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Opinión
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Juan- Julio Fernández, arquitecto

Transparencia

  • A propósito del oscurantismo que ha habido con la estación de bombeo capitalina

El Consejero de Presidencia y Justicia del Gobierno de Canarias y vicesecretario del PSC-PSOE quiere sacar adelante una Ley de Transparencia que acabe con la falta de claridad de la política canaria. Comparto al cien por cien su proyecto y también su sospecha de que va a tropezar con "la resistencia de muchos políticos acostumbrados a una gestión opaca", empezando por la de muchos compañeros de su propio partido, porque aquí se salvan muy pocos -en todo el espectro político- de la práctica del oscurantismo.

Lo estamos viendo con la pretensión de colocar una estación de bombeo en la entrada a la ciudad de Santa Cruz de la Palma, tramitada en silencio y que al desvelarse, afortunadamente antes de que empezaran las obras, ha suscitado un rechazo generalizado de la ciudadanía que está obligando a los dirigentes del Ayuntamiento a dar la cara, aunque escudándose en el tópico de achacar a los de fuera lo que aquí no es de recibo y amparándose en organismos acéfalos, como en este caso pueden ser las Jefaturas de Costas o de Puertos o consultores de Madrid o Barcelona.

Y esto no vale. La ciudadanía -y más la del primer municipio que hizo valer en 1773 sus derechos oponiéndose a los regidores perpetuos para constituirse en el primer Ayuntamiento democrático de España- tiene derecho a que se pongan caras con nombres y apellidos a los responsables de tanta improvisación y tanto desvarío, que atentan al pasado, al presente y al futuro de una ciudad de la que podemos presumir en el Archipiélago y fuera de él y que deben responder de sus errores para subsanarlos o, si no saben o no pueden, dar paso a otros más capacitados para que encuentren soluciones aceptables.

Dos comentarios míos en estas mismas páginas -Irresponsabilidad y abuso y ¡Mudos, no!– me han hecho llegar y procurado información y comentarios que me dan pie para confirmar mi total acuerdo con el consejero Hernández Spínola y reclamar, con él, total transparencia, deseándole éxito y animándole a que no ceje en su empeño.

Ya se rumoreó en este último verano que la empresa que hace la obra en el litoral para la nueva playa amenazó con paralizarla porque en el proyecto no se daba solución al desvío de un emisario que sale de las proximidades de la Avenida de El Puente, lo que motivó que, al parecer, el Ayuntamiento y el Cabildo recabaran con urgencia una solución que, visto lo visto, se ha pretendido encontrar en el "mamotreto" -me abstengo de repetir el nombre fétido que le ha puesto el pueblo- en la rotonda del Muelle.

Si son solo rumores -que parece que no lo son-, la manera de acallarlos es contando la verdad e identificando a los responsables de la imprevisión. A lo que yo puedo recordar, en su día hubo un concurso de ideas que se adjudicó a unos arquitectos de cuya profesionalidad no dudo, aunque sí del conocimiento de la ciudad y la isla, del que salió el proyecto que se ejecuta en el litoral que, por la naturaleza de las obras, debe ser obra de ingenieros, funcionarios o no, que tienen nombres y apellidos y que tendrán que explicar si la solución arbitrada la dieron ellos motu proprio o por indicaciones venidas de arriba.

También habría que aclarar por qué los dirigentes locales recurren a Costas y Puertos para justificar la ubicación de la estación de bombeo en suelo urbano. ¿Es que acaso estas instancias tienen bulas para blindarse y salirse con las suyas y a la ciudad se le impide velar por el bienestar y comodidad de sus habitantes? ¿Están antes la costa y el puerto que la ciudad o forman un todo indisoluble con obligación de integrarse y coordinarse?

Que no se argumente ahora que de no alcanzarse un acuerdo, la economía de la ciudad -y puede que la de la isla- se irá al abismo, porque eso es lo que tienen que evitar los responsables políticos, negociando soluciones satisfactorias y viables sin detrimento ni merma de los recursos que no pueden negarse y que se le deben a la ciudadanía.

Y tendrán que justificar, asimismo, si las obras que se están haciendo, aparte de espectaculares, son las que la ciudad necesita o son una muestra más de megalomanía buscando titulares en los medios de comunicación o buscando medallas -aunque huelan a mierda- y abdicando de su obligación de resolver problemas y no crearlos, procurando la mejor calidad de vida para los ciudadanos a quienes, sobre el papel y en sus discursos, se las destinan. En resumen, ¡transparencia!

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