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Mar y viento
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La Palma y el mar. La actividad pesquera.

Pesqueros canarios con aparejo de vela latina en la costa africana.

Después de la Conquista, Canarias vio en los vírgenes y abundantes caladeros de la costa africana un lugar donde proveerse de pescado con el que, además de surtir a la población, podía comerciar con el incipiente tráfico hacia tierras americanas. Ese fue el objetivo de numerosas expediciones pesqueras y así dio comienzo una relación que ha perdurado hasta nuestros días.

El auge de las pesquerías canarias en “la costa” fue tal que Sabino Berthelot a mediados del siglo XIX afirmaba que constituía el principal recurso alimentario del pueblo canario.

Los palmeros, bien desde su isla, o tras instalarse en otras más cercanas al continente, no fueron ajenos a esta actividad, como relata Berthelot refiriéndose a Lanzarote:

          Por los años de 1794 Salvador Santiago Brito, palmero, trajo aquí una goletilla propia, con su familia y empezó a hacer la pesca a la costa de África en derechura; imitole otro lanzaroteño Gaspar Linares, a que se añadieron dos barquillos canarios a los cuales llaman cuchirulos, que salen con el terral de la noche y amanecen en Berbería[1].

Una detallada descripción de la vida de estos pescadores nos la ofrece George Glas, marino escocés que visitó y estudió las islas Canarias y la costa africana, en su obra ‘Descripción de las Islas Canarias’ (1764), en la cual podemos observar el tipo de barco que se utilizaba, así como el curioso sistema de navegación empleado para regresar a las islas.

Según Glas, los barcos empleados eran de entre 30 y 80 toneladas y estaban tripulados por 15 o 30 hombres. En la época en que él estuvo en la costa africana había dos o tres de la isla de La Palma, se trataba de goletas de proa y popa finas y con mucha manga a fin de poder aguantar las fuertes brisas propias de la zona. Contaban con un pequeño velacho, carecían de gavia y vela de estay, y sólo llevaban un foque.

Para preparar un barco que iba a “la costa” a pescar, los dueños proporcionaban la cantidad suficiente de sal para curar el pescado y bastante gofio para el sustento de la tripulación durante todo el viaje. No obstante, la tripulación podía llevar vino, aguardiente, vinagre, pimientas, cebollas, o lo que quisiera, pero por su propia cuenta, pues los armadores no proporcionaban sino el gofio.

Cada hombre llevaba su propio aparejo que consistía en unas cuantas liñas, anzuelos, un alambre de cobre, un cuchillo para abrir el pescado y una o dos fuertes cañas de pesca. La liña está compuesta por seis finos alambres de metal, retorcidos, y el anzuelo tiene unas cinco pulgadas de largo y no está barbado. Primero cogen tasarte y anjova como carnada que luego utilizan para pescar samas, sargos, chernes, abadejos o bacalaos [2].

La zona de pesca está limitada al Norte por la extremidad sur del monte Atlas, o por la latitud 30 grados Norte, y al Sur por cabo Blanco, latitud de 20 grados 30 minutos Norte. En primavera, los pescadores siguen la costa hacia el Norte, pero en otoño y en invierno hacia el sur, pues durante la primavera, los peces frecuentan la costa hacia el norte, y más adelante bajan poco a poco hacia el sur, a lo largo de la costa[3].

El método para curar el pescado consiste en abrirlo, limpiarlo, y lavarlo completamente, luego se le corta la cabeza y las aletas y se pone a escurrir para suelte el agua. Después se sala y se va almacenando a granel en la bodega.

Según Glas, con buen tiempo y bastante provisión de carnada, un barco puede llenar sus bodegas en cuatro días en los cuales la faena comenzaba alrededor de las cinco o las seis de la mañana y se prolongaba durante doce horas. Es entonces cuando el barco se acerca a tierra para fondear en alguna bahía y preparar la cena, única comida del día.

En cuanto a la navegación de regreso a las islas, destaca Glas que los barcos están construidos de tal manera que pueden soportar fuertes brisas, siendo muy afilados de proa y de popa, amplios y aplastados en el centro, por lo que están bien preparados para navegar contra el viento. Para ganar barlovento y llegar a la altura de las islas, que se encuentran más al norte del caladero, aprovechan el viento terral que sopla desde el amanecer hasta el mediodía, navegando hacia alta mar. Cuando empieza a soplar la brisa hacia la costa viran hacia tierra fondeándose para pasar la noche, o navegando en “zigzag” en pequeñas viradas hasta el alba en que se lanzan a alta mar hasta medio día nuevamente.  Glas nos da la clave de tal proceder:

          La diferencia entre el terral y la brisa del mar en esta costa es generalmente de 4 puntos y ambos soplan fuertemente en las velas. Cuando llegan a 10 o 15 leguas a barlovento de Cabo Bojador, se dirigen hacia la isla de Gran Canaria: si ocurre que el viento es del nordeste, alcanzan el puerto de Gando, en el sudeste de aquella isla; pero si el viento es norte-cuarta-nordeste, sólo alcanzan las calmas, en las que se meten, y allí encuentran pronto un viento sudoeste que los lleva cerca de Gran Canaria, desde donde la mayor parte de ellos se dirigen a Santa Cruz de Tenerife y Puerto de la Orotava, para soltar sus cargas; el resto va a Las Palmas, en Canaria y Santa Cruz, en la isla de La Palma[4].

A principios del siglo XX la actividad pesquera que los canarios han ejercido en la costa africana apenas había variado desde el siglo XVI en cuanto a métodos de pesca, especies capturadas, y métodos de conservación se refiere. A medida que avanzaba la centuria se iría produciendo en las embarcaciones de pesca la incorporación, primero de la máquina de vapor, y luego de los motores de explosión. No cabe duda de que esto supuso una importante mejora en la vida de los pescadores, aunque también significó la práctica desaparición de las velas.

En cuanto a la pesca litoral, siempre se ha contado con la vela y el remo para el desplazamiento de los botes. Lo habitual era aprovechar el recurso de la vela tan solo en los trayectos en que su uso era rentable. Así los pescadores de Santa Cruz de La Palma se dirigían a remo hacia el Norte y no se dedicaban a bolinear en “zigzag” en contra del viento. Esta maniobra, aunque más dura, les aseguraba llegar a tiempo al caladero y evitar la incertidumbre que les creaba navegar de bolina. Sin embargo, a la vuelta, con el viento a favor, solían echar la vela.

Según Tomás Cabrera Pedrianes, quien dedicó parte de su vida a la pesca, los motores se incorporaron a la actividad pesquera a partir de los años 20´ del pasado siglo, siendo a partir del medio siglo cuando se generalizó la utilización de éstos en los botes de pesca litoral. Algunos de ellos, sin embargo, mantienen el aparejo y la vela ante una eventual emergencia.

 


[1] El Daguerreotipo, Santa Cruz de La Palma (18 de mayo de 1841), p. 2.

[2] GLAS, George: Descripción de las Islas Canarias (1764). Tenerife Instituto de Estudios Canarios, 1982, p. 174.

[3] Ibid.

[4] Ibid.

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