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La tendedera
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Myriam Cabrera

Nacida bajo las aspas de un molino de viento y un añoso y doblegado pino canario, integrado desde hace casi 150 años en el paisaje de Villa de Mazo. El molino ha visto pasar tres centurias, tres siglos del discurrir de un pueblo.

Aquella niña debió impregnarse desde sus primeros años del aroma dulce de las tederas, del incienso silvestre, del musgo del aljibe y del culantrillo de la pila y el bernegal; del despertar de los primeros pámpanos de las viñas y del apilamiento del bagazo en las puertas de las bodegas de piedra; del trigo y otras sementeras que las bestias portaban en costales a moler al molino de Isidoro Ortega. Y, después de molerlo, ese olor inconfundible del gofio moreno.

Conoció el repiqueteo rítmico y cantarín del martillo sobre la bigornia del zapatero remendón. Conoció el doblegar de la suela, y hacerse flexible en el remojo de la lavadera esmaltada, colocada debajo de la mesa del zapatero. Cuando llegaba el verano, con los festejos y jolgorios, tuvo la suerte de contar con muchas hormas de madera, una de cada número, y darle un poco más de holgura a los zapatos para comodidad de los pies hinchados. La zapatería estaba en su casa y, de seguro, aunque no le he preguntado nunca, más de una media suela clavó o remendó.

Y la herrería, con martillo y yunque, y el color malvoso, naranja a fuego, de una herradura en la fragua. El delantal de cuero desgastado del tío herrero colgado de un clavo en la pared o en el gajo de la higuera.

Y dio sus primeros puntos de borde sobre un paño blanco al lado de su madre, Carmen, y sus tías Petronila y Amparo, y de Mamá Pía, su abuela, cuyo dechado con diferentes puntos conservó amorosamente; allí lo tiene enmarcado y colgado en una pared de su casa de igual manera que se pudiera venerar un Picasso.

Además, Mamá Pía le enseñó a leer y a escribir sus primeras letras e inquietudes por el saber y a enseñar con magisterio. Su verdadera vocación, ser maestra. ¡Cuántas caras veo aquí que, sin duda, son las de sus niños y niñas, las de sus alumnos!.

El molino estaba pintado de color azul, y aún con ser azul-gris, la esbeltez se dibujaba perfectamente sobre el cielo y el mar, en contraste con el verde hermoso de Monte Pueblo, Poleal y Niquiomo, ese monolito vigía y protector de Villa de Mazo y sus gentes, esa peculiar, elegante y rechoncha formación geológica que esconde la frescura de una fuente y el paso y la vida de los primeros pobladores de estos pagos.

El medio que rodeó y rodea a Myriam está lleno de color, de cientos de colores y tonalidades ofrecidos por flores, árboles y arbustos. No importa el tamaño, si es una simple margarita, una flor de papa o flor de cebolla, o si se trata de una suaja, una rosa o un clavel, una buganvilla naranja, una camelia rosa fucsia o unas marañuelas: todo sirve en las manos de esta mujer. Y todo ese color y toda esa belleza los encuentra a pocos metros de la puerta de su casa y los troncha para ser compañía alegre dentro de su casa, colocados dentro de un sencillo búcaro de cristal. Desde la cocina al baño, del salón a la galería, del estar a la biblioteca, siempre hay flores y plantas en los buenos días de cada amanecer del año.

Entre tanto colorido y conocimiento de la flora, no es casual que sepa los secretos de los borrachitos, de las suajas secas, abierta una a una hasta formar un diminuto abanico, de las espigas de pájaros, del musgo verde y negro, de los faroles o de las hojas de geranios secas, base sobre las que diseña esos atrevidos, desafiantes e innovadores arcos del Corpus Christi, de líneas sencillas, pero con el espíritu característico de un estilo propio e inconfundible: el de doña Myriam.

La conocí en los años "60. Esa imagen no se ha borrado de mi mente. Recibía junto a su madre, sus hermanas, sus tíos, sus primos y sus vecinos a su prima Hylda, casada con mi tío Orestes -y a sus tres hijos pequeños-, residentes en Venezuela. Por la cuesta empedrada de la casa de su madre y de la de su tía Rosario, subíamos los que formábamos la comitiva cuando, de repente, un alegre murmullo escuchamos. Ahí estaba el alboroto, con ramos de flores silvestres, gritos de vivas y bienvenidas, y una pancarta de papel, abrazos, risas y lágrimas. Ése es el primer recuerdo que tengo de Myriam Cabrera Medina.

