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José Miguel Pérez (1896-1936).-

José Miguel Pérez, junto a su mujer, Sara, y su hija, Estelfa, en los años de la II República.

José Miguel Pérez y Pérez nació en Santa Cruz de La Palma, el 8 de diciembre de 1896. Treinta y nueve años más tarde, el 4 de septiembre de 1936, caía abatido por la descarga de un pelotón de fusilamiento, formado en la batería del Barranco de El Hierro, a pocos kilómetros de Santa Cruz de Tenerife.

José Miguel Pérez fue educado en el regazo de la sociedad progresista palmera. Su tío materno, demócrata y anticlerical, perteneció a la sociedad librepensadora La Ingenuidad. Su padre, José María Pérez Hernández, militó en la Asociación Gremial de Obreros de La Palma, participó en la organización de la Unión Republicana y formó parte de la candidatura que esta agrupación presentó a las elecciones municipales de 1903.

Atento a los debates ideológicos de su tiempo, desde su adolescencia, José Miguel Pérez apostó por transformar un mundo que percibía injusto. Su pensamiento se asentaba en las banderas ideológicas de la Revolución Francesa: justicia, libertad, igualdad, solidaridad… Al avanzar su formación, concluye que coronar la propuesta de progreso hacia un mundo mejor que patrocinaban los republicanos requería profundizar en los principios de justicia e igualdad, erradicando la miseria y acabando con la explotación a que estaban sometidos los trabajadores. Así, evoluciona hacia los grupos socialistas gestados en los medios republicanos, aunque continúa confiando en que una cadena de reformas pacíficas, llevadas a cabo en el seno de las democracias, redimiría a lo estratos sociales más desamparados.

Sin embargo, lo sucedido durante la I Guerra Mundial (1914-1918) cambió su forma de pensar. Por entonces, José Miguel Pérez era un bachiller que militaba en la Juventud Republicana de Santa Cruz de La Palma y que observaba con atención lo que ocurría en los campos de batalla. Los acontecimientos de la Gran Guerra europea le llevarán a descartar la democracia como medio para obtener la emancipación de la clase trabajadora universal. Sobre todo, tras el aldabonazo de la Revolución Rusa, se decide por las ideas que servirían de palanca para transformar el mundo en un lugar más justo. Ante sus ojos, el proyecto comunista, avalado por el éxito de la revolución de 1917, se revelaba como el instrumento más eficaz para libertar de la opresión a los desfavorecidos. La oposición de la burguesía implicaría que las transformaciones necesarias debían ser impulsadas por los propios trabajadores, que se requiriera la violencia para consumar los cambios y que, posteriormente, se precisase la implantación de una dictadura del proletariado para afianzarlos. Un régimen totalitario justificado porque, en realidad, solo quitaría la libertad a la minoría explotadora, la burguesía, y, por el contrario, beneficiaría a la mayoría de la población, el proletariado.

En los años siguientes a la I Guerra Mundial, José Miguel Pérez se pone al servicio de la redención de la clase trabajadora. Su capacidad le convertirá en un eficaz introductor de las ideas comunistas en los lugares que le tocó vivir: Cuba y Canarias.

A principios de los años veinte, no encuentra empleo en La Palma. Igual que muchos de sus paisanos, padece las insuficiencias de una economía en crisis crónica y resuelve tomar el camino de Cuba. Allí, el pensamiento y la acción política de José Miguel Pérez adquirieron notoriedad, al participar, en 1925, en la fundación del Partido Comunista Cubano y convertirse en su primer secretario general. Solo durante unos días, porque, inmediatamente, fue apresado por la policía de la dictadura del General Machado y expulsado del país.

De regreso a La Palma (1926), trabaja como maestro particular. En poco tiempo, su escuela privada crece y llega a contar con cien alumnos matriculados. A partir de ese momento, su situación económica fue desahogada y su familia vive con comodidad en la Capital de la Isla.

Los obreros ligados al republicanismo que entraron en contacto con José Miguel Pérez organizaron tertulias y conferencias en la sede de la Juventud Republicana. Las noticias que portaba el maestro palmero confirmaron las malas expectativas que ofrecía la emigración a Cuba, debido a la disminución de los mercados azucareros, a la inmigración de jornaleros jamaicanos que cobraban salarios más baratos que los trabajadores canarios y a la creciente violencia política y social que se adueñaba de la Isla caribeña. Las informaciones transmitidas, de primera mano, por José Miguel Pérez ratificaron a este dinámico grupo de obreros que ya no podían contar con la emigración para evitar la pobreza. La única alternativa consistía en fundar organizaciones fuertes, capaces de luchar por los intereses de los obreros y los campesinos en su propia isla natal. Estos jóvenes trabajadores integraron el denominado Grupo Espartaco, la élite dirigente de los sindicatos que surgirán en La Palma, durante la II República.

 La trayectoria política de José Miguel Pérez llegaría a su momento culminante, con la arribada de la República, en abril de 1931. Durante los cinco años siguientes, su protagonismo trascendió los límites de la Isla para convertirse en un referente en Canarias. La democracia española de los años treinta trajo las libertades políticas que, unidas a la trayectoria solvente de la élite obrera formada por José Miguel Pérez, permitieron extender el ideario comunista entre un amplio sector de la población. A lo largo del quinquenio republicano, la marea de la contestación social ascendió, en La Palma, debido a que la depresión económica de los de los años treinta coincidió con el bloqueo del recurso a la emigración americana. El desasosiego aumentó en el estrecho marco insular y parte de los sectores más dañados por la crisis volvieron su mirada a los planteamientos alternativos sostenidos por los comunistas: la solución no la iba a traer una República incapaz de proporcionar medios de vida a los trabajadores, ni una Cuba ya muy lejana, sería la abolición de la propiedad privada y el reparto de riqueza, inherentes a una revolución obrera, quienes procurarían el remedio para la pobreza del proletariado isleño.

A la altura del verano de 1936, el tradicional edificio caciquil de los grandes propietarios conservadores amenazaba ruina. Sin embargo, el golpe de estado del 18 de julio acabó con la democracia y evitó su derrumbe.

Desde su juventud, José Miguel Pérez fue consciente de que su militancia le podía conducir a un fin violento. Por eso, cuando, la madrugada del 4 de septiembre de 1936, llega la hora, parece tener asumida su ejecución. A superar este trance, le ayuda su fe en el progreso de la humanidad hacia lo que él llamaba "la armonía infinita". La noche en que José Miguel Pérez se despide con una carta de sus seres más queridos y del mundo está convencido de que su vida y la muerte que le aguarda habían sido útiles, pues con ambas había ayudado a que la humanidad alcanzase la sociedad sin clases, un mundo mejor que él no vería, pero al que había contribuido. Convertido en una de las primeras víctimas de la Guerra Civil en las Islas, su trágico final terminó de encumbrar su figura como una de las más relevantes de la izquierda canaria del siglo XX.

Aparejado a su propio fin, llegó la demolición de su proyecto. El maremoto de la represión que alcanzó la Isla tras la sublevación militar destruyó el movimiento obrero que José Miguel había intentado organizar para contribuir a la "justicia universal".

 

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