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Opinión
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Nueva mortalidad

José Vicente González Bethencourt.

Una de las situaciones más dramáticas a las que han tenido que enfrentarse los pacientes de la pandemia COVID-19 (coronavirus disease 2019 o coronavirus enfermedad 2019) ha sido ser conscientes de que fallecerían en soledad, sin familiares y amigos que pudieran acompañarlos cogiéndoles de la mano en los momentos de un trance definitivo tan brutal como pasar de la vida a la muerte, falleciendo los enfermos sin el consuelo presencial de sus seres queridos, y estos sufriendo la dolorosa incapacidad de no poder acompañarlos y abrazarlos en la intimidad, ni tampoco de sentir apoyo de otras personas en ceremonias de acuerdo con sus creencias sin los consuelos mutuos de abrazos y gestos de cariño, porque el coronavirus ha anulado los funerales tradicionales.

Una experiencia que con todo realismo han trasladado medios audiovisuales, viendo a una enfermera cogiendo de la mano a un paciente mientras éste se despedía de sus familiares a través de un teléfono móvil, cuando los fallecimientos habituales solían producirse en un centro sanitario en compañía de sus familiares más queridos, o en sus propios domicilios si se decidía que en ellos pasen acompañados los últimos momentos de sus vidas con una medicación paliativa.

Abandonar este mundo es una situación excepcional que históricamente nunca se ha hecho a solas, y en la Edad Media, por ejemplo, los vecinos acudían a la casa del moribundo para acompañarlo a él y a sus familiares, al tiempo que el sacerdote confesaba los pecados, administraba los últimos sacramentos y procedía a la extremaunción, siendo uno de las objetivos del médico curarse en salud al poner en manos de Dios y no de las de él la posibilidad de una curación, incluso junto al paciente estaba el notario que daba fe de sus últimas voluntades.

En el caso de la pandemia que ahora, como nunca, amenaza a toda la población mundial, a todo el planeta, poco se pensó en la trascendencia que tendría la notificación el 31 de diciembre de 2019 de la Comisión Municipal de Salud de Wuhan, en China, de varios casos de neumonía causados por un nuevo coronavirus (SARS-CoV-2) en el ámbito del mercado mayorista de mariscos, cuya secuencia genética se dio a conocer poco después, el 12 de enero de 2020, detectándose a los pocos días los primeros casos fuera de China, y el 30 de enero la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que se trataba de una emergencia sanitaria de importancia internacional con 7818 casos confirmados en todo el mundo, a mitad de febrero se da en Italia el primer brote europeo, el 11 de marzo se declara el estado de pandemia global, y España decreta la alarma el 14 de marzo. Hoy, ocho meses después de lo que comenzó como una epidemia, los contagios “oficiales” afectan a 26 millones de personas en el mundo y 858.000 los fallecidos por la Covid-19, aunque realmente son muchos más.

Ante esta tragedia sin precedentes, se buscan paralelismos históricos para aprender del pasado, y la pandemia de gripe de 1918-1919 es el referente más citado por ocasionar millones de afectados, así como también concitó interés la pandemia de peste negra de 1347 a 1353, mientras a otras más recientes no se le ha prestado tanta atención, como la gripe asiática (1957-1958) o la gripe de Hong-Kong (1969), a pesar de que causaron millones de muertos. En este contexto recomiendo un libro disponible gratuitamente en internet, https://sehm.es/wp-content/uploads/2020/08/Cuarenta-historias-para-una-Cuarentena.pdf, en el que colaboran, entre otros, dos prestigiosos profesores de la Universidad de La Laguna, Luis Miguel Pino Campos y Justo Hernández González.

Mientras tanto, seguimos malviviendo días de auténtico esperpento sometidos a las noticias del número de contagios, ingresos y fallecimientos por la Covid-19 en el mundo y en Canarias, junto con otras relacionadas con la presión económica y social y una brusca desescalada, celebraciones multitudinarias, escasa actuación policial disuasoria, descuidos en la distancia interpersonal y en el uso de mascarillas, muchas personas creyendo que esto no va con ellas, a su vez manifestantes contrarios a las mascarillas demandando atención médica contra su coronavirus, y junto con lo que se ha llamado nueva normalidad, una nueva mortalidad en la soledad.

*Doctor en Medicina y Cirugía

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