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Opinión
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Crónica de la emigración canaria a América

Publicamos el texto íntegro del mantenedor de la Fiesta de Arte de Los Llanos de Aridane, Primitivo Jerónimo.

La relación de Canarias con América, el contacto de las dos orillas, de alguna manera nos lleva poco después del propio episodio del descubrimiento de 1492. Y es que ya el Rey Carlos V, que había cedido la colonización de Venezuela a la familia Welser, de Alemania, reclutó, según escribe en 1723 el bogotano Oviedo y Baños en su famoso libro “Historia de la Conquista y Población de La Provincia de Venezuela”, doscientos hombres de Canarias, los primeros que encontró en aquellas islas, sin reparar que fueran de los bastos y groseros que suele producir aquel terreno.

La emigración canaria a América, abarcó a etapas y países diferentes, muchas veces producto del engaño como el que infringió el presidente Rafael Leónidas Trujillo a 300 canarios, entre ellos a 96 palmeros, que en 1955 viajaron en el desvencijado buque “España”, sin comida y a punto de naufragar hasta la República Dominicana para cumplir con un plan secreto y tenebroso del dictador Trujillo Molina que no era otro que la pretensión de blanqueo de la población dominicana. Emigrantes palmeros a Santo Domingo, en este período del despiadado dictador Rafael Leónidas Trujillo son los protagonistas de la interesante novela de D. Álvaro Taño Perera, de El Paso, titulada “Soldado de aquella Guerra”

Cuba y Venezuela, desde el Siglo XVI, en parte por la decisión de los gobiernos de los reyes españoles en poblar los territorios más empobrecidos y despoblados por miedo a la expansión inglesa, fueron los destinos preferentes al no haberse descubierto todavía vetas de minerales preciosos como sí lo habían hecho en otros lugares como Perú.  Fue el inicio de lo que se llamó el “tributo de sangre”:  una real cédula que en 1678 eximía del impuesto de avería a los navieros que trasladasen a cinco familias canarias de cinco miembros por cada cien toneladas de mercancías exportadas.

Un dato entrañable para esta ciudad de Los Llanos de Aridane en estos días en los que celebramos la Fiesta de La Patrona, es que 1697, los monjes capuchinos fundaron, cerca de Maracaibo, el pueblo de Nuestra Señora de Los Remedios, con cuarenta familias procedentes de Canarias.

Los isleños fueron colonizando, sembrando terrenos y fundando asentamientos por toda Venezuela. Pueblos como Galipán, Panaquire, San Antonio de Los Altos, Los Teques, Guarenas, Montalbán, Calabozo, El Hatillo o San Carlos de Cojedes fueron fundados por agricultores y pequeños comerciantes canarios.  El cacao se estaba consolidando como primer producto de exportación y la Corona española quiso controlar los ingresos de ese negocio expansivo. Para ello creó en 1728 la Compañía Guipuzcoana, Esta empresa vasca pasó a controlar como monopolio todo el comercio mercantil del cacao venezolano producido sobre todo por palmeros: imponía los precios, la compra de esclavos, fijaba los cupos y permitía las exportaciones.

El capitán Juan Francisco de León, que había nacido en El Hierro en 1692, fue uno de tantos canarios hacendados, teniente de gobernador y justicia mayor del valle de Panaquire, de buena reputación. Al manifestar el descontento por los excesos de La Guipuzcoana, es reemplazado en sus puestos por un empleado de ésta: Martín de Echevarría, que comienza incendiando algunos pequeños barcos y poblados de la zona de Barlovento acusando a sus propietarios de hacer con ellos acciones de contrabando.  El herreño marcha sobre Caracas con nueve mil hombres, la mayor parte de ellos procedentes de los valles de Aragua, Yaracuy, San Carlos y Guanare, que ya en ese momento eran poblaciones habitadas por muchos agricultores de origen palmero.

Juan Francisco De León fue apresado y repatriado junto a su familia. Murió en la cárcel de Cádiz tres años más tarde.

Un episodio éste, llamado “Revolución de los Canarios” del que se deduce la presencia secular de palmeros e isleños en Venezuela desde que fue colonizada y las dificultades para abrirse camino en un territorio complejo.

El gran movimiento migratorio de La Palma a Venezuela, no obstante, tiene lugar en la segunda mitad del Siglo XX, época en la que salieron desde esta Isla miles de agricultores con ese destino. En La Palma se vivía con algunas persecuciones políticas, prolongadas sequías, cartillas de racionamiento de la postguerra, trabajos campesinos escasamente remunerados… Ello obligaba a buscar destinos de futuro. Venezuela, ya tenía actividad económica en alza, ya era un país petrolero y con posibilidades.

