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El callejón
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A don Germán

Don Germán González, durante su discurso de agradecimiento, tras haber recibido la Encomienda de la Orden de Alfonso X el Sabio.

Excepcionalmente, permítanme que recupere en un día doloroso como hoy dos textos que ya he publicado aquí

Hasta la madrugada del pasado 4 de noviembre [de 2008], en la que el insomnio me sorprendió en plena noche y me brindó la oportunidad de presenciar la proclamación multitudinaria del primer hombre de raza negra en alcanzar la presidencia de los Estados Unidos de América, el discurso político más hermoso e impactante lo había escuchado una, cada vez más, remota mañana de septiembre, en el vestíbulo del Colegio Nacional del Sector Sur.

            Era el primer día del curso escolar 1977-78 y la entrada de lo que, tan sólo unas décadas atrás, había sido centro penitenciario en ese momento se encontraba repleta de niños y niñas, acompañados por sus madres. No tardarían en leer en voz alta nuestros nombres para, a continuación, guiarnos por las escaleras y llevarnos a las aulas. Recuerdo que la espera fue prolongada y todas aquellas criaturas variopintas nos observábamos entre curiosas y expectantes. Durante unos intensos minutos no ocurrió nada. Entonces, en medio de la compacta masa de mujeres y chiquillos, apareció un señor de bigote y con semblante serio. Colocó una silla, idéntica a aquellas en las que habría de sentarme en los siguientes ocho años, y se subió sobre ella. Luego, con una voz templada y una entonación severa y firme, este hombre, que se presentó como director del colegio, pronunció, entre el silencio absoluto de la sala, una breve pero inolvidable defensa de la enseñanza y del aprendizaje, del noble cometido encomendado a los profesores y del deber cívico que los alumnos contraen dentro de una sociedad democrática, donde la escuela pública tiene la misión de formar ciudadanos que sepan convivir en libertad y con sentido de la responsabilidad.

            Nos hallábamos en los inicios de la transición, el país acababa de celebrar sus primeras elecciones a Cortes en cuarenta y seis años, y estas afirmaciones todavía no despertaban un respaldo unánime en la opinión pública. Fue la primera de las muchas lecciones que tuvimos la suerte de recibir de Germán González, maestro con casi cinco décadas de servicio que, recientemente, ha recibido la encomienda de la Orden de Alfonso X el Sabio. Pocas veces una distinción tan honorable ha tenido tan digno acreedor. Profesional de una honradez e integridad que están fuera de toda duda, en don Germán, al igual que en otros hombres y mujeres que han consagrado una vida entera a la docencia, los méritos y cualidades intelectuales van unidos a una categoría humana innegable.

            En los años que estuvo al frente del extinto Grupo Sur ejerció sobre nosotros, que apenas empezábamos a descubrir el mundo, una especie de liderazgo pacífico, siempre dialogante, que trataba de orientarnos, con respeto y bondad, hacia la única luz verdadera que es el conocimiento. Podría hacer aquí recuento, ahora que ha llegado el tiempo de la siembra para quien con tanto esfuerzo y sacrificio no ha dejado de plantar semillas de futuro (y de progreso) por el camino, de las innumerables cosas que don Germán nos enseñó en aquellos días de la niñez. De todas ellas aún conservo imborrables en mi memoria las explicaciones que nos dio ante las obras maestras de la pintura española, cuando se organizó en el colegio una exposición con reproducciones de cuadros célebres. Sus comentarios, certeros y atinados, abarcaban aspectos tanto artísticos como históricos, y su sencillez y claridad ayudaban, sin que nos diésemos cuenta, a educar nuestra propia mirada. Mucho tiempo después, cuando contemplé absorto El entierro del conde de Orgaz, en la iglesia de Santo Tomé, en Toledo, entendí que la curiosidad que me había llevado hasta allí estaba directamente relacionada con las palabras que Germán González había pronunciado sobre este mismo retrato veinte años antes.

            No obstante, he de reconocer que la gozosa noticia de la medalla concedida a este maestro de maestros deja en mí un poso de sabores contradictorios. Por un lado, me congratulo por la buena nueva e interpreto que este reconocimiento individual lleva implícito el homenaje a todos aquellos profesores y profesoras que contribuyeron a dignificar la enseñanza primaria en unos tiempos de más sombras que luces. Pero, por otro lado, no puedo impedir que cierto desaliento cunda en mi ánimo, al constatar a pie de aula el deterioro imparable (e imperdonable) que sufre el sistema público de educación, ante la desidia generalizada.

