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El callejón
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The Greatest

Admitámoslo: los triunfadores no caen bien a nadie.

Vivimos de prestado una existencia que, las más de las veces, nos enoja y llegamos al final con la sensación de que hemos sido engañados en un timo de pésimo gusto.

Por eso nos caen tan mal los vencedores: no soportamos que a nadie le salgan bien las cosas y que, encima, se les reconozca y se les rinda culto por ello. Además, por regla general (aunque haya siempre excepciones), los ganadores suelen ser unos tipos o mujeres ásperos, pagados en exceso de sí mismos, tal vez mordidos por el complejo de culpa del superviviente, condenado a pedir perdón por haber salvado el pellejo. Quizás sea ese inextinguible remordimiento (el de lograr la victoria cuando todos fracasan) el que los haga inseguros, huraños, eternamente desconfiados, arrogantes incluso en la derrota, porque, más tarde o más temprano, todos acaban perdiendo.

Se me ocurren estas ideas mientras trato de digerir la definitiva desaparición de uno de esos personajes odiosos (algunos llegan a ser verdaderamente detestables) que acabo de describir.

De niño, coincidiendo con el ocaso de su carrera, Muhammad Ali me caía francamente mal: me parecía un fantoche, un bocazas, uno de tantos triunfadores que miraban por encima del hombro al resto de los mortales, y me llevé una alegría tremenda la noche en que Larry Holmes le dio una soberana paliza, hasta el extremo de que, desde su rincón del cuadrilátero, una esquina callejera poblada de arribistas, aprovechados, adictos e iluminados, la única persona en su sano juicio, el entrenador Angelo Dundee, arrojó la toalla, impidiendo que el mismo boxeador que le había servido de sparring para preparar su combate contra George Foreman le aniquilara un cerebro ya por aquel entonces muy afectado por el Parkinson.

Confieso que nunca le guardé especial simpatía, ni siquiera al comprobar cómo la enfermedad lo iba devorando poco a poco, nervio a nervio, neurona a neurona.

Hasta que, durante el mes de agosto de 1996, el mismo año en que el ex boxeador fue el último relevo de la antorcha olímpica en una ciudad tan racista como Atlanta, vi en televisión el programa de la BBC, Muhammad Ali. La fe de un luchador, y mi opinión sobre este hombre dio un giro brutal. Luego vino la película When we were kings (Oscar al Mejor Documental, en 1997), que reconstruía la célebre pelea por el título en Kinshasa, que habré visto no menos de media docena de veces, y, después, no he dejado de leer y visionar todo cuanto ha caído en mis manos sobre esta figura irrepetible.

Nacido para triunfar, Cassius Clay/Muhammad Ali es un caso único de ganador. Insolente, provocador, ególatra, narcisista, fue un rebelde con causa que se salvó de sí mismo al defender su integridad personal y moral frente a un gobierno legítimo que, injustamente, lo despojó de la gloria del éxito deportivo para entregarle la inmortalidad.

El siguiente artículo, titulado Mijatovic no es Ali, fue publicado, al hilo de la actualidad, volcánica y balcánica, en Diario de Avisos el 6 de julio de 1999, y sirva, pues, de reconocimiento póstumo a alguien a quien terminé admirando como púgil y queriendo como ser humano.

Descansa en paz, campeón.

*          *          *

            El 28 de abril de 1967, el campeón del mundo de los pesos pesados, Muhammad Ali (antes llamado Cassius Marcellus Clay), fue citado a comparecer por última vez ante la Junta de Reclutamiento. Como había hecho con decenas de miles de jóvenes, el Ejército de los Estados Unidos de Norteamérica le había movilizado meses antes con el objeto de mandar nuevos contingentes de tropas a Vietnam. El boxeador, de veinticuatro años de edad, alegaba que sus convicciones religiosas y morales le impedían acatar dicho llamamiento. “No me iré a dieciséis mil kilómetros de aquí para ayudar a asesinar y matar a otra pobre gente simplemente para continuar la dominación que los esclavistas blancos mantienen sobre la gente de color de la Tierra”, dijo entonces en rueda de prensa a la opinión pública mundial.

