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Opinión
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Un palmero centenario

En memoria de Cornelio Francisco Martín

*Tijarafe, La Palma, Islas Canarias 16/08/1920

+Cagua, Aragua, Venezuela 09/08/1998

 

La vida es una noria que no para de girar. Llegué a La Palma, al pueblo que hace exactamente 100 años vio nacer a mi padre y cuyas calles parecen retener aún los ecos de la guerra, la alegría por la llegada de la democracia. Si se aguza el oído se escuchan por las esquinas las risas de agricultores y artesanos, la algarabía de sus fiestas veraniegas y me palpita el corazón al sentirme abrazada por el mismo cielo que ha cobijado a este amado terruño.

Aquí nació mi padre y según todos los documentos, Cornelio vino al mundo el 16 de agosto de 1920. Siempre dijo que era un error y celebraba su cumpleaños el 16 de septiembre. Su número de la suerte el 169 y su signo virgo, decía.

Lo cierto es que, con motivo de los 100 años de su natalicio, celebro ambas fechas, pues bien, que lo merece. Empiezo en Tijarafe honrando su vida digna y su memoria.

El primogénito del matrimonio entre Antonio Francisco Castro y Evarista Martín Martín, abrió sus grandes ojos verdes en la casa de la abuela materna, Amalia Martín Rodríguez, viuda de Agustín Martín Pérez. Allí en el Pazo de la Punta de Tijarafe, en La Palma, Islas Canarias, vivió años antes de mudarse a Barlovento.

La familia por parte de padre, también de Tijarafe, vivían en el Pazo del Jesús al cuidado de la abuela, Antonia Francisco Castro.

Cornelio Francisco Martín, mi padre y de mi hermano Alberto, vivió entre una educación básica, el trabajo de la tierra y el pequeño comercio de alimentos. Tuvo tres hermanos Juana, Damián y Margarita.

Como familia y españoles, vivieron momentos muy difíciles. Las guerras, la mala situación económica y la emigración los marcaron y separaron. Su padre viajó a Cuba y regresó. Él se fue a Venezuela. Su madre murió.

El cuartel en 1939 aunque le arrebató parte de su juventud, le enseñó a ser hombre. Allí empezó a fumar y aprendió a cocinar. En la milicia la cocina era un buen lugar y lo aislaba de la crueldad del combate; y la disciplina militar le sirvió para asumir como hermano mayor, las riendas de la casa. Como distensión, algunos momentos de diversión con los amigos, chicas y primos en las fiestas de verano en todos los pueblos palmeros.

A sus 30 años, la mala situación le pisaba los talones y se sentía acorralado por los horrores de la dictadura de Francisco Franco. Decidió emigrar, como cientos de miles lo hicieron. Logró viajar a Venezuela con pasaporte y toda legalidad, durante un mes en la barriga de un barco, abrazado a una maleta de madera llena de ilusiones y sus cosas personales, algunas fotografías. El sello de la Dirección de Extranjeros asienta que ingresó al pujante país caribeño por La Guaira el 27 de julio de 1951 en calidad de Inmigrante, condición que luego pasó a ser de Residente, pero siempre como Extranjero, nunca se desprendió de su nacionalidad española.

Ya en Venezuela, la tierra prometida en esa dura época de los años 50, debía ubicar a los contactos para garantizarse el alojamiento y puesto de trabajo. No fue fácil pero el pensar en ayudar a los que quedaban atrás le daba esa fuerza necesaria para enfrentar los obstáculos de llegar a otro país a empezar de cero.

De trabajar largas jornadas en almacenes a una alfarería, hasta llegar a ser bodeguero, repartidor de hielo y ser dueño de su propio negocio, pasaron muchas cosas y entre ellas, llegó el amor y la familia.

Mi mamá llegó, también al puerto de La Guaira, el 7 de octubre del 52, como Transeúnte. Resultó que no se llamaba Onelia, sino Balbina Concepción Concepción, según los documentos que le dieron en el Registro para sacar el pasaporte. Al parecer fue su madrina la responsable del cambio de nombre, no le parecía Balbina apropiado para una niña.

Este paréntesis se abre porque la que sería mi mamá, ocho años menor, se convirtió en protagonista de la vida de Cornelio en aquella Caracas pujante y organizada, pero bajo la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

Fueron años de trabajo y de enviar dinero a Canarias, hasta que decidieron dejar de ser solo vecinos conocidos a hacerse novios y planificar un futuro juntos. Vamos a casarnos, dijo él. Vamos a casarnos, respondió ella. Era momento de dejar a la familia Granier Haydon y el cuidado del niño Marcel y sus hermanos.

