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De dioses y de hombres

Lucas López.

En el año 2010, Xavier Bouvois dirigió la película De dioses y hombres en la que narraba los avatares vividos en el monasterio de Santa María del Atlas, en Tibhirine, Argelia, durante la década de los noventa. Culmina con el asesinato de siete miembros de la comunidad a manos de los contendientes en la guerra civil. Una de las escenas muestra al más anciano de la comunidad, el Hno. Luc Docher, médico, de visita en una de las casas del pueblo y en diálogo con la familia que les aprecia de corazón. Les cuenta que, ante las amenazas crecientes, algunos consideran la conveniencia de echar a volar: “Somos pajarillos en una rama”, les dice. La señora mayor de la familia, que trabaja la lana mientras escucha atentamente, cierra la conversación con una afirmación que se cuela en el corazón del religioso: “Ustedes son la rama, nosotros somos los pajarillos”. En este diálogo, quiero leer dos modos de situarnos ante la trascendencia de la realidad. El monje, posteriormente ejecutado, apuntaba al misterio de Dios y saboreaba la fragilidad humana. La mujer musulmana, su amiga, señalaba al testimonio humano como camino hacia Dios. El monje sentía que en el misterio de Dios cabe nuestra propia labilidad. La señora afirmaba que no hay experiencia de Dios sin la mediación humana.

El lenguaje sobre Dios es un empeño de la humanidad que tiene capítulo propio en Occidente y su tradición cristiana. Reaparecen las dos perspectivas: en la una, Él es la rama que permanece y acoge a los pajarillos que en ella nos posamos durante un breve tiempo incapaces de entender su naturaleza; en la otra, los humanos somos el testimonio firme que pronuncia Su Nombre para que otras personas se cobijen bajo ese misterio de luz. En la primera, el Misterio lo abarca todo y nos cabe exclusivamente la admiración y la adoración. En la segunda, la fe nos empuja hacia un esfuerzo de comprensión y explicación humana que siempre será limitado. Por supuesto, como casi todo en nuestra cultura, ninguna de las dos perspectivas es pura ni se formula sin dialogar con la otra. Pienso que los teólogos Karl Rahner SJ y de Hans Urs von Balthasar, dentro de un catolicismo plural, renuevan el lenguaje de Dios dejando atrás las fórmulas neoescolásticas: el primero subraya una mirada humana hacia Dios y, el segundo, se centra en una mirada divina que interviene en la historia y sobrecoge toda la creación.

Rahner y Balthasar, ambos ligados a orígenes ignacianos jesuitas, aparecen en cierta narrativa como los protagonistas de una de las más interesantes polémicas intelectuales del siglo XX. Sobre su interlocución escribió un interesante artículo Fernando Berrios, de la Universidad Católica de Chile. Sin embargo, con la excepción de algún sarcasmo de Balthasar, parece que ambos se respetaron y admiraron profundamente y acabaron al margen de debates y polémicas. De hecho, mantuvieron una misma aspiración: hacer un lenguaje sobre Dios entendible en el marco del pensamiento contemporáneo. No obstante, usaron instrumentos diferentes y marcaron dos líneas: Rahner se inspiró en la filosofía crítica de tradición kantiana y se preocupó por nuestra capacidad de conocer, capacidad que no deja de ser don, gracia; Balthasar quizás se apoya más en la fenomenología que tiene por lema “volver a las cosas” y nos invita a una más pasiva toma de conciencia, desconfiando de nuestra intervención cognitiva. Rahner, por tanto, investiga la gracia permanente por la que el ser humano se abre hacia Dios; Balthasar se centra en la conciencia del evento de Dios que se dona en la historia y se manifiesta en el Cristo (la Encarnación). Balthasar pone el acento en la pura donación divina que irrumpe en la historia. Rahner subraya la capacidad humana de abrirse a la realidad y al Dios que la habita. Los dos teólogos católicos y cristianos coinciden en el Cristo, pero quizás lo hacen desde dos perspectivas que bien pueden ser complementarias. Son dos actitudes para con el misterio y la divinidad que nos siguen desafiando hoy.

También, como sucedió con los hermanos de Tibherine, en Santa María del Atlas, vivimos tiempos de crisis y nos sentimos amenazados por el Sars Cov 2 y sus consecuencias socioeconómicas: la pobreza, la soledad y la muerte. Con los límites humanos puestos en evidencia, estos tiempos de Covid no excluyen, sin embargo, nuestro esfuerzo por derrotarlo con nuestros medios: la razón, la inteligencia, la investigación, la ciencia, los comportamientos y las políticas sociales y de seguridad; quizás, con Rahner, nuestra fe cristocéntrica nos lleva a vivir el misterio de Dios encarnado en nuestra realidad actual y trabajando desde nuestras potencias que son siempre gracia recibida: nos sentimos la rama que da cobijo a los pajarillos que revolotean. En ese sentido, todo esfuerzo por comprender la enfermedad y combatir sus síntomas y propagación, son un esfuerzo que responde al sentido teologal del cristianismo. Quizás, con Balthasar, el drama del Cristo, el de la cruz y la resurrección, se despliega en nuestra historia y también nos incluye a quienes afrontamos las cruces (la Covid también) del siglo XXI sin que nuestras capacidades humanas alcancen para dar razón del misterio: nos sentimos los pajarillos que revolotean sobre la rama. Por tanto, todo acompañamiento y cuidado de quienes viven la enfermedad para que doten a lo que les sucede de una espiritualidad y un sentido trascendente es también una actitud cristiana y teológicamente apropiada. Balthasar y Rahner, ambos, nos ayudan a dotar de sentido teológico a las fracturas del tiempo presente, ambos lo hacen desde una fe que no desprecia el lenguaje del saber actual.

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