Muhammad Ali nunca se presentó ante la Junta de Reclutamiento. Sin embargo, su negativa a alistarse, a aceptar siquiera el papel simbólico que otros habían representado en similares circunstancias antes que él (recuérdese que el legendario campeón de boxeo, Joe Louis, ejerció como sargento instructor durante la II Guerra Mundial), recibió una pronta y contundente respuesta por parte de las Fuerzas Armadas Estadounidenses. Antes de que el asunto llegase a instancias judiciales, el púgil de Louisville, Kentucky, fue condenado a cinco años de cárcel, le fue retirado el pasaporte, se le despojó del cinto de campeón y se le prohibió subir a un ring en los cincuenta estados de la Unión. Durante tres años y medio Muhammed Ali fue privado de su medio de vida. Todo por ser fiel a sí mismo.

El pasado 24 de marzo [de 1999] un grupo de deportistas profesionales de nacionalidad serbia se manifestaron ante la embajada de Estados Unidos en Madrid. Protestaban por el bombardeo que fuerzas de la OTAN habían iniciado sobre el territorio de su país cinco días antes. Los manifestantes, encabezados por el futbolista y campeón de Europa, Pedja Mijatovic, exigían el fin de los ataques y anunciaban su rechazo a seguir trabajando para sus respectivos clubes. “No podemos jugar en nuestros equipos mientras nuestras familias se esconden de los bombardeos de la OTAN. A los yugoslavos nos están presentando como a los malos, pero queremos decir a todo el mundo que eso no es verdad. La OTAN está protegiendo a un millón de albaneses, ¿pero qué pasa con los diez millones de serbios?”, se preguntaba en voz alta un indignado Mijatovic. Un reivindicativo Mijatovic que, al igual que la mayoría de sus compañeros, se negó a alinearse el domingo siguiente, so pena de ser multado con cinco millones de pesetas por la Junta Directiva del Real Madrid. Un molesto Mijatovic que, como el resto de sus colegas, ha vuelto a ponerse a disposición del entrenador y, en su caso, tras ser amenazado con ser apartado del equipo.

Pero, a pesar de todo, el jugador montenegrino insiste: ¿Qué pasa con los diez millones de serbios? Se pregunta, nos preguntamos también nosotros. He ahí la cuestión. He ahí una de los grandes interrogantes. ¿Qué pasa con Serbia?

En la actualidad, la República de Serbia forma, junto a la República de Montenegro, la República Federal de Yugoslavia. Es decir, lo que queda de la antigua Yugoslavia: un estado federal que hasta la caída del Muro agrupaba a seis países distintos, a seis etnias distintas, a seis culturas distintas. La desmembración de este estado artificial, verdadero enjambre de pueblos e intereses contrapuestos, cohesionado bajo la impronta autoritaria de un líder carismático como Josip Broz, Tito, no habría supuesto mayor quebranto para la comunidad internacional que la escisión de Checoslovaquia o la desintegración de la URSS de no ser por un hombre y su sueño: Slobodan Milosevic, presidente de Serbia desde 1992, cuyo discurso nacionalista sólo conoce una palabra, expansión. El afán por construir la “Gran Serbia” sobre sus propias cenizas ha llevado a este país a sucesivas guerras en los últimos años, planteadas todas ellas con el único objetivo de ampliar su territorio. Amparado en la total impunidad que le otorga su condición de dictador ‘in pectore’ de un estado convulso, debilitado por el cerco económico de Europa, donde el sueldo de un catedrático no llega a las 20.000 pesetas al mes, con el solo apoyo de la Rusia de Yeltsin y con un ejército formado en la vieja escuela soviética, Milosevic ha embarcado a su amado país en cruentos enfrentamientos bélicos con Eslovenia, Croacia y Bosnia. No contento con eso, el líder serbio ha intensificado en los últimos meses el hostigamiento sobre la comunidad albanesa de Kosovo, provincia serbia cuya autonomía fue borrada de un plumazo en la Constitución de 1990. La estrategia del terror de Milosevic en Kosovo ha seguido las mismas pautas que en los conflictos anteriores: acoso a la población no serbia, matanzas indiscriminadas, expulsiones en masa… Con el pretexto de sofocar los atentados terroristas perpetrados por los guerrilleros del Ejército de Liberación de Kosovo, cualquier medio se ha convertido en adecuado para imponer la soberanía serbia, aunque, como en este caso, los serbios apenas sean el once por ciento de la población.

La inestabilidad en una zona de gran valor estratégico, a orillas del Mediterráneo, a tiro de piedra de Moscú y a dos pasos de Oriente Medio, ha forzado a la OTAN a llevar a cabo la primera acción militar conjunta contra un estado soberano en su medio siglo de historia. A la vista de los resultados de tan lamentable decisión (inevitables pérdidas en vidas humanas, éxodo masivo de refugiados, grave situación de crisis internacional), resulta dudoso que las aspiraciones nacionalistas del presidente serbio se hayan visto frustradas; al igual que la posibilidad de que Serbia llegue a tener un régimen democrático parece ahora más remota que nunca.

