
Oigo las castañuelas que vienen acercándose al altar por el pasillo del Santuario. Se acercan a la luz, especialmente intensa sobre el retablo dorado desde el que contempla a los danzantes la imagen de la pequeña señora de Las Nieves. Los ritmos ancestrales me llevan a recuerdos de tanto recibido. Las viejas imágenes, los viejos sonidos, los viejos mensajes. Han pasado de generación a generación en un mestizaje en el que el experto quizás sepa discernir la sonoridad aborigen de los añadidos realizados por quienes vinieron y las hijas e hijos nacidos de la convivencia de unos y otros. Estos días previos a Navidad, mientras esperamos a la escucha de la Palabra, las manos que se agitan son también una oración, esa que se dice sin palabras porque solo expresa asombro, intimidad y escucha.
Este año llego con la mochila pesada, aunque cada tiempo también se vacía de muchas cosas. Lo hace mi biología que es capaz de ir pasando al olvido vivencias, rostros y nombres que han ido construyendo lo que soy. Lo hace también mi propia decisión de dejar atrás lo que se puede y de seguir avanzando aunque las cicatrices y las arrugas tallen mi rostro de historias. Del macuto, que es elástico, que crece y decrece con su contenido, extraigo este año la foto de Juan López, asesinado en Honduras a la salida de la celebración de la Palabra; a mi amigo Crisanto, recién llegado a El Aaiún donde se implica en la misión pastoral jesuita; a mi amiga Carla, que tras dejar Nicaragua vive en un San Francisco donde la población hispana sigue convulsionada por los alardes de Trump, o de Kenia, que hace su labor periodística fuera de su país por la persecución real que ha implantado Bukele.
Los pongo junto al Belén. La idea me la pasó Cristina, navarra que vive en Bilbao, me mandó el belén de su casa integrado también por la foto de todos los que, de un modo u otro, como el turrón, vuelven a casa por Navidad. El Belén está quieto y tiene año tras año las mismas figuras que nos remiten a una historia de luz y vida en medio de desmanes. A esas figuras quietas, como Cristina, añado también las de compañeras y compañeros de misión y vida. Al ponerlos junto a María y a José, mirando el pesebre, les digo también “te quiero”, “te respeto” y, claro está, “también me pongo a tu servicio, al de esa causa de reconciliación que te arrastra”. Crisanto y Juan, Karla y Kenia, y junto a ellos los miles y miles de, como decía Francisco, “santos de la puerta de al lado”.
Así que junto al Belén, ese que ponemos al lado del árbol, junto a la flor de pascua o a un florecido y amarillo bejeque, voy poniendo más y más figuras quietas. Anda mi padre entre ellas, y con él mis abuelas, Juana y María, y sus esposos, que ya nos preceden en la Pascua. Los valles a los que cantamos en Lo Divino, están repoblados de gentes que, con sus más y sus menos, quisieron pasar haciendo el bien “sin mirar a quién” (que me decía el abuelo Juan “Canseco”). Con sus más y sus menos porque toda la ilusión y los buenos deseos con el que vuelvo a ponerme ante las figuras quietas del Belén no ocultan nuestros egoísmos, las injusticias, la violencia de las guerras, los asesinatos… No lo ocultan ni siquiera cuando el perdón nos llegó como regalo hace ya tanto tiempo.
Las raíces, en este nuestro tiempo, acelerado por bits e inteligencia artificial, son luz tenue que nos llega de un pasado que casi ignoramos, ilumina nuestro presente y nos proyecta a un futuro que nos viene, cómo no, siempre descontrolado. No son raíces puras. Son mestizas, algo paganas y a la vez cristianas. No son puros tampoco los cantos populares y los villancicos que, quizás con demasiada perfección, cantan nuestras rondallas. Al acabar la misa les digo que estoy agradecido por lo que hacen. Les digo cómo su canto es sabor de mi vida, alterada por la geografía, el tiempo y la humanidad de lugares remotos. Les hago saber cómo su sonido me ayuda a escuchar la Palabra, la que se pronunció hace dos mil años y se traduce cada día a contextos y vivencias diferentes.
Así que ahora, mientras me acerco a un Belén lleno de nombres y vida, voy tarareando, seguro que con cierto desafino, los villancicos de siempre y los nuevos, con el sonido de antes y el de ahora. Salgo contento, empujando la sillita de ruedas de mi madre, tras disfrutar de la Palabra y los cantos en esta humilde y casi clandestina misa de luz.
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