ya que este peculiar desdoblamiento permite al lector confrontar el hecho original con su reflejo literario (aquí, casi siempre deforme o caricaturesco), tal y como se demuestra en creaciones de similares características, aunque partan de postulados ideológicos y pretensiones estéticas diametralmente opuestas, como sucede con la serie de novelas policíacas de Vázquez Montalbán, protagonizadas por el detective Carvalho.

Leí las simpáticas farsas de Fernando Vizcaíno en una época en que la realidad histórica sometida a su implacable mirada, entre cáustica, burlona y desenfadada, estaba muy cerca en el tiempo y éstas contribuyeron a que uno creciera, como convencido ciudadano demócrata, con una recomendable desconfianza cívica frente a la presunta sacralidad e infalibilidad de las instituciones y, sobre todo, de aquellos llamados a ostentar la representación de la soberanía popular en función de la voluntad depositada en las urnas. Sin embargo, confieso que jamás pensé que, veinticinco años después, una de aquellas astracanadas, la más grotesca, exagerada, hilarante y disparatada de cuantas urdiese la cachonda imaginación del autor valenciano, pudiera hacerse realidad.

En Las autonosuyas, publicada en 1981, se narra, en clave de parodia feroz, las ridículas peripecias del alcalde de Rebollar de la Mata (imaginaria localidad de la sierra de Madrid), quien, en pleno frenesí preautonómico, trata por todos los medios de lograr que su pueblo adquiera personalidad jurídica propia, en calidad de ente autónomo, aunque para ello los lugareños, víctimas de un insensato afán soberanista, tengan que inventar una historia, una raza, una bandera e incluso una lengua: el farfullo, que eleva a la consideración de idioma oficial la dificultad fonética congénita que padece el primer edil, ya que, ante cualquier sonido vocálico, realiza como /f/ el fonema /p/.

Tan insólita patochada habría quedado en el etéreo limbo de la mera fabulación novelesca de no ser por los treinta y cuatro senadores que presentaron la propuesta de reforma del Reglamento de la Cámara Alta, a fin de que, en lo sucesivo, todas las lenguas cooficiales que actualmente se hablan en territorio español puedan ser utilizadas en las sesiones parlamentarias, y que el pasado 28 de abril recibió el respaldo de la totalidad de grupos políticos presentes en ella, excepto del Partido Popular.

La iniciativa, cuyos defensores califican de "normalidad democrática" y sus detractores definen como "esperpento pintoresco", cuenta con el apoyo del Partido Socialista Obrero Español (nunca antes había estado éste tan partido, había sido más inoperante desde el punto de vista social, había gestionado una economía con tan escasa productividad industrial y obrera y había hecho tan poco en defensa de la unidad de España y de la lengua castellana), si bien, desde sus prietas y gregarias filas, se anuncia que el plácet para dicha tramitación parlamentaria no será completo ni incondicional.

Llegados a este punto, ha de tenerse en cuenta que la citada medida, que viene a satisfacer una antigua demanda de los grupos parlamentarios de corte nacionalista, supondría, en la praxis, la realización de sesiones de control al Gobierno mediante la utilización de la traducción simultánea y la contratación de intérpretes (cuyo gasto anual Unión Progreso y Democracia cifra en un millón y medio de euros) para cada una de las lenguas vernáculas; lo que transformaría el moderno edificio de la Carrera de San Jerónimo en un remedo carpetovetónico de la Asamblea General de la ONU, con sede en Nueva York.

¿Se lo imaginan? ¿Se imaginan que, en aras de la pluralidad lingüística, dentro de esta nación de naciones y nacionalidades, grandes y chicas, y en consonancia con su estado social y democrático de derecho, la próxima legislatura, diputados y senadores debatan y discutan sobre aquello que concierne a la cosa pública haciendo uso de sus respectivas lenguas maternas y dialectos? ¿Y por qué no?, preguntará más de uno. Y, en efecto, respondo: ¿Por qué no?

Ahora bien, considero que, en función de la misma normalidad democrática que alienta tal resolución, del principio constitucional de igualdad y del respeto que toda manifestación lingüística merece como patrimonio cultural único e intransferible, debe exigirse a sus señorías que amplíen la referida medida parlamentaria y, por tanto, reciban idéntico tratamiento de lengua oficial el aranés, el bable, el caló, el panocho, el silbo gomero y, ya puestos, el guanche y el bonés: dialecto manchego, de honda raigambre toledana, caracterizado, cual fiel y puntiaguda espada triunfadora, por la aspiración del fonema /s/ en posición pre-consonántica y por otras pequeñas corrupciones léxico-semánticas (e inmobiliarias) de escasa relevancia.

Archivado en:

Publicidad
Comentarios (0)
Publicidad

Últimas noticias

Publicidad

Lo último en blogs

Publicidad