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El callejón
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Sobre héroes, villanos y tumbas

Producida por Steven Spielberg y Tom Hanks, “Pacífico” es una miniserie de la HBO que recrea con enorme brillantez y rigor el infierno de la II Guerra Mundial. Si tienen oportunidad, no dejen de verla.

Para Jonathan Cabrera Asensio, amigo y hermano 

De la finísima línea que separa el bien de la maldad dan sobradas muestras no sólo la propia vida real, en su raudo y veloz acontecer hacia ninguna parte, sino también la vida imaginada, en su calidad de universo de infinitos mundos paralelos, rebosante de sucedáneos, más o menos conseguidos, de criaturas ficticias, tan auténticas o tan falsas como los seres humanos de los que toman su esencia e imperfección.

Por otra parte, de igual modo es leve y, en extremo, frágil la marca divisoria que, tanto en la realidad habitual como en la fantasía común, divide al virtuoso del pérfido, al individuo capaz de realizar las mayores hazañas del autor de las peores felonías y al héroe del villano, quizás porque, en el fondo, ambos caracteres revelan los signos opuestos de una idéntica personalidad en permanente conflicto.

Como si se tratara de las caras de una misma moneda o de las expresiones antagónicas de un solo rostro, el arrojo y la cobardía, nobleza y mezquindad, constituyen la materia prima con la que están hechos la totalidad de los hombres y reflejan su peculiar ambivalencia de organismos inteligentes, dotados de la paradójica habilidad para brindar lo mejor y lo peor de sí mismos justo cuando los demás esperan lo contrario.

Ambiguo, perplejo, desconcertado y desconcertante, el sucesor del homo sapiens ha derivado en un tipo audaz, inquieto, nervioso, escéptico y precavido, que se mira a sí mismo sin reconocerse del todo y que, por lo general, desconfía del otro con ese extrañamiento entre solitario y suicida con el que el Meursault de Camus comparece ante el tribunal que ha de juzgarle por un crimen tan fortuito como incomprensible.

No obstante, gran parte del encanto que el hombre posee radica en el carácter imprevisto de muchas de sus decisiones. Propenso a los hábitos (no en balde ha convertido la costumbre en norma jurídica), el ser humano manifiesta cierta inclinación a volver sobre sus propios pasos antes de afrontar la resolución de un problema. Aunque no siempre obra así. Su asombrosa capacidad de adaptación le abre múltiples opciones y le empuja a adentrarse por territorios inexplorados a la búsqueda de soluciones y de nuevos retos. Lo que significa que, aun en las situaciones más adversas, cabe esperar que alguien dé con la salida o, al menos, intente encontrarla.

Precisamente, es bajo la confluencia de determinadas circunstancias extremas, cuando apenas sirve nada de lo aprehendido con anterioridad y todos los factores ambientales operan en su contra, el momento en que la figura del héroe cobra todo su significado, todo su protagonismo. Mientras que con una acción (u omisión) vil el hombre queda rebajado a la altura del primate, del que apenas se diferencia en el uso de un lenguaje articulado, a través de un simple gesto heroico, el individuo se reencuentra con la mejor versión de sí mismo, se reconcilia con él y con la Humanidad a la que pertenece, dentro del orden tribal de la naturaleza, y se redime al hallar, en ese concreto acto, la causa que, casi por sí sola, otorga sentido a toda su existencia.

En este último caso, no han sido pocas las ocasiones en las que el extraordinario rango de un supremo acto de sacrificio y entrega personal viene originado por un mezquino y egoísta interés particular, de tal manera que, gracias a tal contradicción, el villano deviene en héroe y viceversa. Y un escenario tan cruento y amoral como la guerra ha proporcionado y proporciona ejemplos paradigmáticos de una y otra índole.