Para salir de esa miseria estructural un   grupo de perseguidos políticos compró el velero “Emilio” que salió de Puntallana el 8 de agosto de 1946, con 14 personas a bordo. Después de 49 días de viaje y diversas penurias, recalaron en el puerto de Güiria, en el Oriente Venezolano. La noticia corrió por toda la Isla: había llegado el Emilio sin novedad a Venezuela. Sus pasajeros fueron trasladados a Caracas y dotados con pasaporte por la embajada de la República Española. Fue el primero de los viajes con éxito de la emigración clandestina de La Palma a Venezuela en veleros, que se mantuvo hasta 1956.

El palmero Javier Díaz Sicilia relató las vicisitudes de la emigración canaria en todos los veleros con detalle y rigor en el libro “Al Suroeste, La Libertad”, con seguridad, el mejor trabajo de investigación sobre este episodio histórico.

De La Palma, después del Emilio, el 1º de septiembre de 1948 zarpó con 51 personas a bordo el velero “San Miguel” que tardó 41 días en llegar a La Guaira. Durante el viaje, un duro temporal azotó al motovelero y amenazó con hundirlo.

El viaje del velero San Jorge se organizó en Santa Cruz de La Palma, de donde salió, con 27 personas a bordo, hacia San Sebastián de La Gomera con la intención de avituallarse. Cuando llegó a la playa de Ávalos, se encontraba en un estado tan deplorable, que tres hombres se ocupaban permanentemente de achicarlo. Todos coincidieron en la imposibilidad de continuar el viaje. El viejo velero quedó varado en la playa y sus protagonistas regresaron a La Palma.

Otro velero, llamado también San Jorge salió desde las costas de Fuencaliente el 26 de diciembre de 1949 con 151 personas a bordo. En la travesía invirtieron 46 días. Unos de los pasajeros, Eufemio Jiménez, de Todoque, me contaba cómo durante la travesía tuvo que beber agua del mar varios días como única forma de aliviar su sed y sobrevivir a la escasez de agua dulce.

De todos los barcos de la emigración clandestina, el que mayor número de personas trasladó a Venezuela fue el Nuevo Teide, con 286 pasajeros, la mayor parte de ellos, del Valle de Aridane. El 7 de abril de 1950 salió de Fuencaliente arribando a La Guaira el 6 de mayo, después de 29 días de viaje. Las autoridades venezolanas procedieron a su intervención, permaneciendo los pasajeros a bordo durante 12 días y luego puestos en libertad, aunque el patrón y la tripulación fueron repatriados. En el Nuevo Teide se embarcaron tres hermanos de mi madre que nos decía que no tuvo conocimientos de ellos hasta pasados tres meses: fue una constante la angustia de los familiares que se quedaban aquí ante los peligros de un viaje tan incierto. Uno de los viajeros del Nuevo Teide, Cirilo Leal, fue el padre del dramaturgo Cirilo Leal Mujica que relaciona parte de su ingenio creativo a este fenómeno de la emigración clandestina. Escribe Cirilo en el libro “Teatro, al encuentro de la Memoria Emigrante”, que “la experiencia de la emigración forma parte del acontecer de las Islas Canarias, está inscrito, registrado a sangre en su historia, en la llegada de sus primeros pobladores procedentes del norte de África, así como en las posteriores partidas de las Islas hacia el Nuevo Mundo y otras latitudes. La historia de la emigración es una larga y dolorosa experiencia que no puede caer en las redes del olvido y que necesita de su rescate, conocimiento y difusión para su mejor comprensión. Es fácil, dice Cirilo, caer en el rechazo, en la xenofobia, el racismo del otro, del que viene de fuera, especialmente de aquellos que sacrifican su vida en el mar, cuando somos pasto – aunque vivamos en la sociedad de la información- de la ignorancia y, por tanto, del juego de la demagogia”.

El viaje más corto de todo el proceso lo realizó la goleta Benahoare. Este barco, que había sido construido por Armando Yanes Carrillo tardó tan sólo 21 días. El 21 de abril de 1950 zarpó de las costas de Fuencaliente. Las autoridades venezolanas prohibieron su entrada y fue remolcado varias millas afuera. A la mañana siguiente, la Benahoare se presentó de nuevo ante La Guaira. Los 151 pasajeros fueron enviados a La Orchila durante 50 días y la tripulación devuelta a España e ingresada en prisión.