¿Qué pasa con los diez millones de serbios? ¿Qué piensan de todo esto? ¿Comparten las ideas de Milosevic? ¿Qué clase de país quieren tener? ¿Qué futuro prefieren para sus hijos?

En este sentido, Pedja Mijatovic parece no guardar dudas: “Mis compatriotas no han podido aguantar la enorme presión de los albaneses kosovares, que empezaron a formar sus familias y, en lugar de tener dos o tres hijos, empezaron a tener diez o quince hijos cada familia”. En las dos últimas semanas las declaraciones del jugador madridista así como las de otros paisanos suyos han girado en torno a parecidas ideas, además de mostrar una lógica y humana preocupación por la suerte de sus seres más queridos, que conviven a diario con el horror de los bombardeos.

Sin embargo, de labios de estos deportistas profesionales, que en España disfrutan de todas las comodidades y libertades de un país moderno y democrático, no se ha escuchado, ni antes ni ahora, una sola palabra en recuerdo de las otras víctimas de esta guerra entre comillas. Ni de Mijatovic ni de ninguno de sus colegas ha salido estos días una sola frase de solidaridad para con los centenares de miles de personas que están abandonando sus hogares por miedo a perder la vida; centenares de miles de personas que se apelotonan como ganado mientras les tiran algo con que engañar el hambre y con que recordar que aún son hombres. Para esta gente no existen el dolor ni la muerte, como tampoco la hubo para los bosnios, los croatas o los eslovenos encarcelados, torturados y asesinados por la policía y el ejército serbio. Su exclusión de las oraciones que algunos deportistas serbios dicen rezar cada noche quizá se deba a que ni bosnios, ni croatas, ni eslovenos, ni albanokosovares pertenecen a la misma especie que ellos, porque tal vez su escala zoológica esté un par de escalones por debajo del eslabón humano que comparten diez millones de Mijatovic y unos pocos más.

En 1967, el mejor boxeador de todos los tiempos renunció a todo por no contribuir al aparato de muerte y destrucción que su propio país había puesto en marcha contra otro pueblo, otras personas, otros seres humanos. La grandeza del acto de Mohammed Ali radica en su dimensión ética: se negaba a luchar contra quien no consideraba enemigo, sino semejante. La razón fundamental de esta decisión (“No iré a ayudar a matar a otra pobre gente”) parte de la consideración del supuesto contrario como uno mismo; el no querer para mí lo que no deseo para los demás.

En las décadas siguientes, Mohammed Ali ha dado continuas muestras de seguir ese imperativo moral, como cuando intercedió personalmente ante Saddam Hussein para lograr la puesta en libertad de un grupo de ciudadanos norteamericanos retenidos en Bagdad como escudos humanos, en plena crisis de los Golfos, perdón del Golfo; o como cuando recientemente visitó Cuba con un cargamento de medicinas y pidió públicamente el fin del bloqueo sobre la Isla; por no contar sus innumerables donaciones a causas benéficas o su cuantiosa aportación a la Fundación Nacional contra el Parkinson, enfermedad que poco a poco ha ido mermando su salud.

El altruismo de Ali tiene su origen en el sincero convencimiento de que, en realidad, todos los hombres somos iguales. Y sobre este principio se ha edificado el progreso humano.

Sin embargo, la Humanidad que postulan gente como Milosevic, Otegi, Arzalluz o Mijatovic es una Humanidad excluyente, que tiene sitio para unos sí y para otros no, según su patrón genético.

Mientras la actitud de Muhammad Ali fue la reivindicación de la integridad personal frente a la imposición de un sistema injusto; la indignación de Pedja Mijatovic es la vindicación de la Patria como sistema: “Mucha gente dice que no hay que mezclar deporte con política, pero como deportistas y humanos tenemos derecho a opinar. Yo, como uno de los más importantes deportistas de mi país, tengo que opinar como patriota, porque soy patriota y seré patriota siempre”, recalca el delantero montenegrino.

Al respecto, habría que recordarle a éste y a otros hijos de la Gran Serbia que en el siglo XVIII el inglés Samuel Johnson describió el patriotismo como “el último refugio de los canallas”. O, si prefieren, que escuchen a Albert Camus, para quien amar la Patria consiste en “no quererla injusta y decírselo”.

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