En relación con el primer ejemplo, la conversión de un canalla en virtuoso, en El general de la Rovere (y otros héroes), el periodista Indro Montanelli relata una enternecedora anécdota acaecida en la II Guerra Mundial, que el maestro Roberto Rossellini llevó a la gran pantalla en 1959, de la mano del inolvidable Vittorio de Sica: con el fin de desenmascarar a un cabecilla de la resistencia antifascista, que se encuentra oculto entre la población reclusa de un penal de Génova, el oficial nazi al mando del establecimiento penitenciario le propone a un rufián de poca monta que se haga pasar por un famoso militar contrario a Mussolini, cuya muerte el ejército alemán mantiene en el más estricto anonimato. Lo inesperado acontece cuando el granuja, que adopta la identidad del héroe muerto en pago a los delitos que ha cometido, decide interpretar su papel hasta el final, hasta el paredón de fusilamiento, donde es acribillado a balazos, después de negarse a delatar a ningún compatriota.

Con respecto al segundo supuesto planteado, en el que la consumación de un acto valeroso es, en realidad, un mero instrumento para justificar una finalidad espuria y miserable, la Historia, por desgracia, dispone de una abundante casuística; sobre todo, en el ámbito de las campañas militares, marco incomparable para el desarrollo de espeluznantes carnicerías, carentes por completo de sentido.

Recientemente, los abonados de Canal Plus han tenido la oportunidad de corroborar la validez o no de estas afirmaciones, mediante el visionado de dos magníficas ficciones cinematográficas que, con rigor documental, intentan explicar el coste humano que supuso para Estados Unidos su participación en los dos frentes principales de la II Guerra Mundial.

Apoyadas en los testimonios de veteranos supervivientes de aquella matanza espantosa, tanto Hermanos de sangre (Band of Brothers, 2001) como Pacífico (The Pacific, 2010) muestran un sobrecogedor retrato de conjunto en el que los héroes, hasta ahora ignorados y desconocidos para la mayoría del público, aparecen en todo el esplendor de su descarnada humanidad, entregados, sin apenas consciencia de ello, a una terrible y salvaje inmolación, so pretexto de contribuir a consolidar un mundo mejor (lo que no deja de ser una trágica falacia).

De ahí que el amargo regusto que ambas miniseries, espléndidas, portentosas en su capacidad para mezclar la espectacularidad puramente fílmica con la sobrecogedora intimidad de unas experiencias horrendas, dejan en la vapuleada retina del espectador resulta áspero por partida doble, ya que, a la tristeza que produce constatar la pérdida irreparable de tantas vidas truncadas a ambos lados del campo de batalla, se une el desencanto que provoca conocer la inutilidad de tamaño sufrimiento, si pensamos seriamente en el amplio listado de atrocidades que han acontecido desde 1945 hasta hoy.

La ingenua honestidad de estos soldados y marines norteamericanos, con nombres y apellidos, condenados, muy a su pesar, a dejarse literalmente la piel al servicio de unos ideales no siempre indiscutibles, contrasta con la heroicidad de despacho, artificiosa y prefabricada, con la que ciertos personajes de relevancia pública tratan de hacerse sitio en la posteridad a toda costa. Personajes de dudosa catadura ética y moral como, sin ir más lejos, Baltasar Garzón Real, ex magistrado de la Audiencia Nacional, suspendido de las funciones que ha venido ejerciendo desde 1988, al ser procesado por un presunto delito de prevaricación, cometido al abrir un sumario en el que pretendía investigar los crímenes cometidos por los jerarcas del régimen franquista durante y después de la guerra civil.

En su desmedido afán de protagonismo, impulsado por la ciega ambición del que se cree (iluminado y) llamado a ejercer una suerte de suprema misión justiciera, por encima de cualquier limitación de espacio y de tiempo, el juez jienense, enredado en la toga de su propia incompetencia, ha terminado por trastabillarse, precipitando con ello su caída y enterrando el escaso prestigio que todavía le quedaba junto a los héroes sin tumba cuya dignidad pretendía reivindicar para mayor gloria de sí mismo.

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