La pequeña Isla de La Orchila, uno de los lugares inhóspitos en los que las autoridades del golpe militar del 1948, recluían a los inmigrantes isleños, está situada a unos 160 km. de las costas venezolanas y estaba deshabitada en aquella época. Había sido utilizada para poner en cuarentena al ganado antes de su entrada al continente. El gobierno venezolano, surgido del Golpe de Estado de Delgado Chalbaud apresaba a los inmigrantes canarios y los recluía en esta Isla,  en La Guasina, otro islote dentro del  Delta del Orinoco,  o en las Colonias Móviles de El Dorado, tenebroso penal del estado Bolívar entre los ríos Cuyuní y  Yuruán

Conocido también como “el barco de Serrano”, el velero Delfina Noya zarpó de La Galga (Puntallana) el 20 de mayo de 1950 rumbo a Venezuela con 228 hombres a bordo. La duración del viaje fue de 35 días, navegando al Sur de Margarita y fondeando en Chirimena. Desembarcaron en La Guaira, donde el barco quedó intervenido por las autoridades venezolanas. La tripulación fue internada en El Dorado y los pasajeros quedaron a bordo con la prohibición de desembarcar, aunque poco a poco fueron abandonando el barco con la anuencia de la policía.

Un grupo de palmeros compró en Las Palmas el pesquero Doramas y contrató a la tripulación, compuesta por un padre y dos hijos, pescadores los tres. El 28 de julio de 1950 zarpó de las costas de Puntagorda con 130 pasajeros a bordo. La travesía duró 45 días. Entraron en La Guaira. Los tripulantes fueron enviados a El Dorado y los 127 pasajeros, todos agricultores, quedaron recluidos en La Orchila.

El pesquero “Rápido” fue comprado por un grupo de amigos en Santa Cruz de La Palma y desde Puntallana se hizo a la mar el 17 de agosto de 1950 con 36 personas a bordo, incluyendo cuatro tripulantes. Después de un viaje de 38 días, al llegar a La Guaira, sus integrantes también fueron recluidos en La Orchila durante 40 días.

Desde la Punta del Banco, en Fuencaliente, el 19 de agosto de 1950 zarpó el velero de dos palos Anita. A bordo embarcaron 119 personas. La duración del viaje fue de 46 días hasta La Guaira.  Después de varios días fondeados, un remolcador lo llevó a La Orchila. El patrón fue repatriado a España y los pasajeros llevados a un Central de Caña después de 48 días de internamiento. Uno de sus pasajeros, Saturnino Álvarez, de Breña Alta, nos contó cómo casi mueren de sed porque el agua que llevaban en un tanque de 17.000 litros se había vuelto putrefacta con los vaivenes del barco y tuvieron que deshacerse de ella.

Pero si hay un viaje absolutamente sorprendente es el que inició un vecino de esta ciudad, en concreto de La Laguna, llamado Ireno Lorenzo:  junto a tres compañeros se organizaron para viajar a América, pero no a Venezuela sino a Nicaragua porque decían que en esa época era un país de oportunidades. Consiguieron transportar por tierra y de noche, para no ser sorprendidos, un bote de seis metros destrozado y abandonado en el Puerto de Tazacorte, en el barranco de Las Angustias, y, una vez reparado, lo llevaron al embarcadero de La Bombilla y se hicieron a la mar el 13 de junio de 1956. Con una pequeña vela y sin conocimientos de náutica, las corrientes atlánticas los envió a Senegal y de allí a América… Llevaban sólo agua, gofio, una botella de Brandy Terry y una lata de leche condensada … por si alguien se enfermaba.  Temporales, calmas chichas sed y hambre durante casi cuatro meses los llevaron a la desembocadura del Amazonas en donde casi naufragan por las corrientes. El primer puerto en tocar tierra fue Georgetown, en Guyana, en el delta del Río Demerara. El espectáculo vivido por la población del Demerara, según nos comentó D. Ireno, fue de impacto susto al ver aparecer los lugareños a aquellos seres en un barco fantasma, casi con harapos, con barbas y pelo de cuatro meses, esqueléticos del hambre y la sed…  Sólo un pastor evangélico, nos decía D. Ireno, perdió el miedo y se acercó a socorrerlos… le dieron el único tesoro que les quedaba: la botella de Brandy Terry… No llegaron a Nicaragua sino a Güiria, en la península venezolana de Paria. Un año más tarde regresó a La Palma.

