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Opinión
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Pan y rosas

Lucas López.

En 1965, en la sede de Naciones Unidas, Pablo VI se dirigió a la Asamblea General como miembro de una organización de larga historia (“somos de antigua tradición”). Al preguntarse qué podría aportar la catolicidad en la construcción de la paz, Pablo VI señala: “la Iglesia es experta en humanidad”. Vemos dos significados a la expresión: primero, la experticia de la Iglesia es el Cristo, al que vive como plenitud de la humanidad; segundo, dos mil años de historia hacen de la Iglesia una organización sabia en la concreción limitada de lo humano. Ambas interpretaciones tienen algo en común: la experticia en humanidad es don recibido que requiere siempre una mirada respetuosa a la tradición. Así que no siempre se siente cómoda con nuevas formulaciones.

Aquel mismo año de 1965, en febrero, comenzaba a emitir Radio ECCA sus lecciones radiofónicas. La primera alumna se llamaba Estrella Álvarez, una mujer que, con otras, protagoniza una vida, la de la emisora cultural, que en buena medida se puede decir que es una historia de mujeres, una historia de liberación. Ciertamente, la revuelta de las mujeres había empezado mucho antes y, probablemente, con poco eco eclesial. Así que la expresión de Pablo VI, esa de que la Iglesia es experta en humanidad, ¿tiene sentido para una mujer del siglo XXI?

La biblista Aleixandre presentaba en Vida Nueva el libro de Lucía Ramón, “Queremos el pan y las rosas”, haciendo referencia al tonillo burlón de algunos periodistas que se tomaban a sorna una guía de la Junta de Andalucía sobre ecofeminismo. Pensaba Aleixandre que cambiarían de opinión si leyeran el libro de Lucía: “tan serio, inteligente y documentado”. Conocí a Lucía Ramón a mitad de la primera década del siglo, de la mano del Centro Loyola de Canarias, durante una serie de conferencias por nuestras islas sobre la pregunta: ¿para qué querría la Iglesia un nuevo concilio? Recuerdo que sostuvo una conversación con buena parte de los participantes en torno a esta afirmación: “No quiero un nuevo concilio en el que no puedan participar también las mujeres”. Luego, gracias a los programas de Diálogos de Medianoche, en ECCA, continuamos profundizando en nuestra amistad y tuve la suerte de seguir su trabajo y su pensamiento. En el libro “Queremos el pan y las rosas”, publicado en 2014, la profesora Ramón, colaboradora del centro Cristianismo y Justicia, nos habla de la importancia del cristianismo en la lucha por la emancipación de las mujeres.

Muy resumidamente, Lucía Ramón aborda la temática con la metodología del ver, juzgar y actuar: parte de la contundencia de los datos sobre la violencia contra las mujeres, lo analiza con una mirada crítica, cristiana y multidisciplinar en la que muestra el modelo de relaciones de nuestra sociedad y, finalmente, recorre diferentes alternativas para caminar hacia una trasformación de la cultura, la política, la eclesialidad. Se afianza con su lectura la necesidad de que a la “justicia del pan” (redistribución económica), acompañe una “justicia de las rosas” (reconocimiento social, creatividad, espiritualidad, dignidad). Lucía Ramón se sitúa como actora y cronista de una historia de mujeres cristianas. Es, por ejemplo, muy interesante situar en el marco del sufragismo del siglo XIX el trabajo de Elizabeth Cady Stanton, promotora de la Biblia de las Mujeres, una lectura de los textos sagrados desde una mirada feminista: ¿cuándo y por qué aparecen las mujeres en la Biblia? ¿Cuándo y por qué no se las menciona? En el fondo, la sospecha del feminismo cristiano es que se ha usado a Dios para potenciar una cultura patriarcal, discriminatoria de las mujeres y que, sin embargo, esa discriminación no es palabra de Dios, sino palabra humana.

En entrevista publicada en la revista de la HOAC, a partir de la publicación de su libro, Lucía afirma que en la Iglesia el avance es muy lento: “Las mujeres siguen desempeñando muchas tareas eclesiales sin reconocimiento oficial, no participan de las funciones magisteriales y de gobierno, y rara vez son consultadas. A pesar de ello, la enorme vitalidad de muchos grupos de mujeres cristianas y su acceso a la formación teológica irá dando sus frutos”. Creo que debemos recoger el desafío: vitalidad, reflexión y formación. Estas actitudes son, me parece, relevantes, a la hora de abordar una de las cuestiones que parecen generar más dificultad: respecto al ministerio ordenado, con su peculiaridad Católica, recordemos a Pablo VI insistiendo en Naciones Unidas que la Iglesia es sabia en humanidad porque es antigua. En ese sentido, casi toda la argumentación ata a lo conscientemente recibido: la ordenación de los varones. Pero siempre caben líneas de trabajo: seguir profundizando en la tradición y su significado, con la confianza de que el Espíritu sigue trabajando en la humanidad y en la Iglesia, línea que se sigue, por ejemplo, con el redescubrimiento del discipulado femenino del nazareno (Magdalena, Marta, María, Salomé…); y el relanzamiento de una visión sinodal, comunitaria, del servicio en la Iglesia, donde, en la comunidad integrada en el sacerdocio común del pueblo de Dios, hombres y mujeres aporten sin discriminación haciendo de la ordenación un dato irrelevante en lo que se refiere a la gestión del poder dentro de la Iglesia. Quizás de esa manera, nuestra antigüedad, la de la Iglesia, sea un elemento de sabiduría que ayude también a la promoción de una humanidad nueva en la que, como decía Pablo, “…ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque ustedes son uno en Cristo Jesús” (Galatas 3,28).

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