La boda se celebró el 11 de octubre de 1956 ante el sacerdote Alejandro Rodríguez en la iglesia Nuestra Señora de la Encarnación de El Valle, ante pocos amigos y familiares, entre ellos los padrinos Nicolás y Tiburcia Martín. No hay registro fotográfico, lamentaba mi mamá. Ese día no llegó el fotógrafo, días después volvieron a vestirse y fueron a un estudio, el rollo se veló. No hubo fotos. Lo dejaron así.

En esa barriada caraqueña se establecieron para vivir y regentar la Bodega Canarias en Las Mayas. Al año siguiente nació el primogénito, Alberto, el 12 de noviembre de 1957, en la Maternidad Concepción Palacios. Ya eran una familia. No había planes de regresar a Canarias. El 23 de enero de 1958 el que se iba era Pérez Jiménez, derrocado. El país iniciaba la ruta hacia la democracia.

En el año 63 la economía familiar permitió regresar a La Palma. Cornelio y Balbina en un barco mucho más moderno que hizo escala en paradisiacas islas del Caribe, se reencontraban con sus padres y demás familiares, presentaron a Albertito. Hubo fiesta, mataron un cochino y bebieron vino. Es algo que le envidio a mi hermano, yo solo conocí a mi abuelo paterno porque vivió una temporada con nosotros en Venezuela.

Años después le llegó una buena oportunidad laboral en la Fábrica de Hielo Caribe y la mudanza a Chacao, mi mamá que había heredado la máquina de coser de mi abuela María pudo trabajar desde casa y luego de superar la pérdida de un segundo embarazo, llegué yo en 1966. Me esperaban el 12 de octubre así que me llamarían Pilar. Señora váyase a su casa le dijeron en la maternidad. Balbina decidió esperar allí sentada y a las 7 de la mañana del 13 me parió. El nombre sería otro, el de una india que había visto en una historia de televisión, creo que le sonaba a guanche (canario).

Cornelio fue a conocerme, lo nuestro fue amor a primera vista, era padre por segunda vez y ya tenían la parejita.

El día del terremoto de Caracas, el 29 de julio de 1967, ellos estaban juntos haciendo reparto de hielo por Altamira, una de las zonas más afectadas, contaba como sentía el movimiento de las calles y vieron desplomarse edificios. Su preocupación era llegar a casa para vernos a mi mamá y a mí.

En 1970 mi tío Damián que ya le había dejado el abasto a Gervasio y tenía una finca de cambures (plátanos) en Palo Negro y Santa Cruz, estado Aragua, le avisó a su hermano mayor que estaban vendiendo un negocio en Cagua. La compra se concretó.

Allí llegamos, era un pueblo tranquilo y el negocio tenía muy buena clientela. El Café y Heladería Verbano, en la avenida Bolívar, frente a la Plaza Sucre y diagonal a la Iglesia San José, pronto ofrecía el mejor café y los mejores helados con el sello de Cornelio, había sellado de 5 y 6 (jugada de apuestas hípicas) así que se trabajaba desde muy temprano y se cerraba muy tarde. Luego del período de adaptación de la familia, él decretó que había llegado para quedarse. Y así fue, allí falleció 28 años después, a sus 77 años, al salir de la fiesta de la Virgen de La Candelaria. Ese día comió y disfrutó como si estuviera en Canarias.

Como comerciante trabajó demasiado y eso le permitió mantener a su familia con honestidad, sin lujos, con educación y con lo necesario. Luego de 14 años en casas alquiladas compró casa, sin préstamos porque no le gustaba, decía que había que ahorrar y no deberle a nadie.

En 1979 me regaló el verano de mi vida, estuvimos 45 días en La Palma, conocí a toda la familia y disfruté las fiestas de todos los pueblos incluida la Danza del Diablo en Tijarafe. Me enamoré de la Isla Bonita.

Fue un esposo amoroso, fiel y ejemplar hasta el día de su muerte, excelente padre, consejero y amigo. Fue abuelo enamorado de mi hija mayor Mariana y conoció Paraguaná, gracias a mi esposo Franklin.

Hijo de La Palma, hijo de Cagua que el próximo noviembre será cuatricentenaria, allí sigue su legado a través de Alberto y mis sobrinos Luzmary y Jesús Alberto. Está en los ojos de mi hija Fabiana y en la fuerza de Luciana. Hoy celebramos su nacimiento, su cumpleaños. Hoy celebramos la vuelta a las raíces.

 

Tibisay Francisco Concepción

Periodista

Madrid, septiembre de 2020

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