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Mis amigos venezolanos

Hay una parte de los venezolanos que odia a los cubanos. Nos culpan de las carencias que padecen. Nos señalan como la causa. Nos miran como si les hubiésemos contagiado la enfermedad de la pobreza, la enfermedad del no tener. La enfermedad del sistema que reparte todo: “el socialismo”.

Sé de este odio porque me lo han contado mis amigos venezolanos, los que ya no viven en su país y tratan de ayudar a los que se quedaron, los que viven para los que se quedaron, a los que el mundo ha adoptado, los que lograron irse porque tenían el dinero, la familia, el modo, la suerte. Los que sienten, los que lloran, los que huyen, los que aman. Muy parecida su historia a la nuestra. Muy parecidos sus miedos a los nuestros. Muy parecidas sus faltas a las nuestras.

Mis amigos venezolanos, no envían dinero a su familia porque pierden en el cambio de moneda. Mandan medicamentos, alimentos, ropa, zapato, esperanza. Envían un: “Nos vemos pronto”, un “Las cosas van a cambiar”, un “Vamos a regresar”, un “Reabriremos el negocio” o un “Dile a la abuela que espere”. Sus sueños también dependen de decisiones que no están en sus manos. De un momento en el tiempo que se extiende y no llega.

Mis amigos venezolanos adoran a Bolívar, saben una frase como lema, conocen su historia, los momentos buenos, los momentos malos, cuentan sobre tiempos de vacas gordas y tiempos de fincas vacías, casas cerradas, comida racionada. Nosotros adoramos a Martí y tenemos una libreta de abastecimiento para los alimentos.

Hay días en que comparten chistes de su país, recetas de tequeño o arepa y se sienten orgullosos de venir de donde vienen, de sus tradiciones, de sus raíces, de su país, que recibió hace mucho a otros emigrantes que fueron a hacer dinero a allá, así como Cuba, que también fue una vez destino de barcos cargados de isleños que regresaban o no, porque eran tierras con perspectiva, tierras de oportunidades, tierras de recursos, de posibilidades.

Entonces veo en ellos un espejo. Los siento hermanos y les hablo de nuestras faltas, de nuestros errores y de nuestro apóstol, les cuento un chiste cubano, les hablo del paquete que también voy a mandarle a mi familia, de la libreta de abastecimiento para los alimentos, de las vacas gordas que eran rusas y yo no lo viví y nos damos cuenta que al final somos muy parecidos.

Yo no creo en lo que dicen en las redes, de un lado ni del otro del asunto. No creo todo lo que leo. No creo en titulares, ni en esquemas, ni en gráficos, ni en fotos, todo eso puede mentir. Creo en las miradas desesperadas de mis amigos venezolanos, en su sonrisa detrás de un teléfono que vibra y trae noticias de su país, la que estaban esperando, creo en sus esperanzas de desempolvar los muebles de sus casas y abrir sus negocios y ver a la madre o a la abuela. Creo en ellos cuando me confían que si todo cambia, ellos vuelven.

 

Rosy Fernández Fernández, periodista cubana que actualmente vive en La Palma.

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