Después vinieron otros tiempos y siempre encontré en las gentes del Molino inquietudes compartidas con todos los que tocábamos a sus puertas, siempre abiertas. Tiempos en los que su compañero y esposo -porque eso fue Antonio Soler, compañero y esposo- dominaba la burocracia de la crónica puntual al periódico, del saluda al político o al intelectual, amigo de recortar y archivar documentos con décimas populares recogidas en su grabadora… y fotos, muchas fotos y diapositivas. Y todo ello con el único fin de proyectar a Villa de Mazo en el papel periódico, en la radio y la televisión. ¡Cuántos contactos y cuántas gestiones hizo Soler por su pueblo de adopción, siempre con el mismo lema y fin primordial: su amor a Myriam!

Arqueólogos. ¡Cuántas horas de disfrute en el yacimiento de La Cucaracha, Belmaco y otros! Miles de cacos de cerámica, industria lítica y ósea y vasijas se guardaron hasta hace poco tiempo en fornidas cajas de tea en el Molino y, por fin, ya se encuentran al público en el soñado Museo Insular de Arqueología.

Esas excursiones a Garafía, a la Zarza y a la Zarcita, cuando no había guardias ni protección; pero, eso sí, un gran cartel de carretera señalaba dónde estaban los misteriosos grabados prehispánicos. Y decidiste, Myriam, en un pronto, muy propio de ti, arrancarlo de cuajo, sin encomienda alguna, y ponerlo en el maletero del coche. Con ese gesto seguramente salvante a los petroglifos de más expolios de personas sin escrúpulos.

El moldeado del barro de La Palma de hace casi 35 años, de esos primeros trabajos, junto a Ramón y Vina, quemando loza en la huerta del Molino con la recordada Anuncia Vidal, la última locera de La Palma. Y esas frases que siempre recuerdas de Anuncia: «Hay que limpiar el barro; echarle agua y mezclarlo con la arena, para que no se raje, y trabajarlo hasta que esté amorosito»; y, después, en la quema de la hoguera, la «loza de lado, con la boca hacia donde sopla el viento».

Siempre me he preguntado qué posee Myriam para que no exista diferencia de edad entre los que tenemos la suerte de conocerla. ¡Claro, es su imán! Y que habla el mismo lenguaje de las generaciones posteriores, aunque sea de muchas décadas la diferencia. Realmente, es increíble y admirable. Esta homenajeada mujer sigue ideando proyectos y sigue ilusionándose. Aún quedan muchas sorpresas por desarrollar y disfrutarlas todos.

Y para ir terminando, sí quiero revindicar aquí algo que ha sido obsesivo durante mucho tiempo para Myriam, aunque no ha estado en sus manos. Hace más de treinta o cuarenta años que sueña con que la Artesanía (recordemos, no en vano, que fue ella quien fundó y dirigió la hoy Escuela Insular de Artesanía de Villa de Mazo) sea un oficio reglado dentro de los programas de Formación Profesional o similares. Eso te lo deben y te lo debemos. Conociéndote -como creo que te conozco-, si en este momento te dieran a elegir, cambiarias, sin pensarlo dos veces, este reconocimiento que hoy te hace con toda justicia el pueblo de Villa de Mazo y, en su nombre, la Corporación Municipal, por que mañana mismo se publicara en el Boletín Oficial un decreto por el que la enseñanza de los viejos oficios artesanos de La Palma y Canarias quedase perpetuamente regulada. ¿Qué harías? Lo cambias. Ojalá fuera todo tan fácil.

Myriam, para terminar, gracias, muchas gracias por disfrutarte, por ese -a veces, no siempre- timbre de voz chillona y al mismo tiempo tierno e inconfundible, que nos avisa de dónde estás y de qué estás haciendo. Gracias, Myriam.


1 Discurso leído durante el acto homenaje a Myriam Cabrera Medina con motivo del descubrimiento y designación de una vía pública a su nombre en Villa de Mazo, que se celebró el 18 de marzo de 2009 en el Centro Cultural Andares de la misma villa.

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