Hubo palmeros que embarcaron en otros veleros que no partieron de esta Isla como “El Elvira” “el Juan Manuel” o el “María Eugenia”. En este último navegó Gaudelio González, también de Las Manchas   que nos contó cómo resistieron un enorme temporal, amarrándose los pasajeros y tripulantes al palo mayor, toneles y lo que encontraban para no ser expulsados por las olas. También fueron confinados en la Isla de la Orchila.

El historiador José Miguel Pérez García escribió que “También hubo pateras y precariedad en Canarias. Salidas y tráfico ilegal. Muchos viven aún para dar testimonio dramático de las experiencias que conocieron en las más cercanas décadas de los cuarenta y cincuenta. Embutidos en falúas y lanchones de apenas 12 metros partían hacia el incierto destino que esperaba tras una dura y larga travesía oceánica. También hubo allí campos de internamiento y gente durmiendo en los parques con la esperanza de que cambiara su suerte”.

A partir de 1952 se autorizó por el Gobierno Español la emigración legal a Venezuela. Barcos como el ”Franca C”, Anna C, Begoña, “Santa María”… estuvieron aportando inmigrantes canarios a Venezuela en los años 60 y 70 y por avión hasta finales de siglo. Desde 1948 a 1986, unos 35.000 palmeros se embarcaron hasta allá con billete sólo de ida. Muchos no volvieron. La mayoría, un dato que a veces no valoramos, fracasó en ese intento de nuevo proyecto de vida.  Las Viudas Blancas, identificadas en el documental de Ana Pérez, Dailo Barco y Estrella Monterrey, son mujeres de triple fracaso, maridos que se fueron para no volver, miseria y  postergación social. Con la denominación de una calle que el Ayuntamiento de esta Ciudad , en un gesto honorable, aprobó hace unos días, se reconoce la labor silenciosa y dolorosa de estas mujeres que tuvieron que sacar a su familia adelante en condiciones tan adversas. Hace ya más de 15 años que nadie emigra a la Venezuela de las “revoluciones bonitas”. La Historia muchas veces es cruel con los destinos de los pueblos. Hoy, el efecto de errores políticos de dimensiones colosales, han conducido a que el país más rico del Planeta, esté viviendo una emigración masiva. Muchos son los venezolanos que también llegan a esta tierra, huyendo de la miseria económica y social en la que han metido a aquel país. Desde esta Isla, con rigor histórico, deberíamos entender el regreso de nietos y bisnietos de palmeros a un reencuentro que pareciera planificado por el destino.

El ilustre paisano Benigno Carballo Wangüemert escribía a mediados del S.XIX en su célebre libro descriptivo de “Las Afortunadas” que ”Cuba y La Habana son una especie de patria para los palmeros. La emigración de hijos de las Canarias que anualmente salen para aquellos puntos se compone en su mayor parte de hijos de La Palma y en esta Isla se construyen casi todos los buques que mantienen el movimiento entre aquella Antilla y el archipiélago canario. Son raras las familias, particularmente en las clases menos acomodadas, que no tengan en Cuba hijos, hermanos , esposos, padres o parientes. En Los Llanos, apenas cumplen la edad de los catorce o dieciséis años, una gran parte de los jóvenes marchan a Cuba, y aunque a la vuelta de algún tiempo retornan muchos, su número es siempre inferior al de los que salieron. Algunos que no han mejorado su fortuna, no quieren retornar pobres al país natal. Dice Wangüemert  que “ en todos no se aparta un instante la idea del retorno, pues fuera de La Palma, el palmero suspira siempre por su patria. El palmero, en Cuba, cuando reside allí, la mitad de su alma vive en él; la otra mitad está en La Palma”.

Cabaiguán fue una especie de capital palmera en Cuba. Actualmente tiene una población de unos 65.000 habitantes y se considera que el 85º de su población desciende de habitantes de esta Isla.  Visitamos aquella  ciudad entrañable del tabaco y la caña  en 1993 y puedo asegurar que en las plazas y calles que nos encontrábamos, casi todas las personas de mayor edad eran nacidas en La Palma. Conocí allá a  Arnaldo, de Santa Cruz de la Palma,  que, casualidades ingratas de la vida,  intentó en 1959 entrar a Venezuela. No lo pudo hacer porque el Gobierno de Rómulo Bethencourt  prohibía, en aquella época,  la llegada de inmigrantes españoles, por razones de tipo político. Decidió quedarse en  Cuba, en donde hacía escala el buque para no perder el viaje. Unos meses después se quedó encerrado en la Revolución. Jamás pudo regresar a La Palma.  Trabajaba de tipógrafo en Diario de Avisos, cuando se editaba en Santa Cruz de La Palma. Algunos ejemplares del periódico se llevó para Cuba. Los mantenía exquisitamente cuidados: era su único vínculo con su Isla y su pasado isleño.