De no mediar una urgente, rigurosa y sensata reforma y un compromiso decidido y sin reservas por parte de todos los agentes sociales implicados (Administración, profesorado y familias), la escuela pública y democrática, de ciudadanos libres y responsables, por la que lucharon don Germán y tantos otros docentes ejemplares, más pronto que tarde, no será más que un grato recuerdo y una feliz e irrealizable quimera.

                           Regreso al colegio

En uno de sus muchos momentos memorables, uno de los forajidos de la película Grupo salvaje (1969) realiza la siguiente confesión en voz alta: "Todos soñamos con volver a ser niños, incluso los peores de nosotros. Tal vez los peores más que nadie". La expresión de ese deseo, por parte de un personaje que presiente el triste ocaso de una vida violenta y plena de tropelías, no es más que la proyección del ansiado retorno a la infancia que la casi totalidad de los seres humanos experimentan al menos una vez a lo largo de su existencia. Como si la simple y descabellada posibilidad de regresar a ese tiempo en que cualquier cosa parecía posible nos devolviese la ilusión, la ingenuidad, la fe o la inocencia extraviadas durante todos los años posteriores, en que hemos ido descubriendo (y asumiendo) el verdadero rostro de tantas mentiras. Ya que, en resumidas cuentas, crecer (envejecer) no es más que un doloroso aprendizaje del desengaño, ante la progresiva e inevitable evaporización de los sueños y de las esperanzas.

Valga la anterior reflexión a modo de preámbulo de un texto en el que pretendía evocar aquellos remotos días de septiembre en que, exactamente igual que ahora, decenas de miles de chiquillos en toda España volvíamos a las aulas después de un (siempre) largo y cálido verano. Y regresábamos con la mochila repleta de anécdotas y experiencias que compartir con los compañeros, porque existía esa primera forma de camaradería, consistente en convivir veinticinco horas semanales entre las cuatro paredes de un lugar que tenía algo de ágora, un poco de jardín de las delicias y también un cierto sesgo de establecimiento penitenciario. Entonces (y supongo que ahora también) el colegio era el centro de nuestro ilimitado universo, nuestro propio aleph, la ventana luminosa que cada día nos descubría un mundo nuevo.

Cada año, por estas fechas, se repetía la misma liturgia del retorno. Sentíamos idénticas emociones y veíamos los siguientes nueve meses con la incertidumbre del navegante que se abre camino en alta mar sin conocer el final de la singladura. Vivíamos un tiempo sin tiempo, que saboreábamos con avidez, impacientes, porque nos desesperaban las interrupciones, las excesivas pausas, la falta de acción. Fuera de las horas de clase y de estudio en la soledad del cuarto, la realidad era un juego permanente que tenía a la calle por principal y único escenario.

Tuve la gran suerte de cursar toda mi etapa de enseñanza básica (hoy Primaria) en el antiguo Grupo Sur. Aunque nunca dispuso de instalaciones propias para la práctica de actividades deportivas (el Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma cedía la plaza de Santo Domingo como patio para el recreo), este centro público, en el que coincidíamos niños y niñas pertenecientes a todos los estratos sociales, ofreció durante décadas una calidad docente impensable en la actualidad. El compromiso cívico en torno a la necesidad de una educación digna, universal y gratuita se cumplía con creces en el interior de este edificio, que había sido la anterior cárcel de la capital, gracias a la concienciación ciudadana (no sólo de los padres sino también de los responsables políticos), al aceptable comportamiento, en general, del alumnado y, sobre todo, a la categoría profesional y humana del profesorado y del personal que prestó allí sus servicios.

Cerrado como colegio en los años noventa, el grupo escolar Sector Sur, rebautizado Centro Educativo Pérez Andreu, alberga actualmente las sedes de las escuelas municipales de Teatro, Danza y Folclore; acoge el local de ensayos de la banda de música municipal San Miguel y es la sede del colectivo Rayas, que puso en marcha, en este mismo enclave, el Museo de la Historia de la Educación. Además, aquí también se encuentran las oficinas del área de Cultura del ayuntamiento capitalino. Todo ello ha contribuido a darle una nueva y renovada vida a un edificio por el que, en su momento, transitaron miles de chicos y chicas rumbo al porvenir.

No obstante, cada vez que paso por delante de su fachada, mientras voy o vengo por la plaza de Santo Domingo, no puedo evitar echar la vista atrás y que mi cabeza se llene de recuerdos. Y que escuche el ulular inconfundible de su sirena. Y que mi mente se convierta en un salón de espejos donde irrumpen mis sucesivas caras y las de tantos otros y otras (de los que aún siguen y de los que ya no están). Y que las baldosas del suelo (que ya no son las mismas) me muestren el rastro que conduce de vuelta al ayer, a la felicidad perdida, a la patria irrecuperable de la infancia. 

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