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Opinión
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Un taxista en busca de la verdad

Lucas López. Archivo.

Hace unos días, el taxista que me llevaba al aeropuerto, se preguntaba desconcertado por los conflictos políticos en torno a la pandemia. “¿Con qué verdad se queda uno?” Esa perplejidad nos asalta con frecuencia en la vida. El reo Jesús, ante Pilatos, afirma que su misión es “dar testimonio de la verdad”; el gobernador romano contesta con una pregunta: “¿Qué es la verdad?” Las escuelas filosóficas proponen diversas maneras de entender la verdad. Para las tendencias más realistas, la verdad es lo que hay, lo de suyo, y debe formalizarse en proposiciones adecuadas e inequívocas. Para las tendencias más subjetivistas, la verdad es un juicio que se hace proyectando nuestra capacidad de conocer sobre los datos de nuestro entorno y, así, cada persona tiene su verdad. Para las propuestas más idealistas, la verdad es lo profundo, está más allá de toda apariencia y parece intuirse en arquetipos, estructuras o ideas que atraviesan nuestra historia y cultura, es, de alguna manera, inaccesible. Tendencias similares se dan en la teología.

A mi regreso de Paraguay en 2004 tomé contacto con las religiosas dominicas. Ya había sido alumno de su parvulario en el colegio de Santo Domingo de Guzmán, en La Palma, y, años después, volví a encontrarme con su familia espiritual al cursar algunos créditos sobre la moral social de Tomás de Aquino, en el Instituto Alfonsiano de Roma. Del Aquinate me impresionó su rigor y su convicción de que la razón capacita al ser humano para alcanzar la verdad. Al volver a Canarias, gracias a su colaboración en ECCA, retomé mi relación con las dominicas y caí en la cuenta del lema “Veritas” que acompaña a la familia dominicana desde el siglo XIII. ¿Qué es la verdad? Se preguntan el taxista y Pilatos. La respuesta cristiana señala que la verdad es el Cristo, pero en lo cotidiano, usted y yo, sospechamos de las verdades y preguntamos por su significado.

Uno de los más interesantes herederos de Tomás de Aquino en el siglo XX es el también dominico Edward Schillebeeckx. Nace, apenas cuatro meses después del estallido de la Gran Guerra, en Amberes, mientras su familia holandesa huye del frente. Su padre, administrador, y su madre, ama de casa, sacan adelante catorce criaturas. Cuando siente su vocación sacerdotal, Schillebeeckx, que estudia con los jesuitas, no se une a la orden ignaciana porque, a pesar de que le atrae su fuerte opción social, le parecen demasiado disciplinados y austeros. Así que se acerca a los dominicos, primero a través de los libros y después en contacto directo con la comunidad dominica de Gante. Como Tomás, el teólogo Schillebeeckx valora la necesidad de que la fe sea razonable, asume el diálogo con las escuelas de pensamiento del momento y contempla la realidad (creada) como marco de la reflexión sobre la fe. Si Tomás encontró en Aristóteles las herramientas para su reflexión, Schillebeeckx encuentra en la filosofía hermenéutica el andamiaje para mirar la verdad recibida (la fe) y hacerla dialogar con la cultura contemporánea.

En París se pone en contacto con otros dos grandes teólogos dominicos del siglo XX: Yves Congar y Marie-Dominique Chenu que le muestran cómo acercarse al de Aquino con fidelidad a la fuente y en diálogo con las preocupaciones y reflexiones del mundo contemporáneo. Posteriormente, tras su paso como conferenciante por Estados Unidos, en 1967, empieza a preguntarse no tanto por la verdad del cristianismo, que da por supuesta en la fe, cuanto por la interpretación de la misma: ¿qué nos dice a quienes vivimos hoy en este mundo? Evidentemente, esta pregunta supone un cierto conflicto con un modo de entender la fe que ha entendido las formulaciones del magisterio como unívocas, reflejo exacto de la verdad recibida y, sobre todo, como única formulación posible de la misma verdad. Pero Schillebeecks sabe que no es indiferente a la verdad cristiana su convivencia con la pluralidad de interpretaciones del mundo y de la vida. Por eso, se pregunta: Jesús, el Cristo, marcado por un contexto claramente diferente del actual, ¿cómo puede ser significativo para toda persona que viene a este mundo?

Si la metafísica aristotélica y la experiencia de Tomás inciden en una teología y un magisterio que nos llega asumida por la Iglesia como tradición, Schillebeeckx entiende que las filosofías actuales  (la hermenéutica principalmente) y las experiencias de quienes hoy vivimos en la fe se convertirán en el legado teológico que pasaremos a la siguiente generación. Schillebeeckx murió con 95 años en diciembre de 2009. En uno de sus últimos libros, proclamaba: “En los dos aspectos de mi pensamiento teológico, el crítico y el constructivo, he querido testimoniar a los demás la alegría y la esperanza que hay en mí: ¡soy verdaderamente un hombre feliz!”. Este hombre feliz se dedicó a la teología y se mostró como un insigne heredero de Tomás de Aquino. Buscaba la verdad.

El taxista que me llevó al aeropuerto confesó: “Al final creo a los míos”. Aludía, por supuesto, al debate político en torno a las medidas Covid 19. Parece que algo de eso nos pasa también en las cuestiones sobre el sentido o la significación de nuestra fe. Lo cierto es que la teología, puesto que pretende abordar el misterio de nuestra existencia y propone un horizonte de fraternidad que trasciende nuestra historia, deberá siempre ensayar un lenguaje y unas formulaciones que no se pueden conformar con los lenguajes y valores de nuestra cultura. Sin embargo, salvo que acepte pasar a la marginalidad y la insignificancia, deberá mirar a los problemas que afectan a la sociedad actual y con los lenguajes que son comprensibles para las personas que viven hoy con o sin fe en este mundo nuestro. Es lo que pretendió con su trabajo el feliz teólogo Edward Schillebeeckx O.P.  Eso es lo principal que nos queda de Tomás de Aquino. De eso va la búsqueda de la verdad.

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