Para Cabaiguán emigró Galileo Hernández Viña, que nació aquí en Los Llanos, en La Placeta . Era un hombre taciturno, campesino y barbero en La Palma y en Cabaiguán. Autodidacta, de carácter fuerte, llegó a Cuba con dieciséis años en 1955, vivió el proceso revolucionario, se  formó en sus doctrinas y consideraba a Fidel como un hombre de principios y forjador de la lucha contra las injusticias sociales, para él , único en el Mundo. Sin embargo, le cambiaba su voz, se le aguaban sus ojos cuando hablaba de La Palma y, sobre todo de Los Llanos. Me decía que su último deseo de vida  era sentarse cinco minutos , antes de morir, en la Acera Ancha, que pasaba por aquí, frente al Casino.  Decía que por mucho que hubiera cambiado Los Llanos, ese lugar, La Acera Ancha, estaría allí, o por lo menos los edificios que la rodeaban. Galileo no pudo cumplir su sueño de cinco minutos.

El historiador cubano Ramiro Manuel García afirma  que “la inmigración canaria fue el desplazamiento más popular y de mayor arraigo que ha existido de España en Cuba en toda su historia”.

Y es que en el siglo XIX y en la primera mitad del XX, Cuba continuaba como el país elegido para emigrar desde Canarias. Palmeros deseosos de que América les diera una oportunidad para mejorar sus condiciones económicas abarrotaban el bergantín “La Verdad” y la goletas “La Fama” y “El Triunfo” en la carrera hacia La Habana.

Poco después, el tránsito entre Europa y América se extendió cuantitativamente y los barcos que salían de La Pénínsula  hacían escalas en los puertos canarios para recoger a emigrantes.

El Valbanera,  al mando del Capitán Ramón Martín Cordero, zarpó de Barcelona el 10 de agosto de 1919.  En Las Palmas embarcaron 259 emigrantes, 212 en Tenerife y 106 en La Palma. Tras hacer escala en San Juan de Puerto Rico, el Valbanera llegó a Santiago de Cuba en donde desembarcan  742 pasajeros. El mismo día 5 zarpa hacia La Habana con sólo 488 personas a bordo.

El día 9 por la noche, los vigías del Castillo del Morro, a la entrada del puerto de La Habana, distinguieron en medio del viento huracanado, las luces del Valbanera. El capitán indicó por medio de señales del sistema morse, que intentaría capear el temporal en alta mar hasta que amainara. La nave naufragó  el 10 de septiembre, notablemente alejada de su ruta, cerca de Rebecca Shoals, en la costa de Florida. No volvió a haber noticias del barco ni hubo supervivientes.  Las informaciones sobre el naufragio del Valbanera llegaban con cuentagotas desde Cuba y la angustia de los familiares en La Palma  se prolongó durante meses.

El naufragio del Valbanera y la emigración clandestina de los veleros son los dos epígrafes más duros de la emigración canaria a América. Familias rotas, dolor inmenso, siempre en las capas sociales más vulnerables.

Hoy, el fenómeno migratorio es mucho más severo y cruel: embarcaciones frágiles que surcan mares de mafias, trenes que llevan a adolescentes centroamericanos a terribles asesinatos y comercio de esclavos, desarraigo social y xenofobia en países receptores. En Europa ya viven 25 millones de inmigrantes y se prevén grandes migraciones desde África, Asia y América del Sur hacia países ricos.  Para la ONU, el continente africano representará más de la mitad del crecimiento poblacional del Planeta, llegando a ser en 2050, el 25% del total de la población mundial. Esperemos que entre todos hagamos un esfuerzo más para entendernos en el futuro inmediato. El ilustre palmero, catedrático de Historia de América de la ULL ,Manuel de Paz, recogió unas versos en Tijarafe compuestos por una madre que tenía a su hijo en Cuba,  a principios del S.XX, que, para concluir, me parecen muy elocuentes para ilustrar este drama humano.

El alma tengo partida

porque es mucha mi aflicción,

hijo de mi corazón,

desde de tu despedida

en mi corazón se anida

el sentimiento de verte

porque creo que la muerte

me lleve sin verte a ti

Ay! Jesús, triste de mí.

Qué desconsuelo tan fuerte.

 

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