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Sobran pines y etiquetas

Jonathan Felipe.

Desde la Guerra Fría de mediados del pasado siglo, muchos sociólogos vaticinaban que el futuro del mundo estaría frustrado por el choque de civilizaciones, que representaría el deseo de luchar por diferenciarnos en la cultura y en la religión.

Y en este país, desde una época, en que por suerte no recuerdo, lo hemos llevado al extremo de diferenciarnos, no sólo dentro de una misma civilización, sino dentro de un mismo territorio, que si bien ahora es más plural y más multicultural que entonces, se caracteriza por ser un territorio homogéneo y que cumple estrictamente con la primera acepción de la RAE, y con la segunda, del término nación. Unos en un extremo y otros en otro han sido cooperadores necesarios en que sigamos en el territorio de los bandos.

Es verdad que la Historia tuvo un momento grato, y !menos mal!, representado en la España del consenso donde vio la luz la Constitución y donde se estableció primero, en el apartado segundo del artículo 27, el objeto de la educación: “siendo el desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”, y en el apartado 3: “Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”.

Ponerte un pin, una etiqueta o una camiseta con una leyenda no es necesario, ni suficiente para reclamar la existencia de un artículo de la Constitución. Pero es un criterio propio de los que quieren seguir anclados en la diferenciación, en la voluntad de una sociedad separada y no unida en temas de Estado. Posiblemente la mayor enfermedad que padece España es el sentido de Estado.

Nací cuando la Constitución aún cursaba preescolar. Desde que tuve oportunidad de conocerla, me dijo el sentido común que sus padres no quisieron adoctrinarla, sino que la formaron en el respeto a todos, independientemente de su raza, religión o razón social. Quizás por eso, y porque orgullosamente me siento hijo biológico de los padres que me educaron, e hijo de la democracia emanada de la confluencia de todos, es por lo que humildemente creo que lo que sobran son pines y escudos que etiqueten a nuestros hijos, y nosotros, que somos “granditos”, tenemos que asumir que hemos fracasado en grandes pactos como es el gran pacto por la Educación.

Lo que marcará el futuro de nuestros hijos es generar un marco de respeto con normalidad hacia las diferencias, donde entendamos que hay cosas que están por encima de nuestra ideología, y que no sólo estamos obligados a convivir por razón natural, sino que por razón sociológica tenemos el deber de buscar un marco de convivencia con escrupuloso respeto hacia los demás, que nos exige obligaciones para fomentar la solidaridad, el cuidado del Medio Ambiente, o la obligatoria búsqueda de la igualdad real. Esto no será posible si no aprovechamos las herramientas que la Educación nos ofrece para conseguir una sociedad más libre, más igualitaria y más justa.

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