
Una investigación conjunta de la Universidad de La Laguna (ULL) y del Instituto Español de Oceanografía (IEO-CSIC) ha constatado cómo los niveles de mercurio en la caballas canarias se han reducido a la mitad en 50 años.
El trabajo, firmado por Alba Jurado y Enrique Lozano y publicado en ‘The Conversation’, se basa en el análisis comparativo de ejemplares históricos (1973) con otros capturados más recientemente en aguas canarias (2021).
Ambos llegan a la conclusión de que medidas ambientales como la eliminación progresiva del plomo en los combustibles o el Convenio de Minamata sobre el mercurio han tenido “efectos reales”.
El artículo explica que los peces pelágicos como sardinas, chicharros o caballas son una herramienta útil para evaluar la salud química marina: viven pocos años, crecen rápido y ocupan una posición intermedia en la cadena alimentaria, con lo que reflejan cambios ambientales en cuestión de meses y ofrecen una imagen casi instantánea del estado del ecosistema.
Los estudios realizados en el Atlántico nororiental han analizado hasta veinte elementos químicos distintos en el músculo de estas especies.
Algunos son esenciales para la vida, como hierro, cobre, zinc o manganeso, necesarios para funciones fisiológicas básicas; en cambio, otros, como el cadmio, plomo o mercurio pueden resultar tóxicos cuando se acumulan en exceso.
Los investigadores de la ULL y el IEO hacen hincapié en que las concentraciones de estos últimos entre los pequeños pelágicos canarios suelen encontrarse por debajo de los límites establecidos por la legislación europea, si bien no son constantes ni uniformes: cambian con la estación del año, el tamaño y la edad del pez, la zona de captura e, incluso, ante fenómenos naturales puntuales.
Afloramiento de aguas frías, la calima y los volcanes
Uno de los factores clave de esta variabilidad es la influencia del gran afloramiento del noroeste africano, un proceso que hace ascender aguas frías profundas, ricas en nutrientes y determinados elementos químicos.
Cuando este fenómeno se intensifica, especialmente durante los meses fríos, aumentan las concentraciones de algunos metales en especies como los chicharros y las caballas, con lo que no se trata de contaminación, sino de la propia dinámica natural del océano, recalcan los autores del estudio.
Otro elemento fundamental es la calima, que transporta enormes cantidades de partículas minerales desde el desierto del Sáhara hasta el Atlántico.
Este polvo aporta hierro, aluminio, cobre y zinc al océano, que pasa al fitoplancton (organismos fotosintéticos del plancton, que constituyen la base de la cadena alimentaria marina) y, posteriormente, al resto de la red trófica.
Por ello, concentraciones elevadas de ciertos elementos en los peces pueden reflejar la influencia del desierto, aparte de la actividad humana, también detectable en el músculo de estos peces.
Asimismo, la actividad volcánica también deja su impronta: las erupciones recientes en Canarias modificaron temporalmente la química marina y estudios posteriores detectaron incrementos de varios metales en caballas capturadas en las zonas afectadas, especialmente tras la erupción en La Palma, cuyos efectos fueron perceptibles durante meses.
Además de todos estos condicionantes, los investigadores del IEO y la ULL recuerdan que trabajos recientes han mostrado que los peces analizados en diferentes islas presentan características propias.
Así, las caballas capturadas en Tenerife y Gran Canaria, donde la presión humana es mayor, tienden a registrar concentraciones ligeramente superiores de elementos asociados a actividades urbanas y portuarias.
Por el contrario, los ejemplares procedentes de Lanzarote y Fuerteventura suelen mostrar niveles más elevados de elementos relacionados con el afloramiento africano y la calima sahariana.
La biología también influye en los patrones de acumulación. La edad, el tamaño, el estado reproductivo o los hábitos alimentarios modifican la composición química de cada ejemplar.
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