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Mar y viento
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Puerto Espíndola, capitán y oficiales del vapor `Lanzarote´, dos lanchas náufragas, un gran alcalde de mar.

Hasta mediados el siglo XIX las conexiones interinsulares se llevaban a cabo, de forma más o menos regular, por embarcaciones fletadas por los propios comerciantes y exportadores en sociedad con los respectivos patrones para ahorrar gastos. Estas embarcaciones eran principalmente goletas, balandras, o pailebots[1]. Es entonces cuando comienzan a operar compañías como “Ghirlanda Hermanos” o “Elder Dempster”, quienes fueron a incorporando vapores en detrimento de los veleros, como fruto del avance que experimenta la navegación marítima.

Estos barcos igual cargaban plátanos en Tazacorte que piedra de cal en el Janubio o millo en Puerto Cabras, también podían embarcar en Garachico a un mago rumbo al puerto de La Luz o dejar un hatillo de cartas en el pescante de Hermigua. Este último servicio, el postal, dio pie a que fueran conocidos como los “correillos”, y su llegada a cada puerto, playa o pescante marcaba el ritmo de vida de aquel entonces.

En 1888 el gobierno español adjudicó las líneas marítimas de Canarias a la Compañía de Vapores Interinsulares Canarios, naviera constituida ad hoc y filial de la empresa inglesa Dempster & Co. Entre los buques que entonces se incorporaron al servicio interinsular figuraba el vapor `Almirante Díaz´, cuyo nombre homenajea al almirante palmero Francisco Díaz Pimienta (hijo).

La renovación de dicha concesión en 1911 supuso la construcción de nuevos buques: `Viera y Clavijo´, `León y Castillo´ y `La Palma´, que superaban las 1.000 toneladas de registro bruto, y otros tres de menor porte: `Fuerteventura´, `Lanzarote´ y `Gomera-Hierro´, conocidos como los “playeros” ya que su mayor maniobrabilidad les permitía acceder a lugares donde la incipiente infraestructura portuaria de las islas aún no había llegado.

No obstante, las operaciones de embarco y desembarco en costas abiertas al norte siempre entrañaban peligro, tal y como podemos comprobar en esta noticia publicada en el periódico La Opinión de Santa Cruz de Tenerife el 22 de febrero de 1916.

Puerto Espíndola, capitán y oficiales del vapor `Lanzarote´, dos lanchas náufragas, un gran alcalde de mar.

Al caer la tarde del día 18 del corriente, surto el vapor `Lanzarote´ en la boca del «puerto de Espíndola» (desembarcadero de los Sauces), cumpliendo su itinerario postal, durante las operaciones de desembarque, una de las lanchas del referido buque, fue alcanzada por un violento golpe de mar que la hizo «dar la voltereta».

Los tripulantes se arrojaron al agua, refugiándose en los escollos, varios de ellos, que pudieron coger tierra hábilmente.

Sobre el «pantoque»[2] de la lancha se hallaban los menos nadadores, Francisco González, Juan Rafael e Ignacio Fleitas, esperando ser víctimas de las olas; pero, afortunadamente, el accidente, fue visto desde a bordo, por los oficiales del `Lanzarote´ que, arriando de los pescantes la segunda lancha, fue tripulada valerosamente, por D. Alfredo Galán, capitán y D. Francisco Jordán primer oficial, del referido buque, que juntos con el fogonero Fermín Padilla, se dirigieron, rápidamente, impulsados por las olas, al lugar del suceso, lanzándose dentro del puerto sin temor alguno y rescatando, de aquel hervidero de espuma, a los tres marineros citados, los cuales advirtiendo, el escaso número de tripulantes de la lancha salvadora, empuñaron seguidamente los remos; pues de no resultar con tal éxito la empresa, indefectiblemente, hubieran sido estrellados contra las rocas.

Digno de todo encomio fue, el saleroso hecho del capitán y piloto del vapor ` Lanzarote´, quienes, como se ve, expusieron sus vidas, por salvar la de sus subalternos.

Puestos en salvo, sacaron a remolque la lancha náufraga, llevándola a bordo y volvieron a salir del costado del buque al mando del contramaestre Cristóbal Ceballos, para recoger el resto de la tripulación que se hallaba sobre el muelle; pero con tan mala suerte que cuando tenía a bordo una gran parte de ella, faltó un «escálamo»[3] y un nuevo golpe de mar, los lanzó a tierra dejando la lancha empotrada, entre los escollos.

Del segundo naufragio resultaron varios contusos y gravemente herido el contramaestre.

El sobrecargo, Sr. López Perea, que se hallaba en tierra, les procuró asistencia médica, poniendo al herido bajo las observaciones y cuidados del doctor D. Antonio Martín, quién bajó de los Sauces inmediatamente que se dio cuenta de lo ocurrido.

A la pleamar, amainó un poco el «reboso» y el idóneo alcalde de mar D. Agustín Morante, dio órdenes a los matriculados del «Puerto», para botar al agua, la galizabra[4] `San Pedro´ (bote de pesca regional, de dos proas y vela latina que ofreciendo poca inercia, burla fácilmente, las olas más bravas) y gracias a sus certeras disposiciones, uno a uno volvieron al «Lanzarote» los náufragos, siendo digno de elogio el patrón del `San Pedro´ José Álvarez, quien se acreditó como experto práctico de Espíndola.

Los lesionados y contusos fueron: D. Alfredo Galán, D. Francisco Jordán, D. Antonio Delgado, D, Cristóbal Ceballos, D. Fermín Padilla, D. Pedro Álamo, D. Vicente Brito y D. Juan Arteaga.

El Corresponsal.

Sauces 18-2-1916.

 


[1] La palabra deriva del inglés pilot boat, haciendo referencia a las pequeñas goletas que empleaban los prácticos americanos. Es un tipo de barco muy fino y rápido.

[2] Zona curva de unión entre el fondo y los costados del buque.

[3] Tolete u horquilla donde se fija el remo.

[4] Resulta curioso que el cronista emplee este término, usado en la costa mediterránea para denominar a un tipo de embarcación de vela latina, y no barquillo, falúa, bote, o lancha, de uso más común en el archipiélago.

 

Fotografía: http://emendezalvarez.blogspot.com/

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