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Opinión
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La indumentaria tradicional de la isla de La Palma

Jóvenes en Los Sauces en 1903. Miguel Brito

Recientemente la Consejería de Artesanía del Cabildo Insular de La Palma ha publicado un documental sobre la indumentaria tradicional de La Palma con el que estamos totalmente en desacuerdo porque en él se cometen, a nuestro modo de entender, muchas incorrecciones que perjudican notablemente el enorme valor patrimonial de nuestros vestidos tradicionales y pisotean el arduo trabajo que durante muchos años han venido haciendo un grupo de personas, a la vez que viene a crear más confusión entre la población. Máxime, cuando esa misma Consejería en otra época también arrimó el hombro para mejorar la indumentaria, ofreciendo charlas a las costureras y otras actividades en varias ocasiones.

Y lo más lamentable es la imagen que estamos dando con hechos como este y otros no tan lejanos en el tiempo como aquella propuesta de falda corta para la mujer que tanta resonancia se le dio en la prensa. ¡Qué triste que la isla que mejor ha conservado su indumentaria y que mayores fuentes documentales posee, esté a estas alturas discutiendo sobre ello y que se dé pábulo a estas “propuestas” tan irresponsables! Pero lo cierto es que algunas personas siguen obcecadas en su verdad absoluta, llegando a hablar de investigaciones de las que no tienen pruebas, haciendo caso omiso e incluso criticando, los trabajos concienzudos y documentados que sí han hecho otras y que están a disposición de todo aquel que quiera consultarlos.

Creemos que es el momento de hacer un poco de historia, así recordaremos que en las décadas de los años 40 y 50 del pasado siglo se formaron los primeros grupos folclóricos de los que hay constancia. En Breña Alta, Fuencaliente y seguramente en otros municipios, surgieron colectivos para hechos puntuales, desapareciendo muy pronto. Cabe destacar en esos tiempos el grupo El Mensajero de Santa Cruz de La Palma y el Sirinoque de Las Tricias, grupo este último mucho más antiguo que los demás, que ni siquiera sus más viejos componentes recordaban cuando se creó, más bien respondía a una verdadera reliquia folclórica del pasado, entroncado con los tiempos en los que la gente se reunía de forma espontánea para celebrar sus festejos populares.

Si analizamos las imágenes que se conservan de los citados grupos (hace años desaparecidos) y las contrastamos con las numerosísimas que existen de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, junto a otros importantes documentos, llegaremos a la conclusión de que se vestían bastante bien a pesar de la delicada situación social y económica de aquellos tiempos. Y no es de extrañar, en el citado barrio norteño se conservó ininterrumpidamente en el saber popular la forma de vestir la indumentaria tradicional, tanto con el citado grupo, como en los de pastores y bailes de castañuelas por Navidad. Por otra parte, los fundadores del grupo El Mensajero tuvieron sus principales fuentes de información en Garafía, que debido al aislamiento conservó mucho más tiempo nuestros usos y costumbres.

Grupo de Las Tricias a mediados del siglo XX .

Grupo de Las Tricias a mediados del siglo XX .

A partir de esos años, el deterioro y empobrecimiento de la indumentaria de la isla es patente y para corroborarlo no tenemos más que estudiar las fotografías de las distintas épocas. Lejos de recurrir a las fuentes para mejorarla, se buscan “recreaciones” y “aportaciones” personales. Entre otras las siguientes: Ropa de hombre en lana blanca, (no se conoce); el bordado en negro, (exclusivo de la enagua de la mujer), se “traslada” a las camisas y calzoncillos; los dibujos de estos bordados, en lugar de copiar los tradicionales, se cambian a capricho de cada cual; aparecen cada vez con más profusión, hasta llegar casi a generalizarse, las enaguas interiores por debajo de la exterior, (para que se vea el bordado); las monteras en la mujer son cada vez más pequeñas y con el ala vuelta para “enseñar” las agujas con hilo de distintos colores, cosa que es incorrecta; también se generaliza en la enagua una labor que reduce tela en la cintura llamada “mondonguillo” que no aparece en ninguna de las numerosas enaguas antiguas localizadas ; se incorpora a muchas enaguas el borde en blanco, propio solamente de las camisas y calzoncillos; desaparecen también del vestuario de la mujer prendas tan importantes como los mantoncillos y pañuelos de hombros; los rizados o fruncidos de la enagua exterior se hacen extremadamente anchos; los calzones del hombre se confeccionan igual que los calzoncillos, cosa que no es correcta; y así muchísimas “innovaciones” más, pues es verdad que hay partidarios de ello sin darse cuenta que si una tradición o costumbre se cambia a propósito deja de serlo inmediatamente.

Mención especial merece la proliferación reciente de una prenda complemento llamada petillo. Hasta la fecha, se ha localizado un solo ejemplar que también aparece en una sola fotografía de un grupo de jóvenes en Breña Alta a mediados del siglo XX. Una prenda tan minoritaria y especial se generaliza hasta llevarla la mayoría de las mujeres de algunos grupos. Pero es que además los petillos que se están usando no corresponden para nada con las formas de esta prenda localizada. Para colmo se les llena de joyas y bisutería que NUNCA llevó el único ejemplar que hasta la fecha sabemos de su existencia.

Finalizando la década de los años 70, surge la figura de un palmero inolvidable: Vicente Pérez Bravo, viejo bailador y tejedor tristemente desaparecido, que por esos tiempos enseñó a bailar a varios grupos que comenzaban como Echentive, Cumbre Nueva o Club de Amigos de Tijarafe. Tenía Vicente una personalidad e instinto especial para tratar estos temas, fue pionero en estudiar las fotografías, otros testimonios gráficos y prendas originales. En ellos descubrió, por ejemplo, las distintas formas de colocar esa prenda tan identitaria como son las monteras del hombre; fue quien recuperó, entre otras, el jubón bordado, la capa gavilona y el petillo. También nos hizo ver los muchos defectos que se venían produciendo, tanto en la confección como en la forma de vestir.

La semilla sembrada por el recordado Vicente germinó y creemos dio buen fruto. Un grupo reducido de personas ha continuado su ejemplo luchando contra viento y marea. No ha sido fácil, pero la indumentaria ha venido mejorando considerablemente de forma imparable bajo la contundencia incontestable de los documentos de todo tipo. Trabajos antológicos como LA INDUMENTARIA TRADICIONAL DE LA ISLA DE LA PALMA, de Juan De La Cruz Rodríguez, con más de 300 páginas de información veraz y contrastada, plagada de fuentes documentales y una aportación gráfica apabullante, son un lujo para los que amamos nuestros indumentos.

Por eso creemos que publicaciones como el documental que citamos al principio, hacen un flaco favor a la isla; resucitar, por ejemplo, la costumbre de bajar la enagua interior por debajo de la exterior, para que se vea el bordado y el punto de cruz en camisas o calzoncillos, no tienen desperdicio; la ropa interior en la mujer nunca se enseñó, y menos en esa época. Tampoco entendemos muchos otros defectos que harían interminable este modesto artículo, pero no podemos olvidar los textiles. Todavía en esta isla se teje lino, lana o seda. Un trabajo de este tipo hay que hacerlo con los mejores tejidos y por suerte en La Palma hay colectivos donde gran parte de su vestuario está elaborado con fibras naturales cultivadas, tejidas y confeccionadas de forma artesanal en la isla, algo de lo que muy pocos lugares pueden presumir.

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