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Opinión
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La nostalgia de lo absolutamente Otro

Lucas López.

Cuando salía de la adolescencia, nuestro profesor de Historia en el Instituto Alonso Pérez Díaz, insistía a un grupo de alumnos, por entonces, todo chicos, que el amante de la ciencia no podía ser, a su vez, una persona religiosa. Por supuesto, no me hizo abandonar mi inclinación humanista, tampoco mi opción de fe. Sin embargo, su afirmación generó preguntas que nunca han dejado de acompañarme.

Me impresionó muchísimo, a finales de los noventa, la publicación de la fotografía “Punto azul pálido”, en la que se muestra nuestro planeta diminuto en un universo inmenso. Buena ocasión para preguntar ¿qué sentido tiene creer en una mirada totalizante y providente, dadora de luz y vida, que nos ama personalmente? ¿Cómo podemos aspirar a tanto quienes vivimos en la epidermis húmeda de una roca que flota en un inmenso universo donde somos prácticamente nada? Nuestro profesor afirmaba que la ciencia no dejaba hueco para Dios, que ya no podía estar arriba, porque ahora, los cielos están llenos de estrellas, planetas, agujeros negros y artilugios espaciales. Dios quedaría, como una proyección de nuestras frustraciones y, en palabras de Freud, la religión no sería más que una ilusión con un menguante porvenir.

Entre las muchas respuestas a la pregunta por lo divino, creo que hay una que partiría de la conciencia de “lo absolutamente Otro”. Se trata de una expresión nacida en el marco de la fenomenología de la religión. En su libro “Lo santo”, Rudolf Otto (1869-1937), atribuye a lo religioso tres calificativos: Mysterium, Tremendum, Fascinans. Lo sitúa así fuera del alcance de lo científico, que más bien, esto a mi juicio, consideraría la realidad como Problema, Complejo, Interesante. Otto, que plantea la vivencia religiosa como admiración infinita ante lo absolutamente distinto de nuestra propia realidad, se distanciaba así de quienes a comienzos del siglo XX trataban de hacer una teología que hacía uso de los planteamientos y herramientas de la ciencia empírica del momento: estudio de los datos y conclusiones deductivas. Esta tensión, entre teología científica y la que pronto se le contrapone con el nombre de teología dialéctica, aparece en el diálogo asimétrico entre Adolf von Harnack, que en 1923 escribe “Quince preguntas a quienes desprecian la teología científica” y su aventajado discípulo Karl Barth que publicó “Quince respuestas al profesor Von Harnack”. El primero asume la defensa de una teología hecha desde el método histórico crítico. El segundo sostenía que esa teología científica había dejado de ser teologal: había dejado de hablar de Dios.

Adolf von Harnack nació en 1851. Su hermano gemelo, Carl Gustav, será un significativo matemático que contribuyó a los avances de la ciencia. De hecho, Harnack plantea que la teología del siglo XX es la búsqueda de la esencia del cristianismo. Ese será su empeño delimitado ya en un ciclo de conferencias impartido en la Universidad de Berlín en el cambio del siglo (curso 1899-1900). En su primera lección nos dice: «¿Qué es el cristianismo? Vamos a intentar responder a esta pregunta solamente en sentido histórico, es decir, con los medios de la ciencia histórica y con la experiencia de vida que nos viene de la historia». Harnack intenta responder a esta pregunta al modo en que se intentaba responder qué es la psique humana, qué es una especie zoológica o qué hace de un astro concreto un planeta y no una estrella. La tradición científica de su familia hace de él un teólogo científico. Buena parte de su alumnado quedó marcado por sus enseñanzas. Entre ellos, un joven de Basilea, Karl Barth.

En 1957, con la edad y los ánimos menos juveniles, Barth recordó el momento en que entró en crisis su relación con los seguidores de la “teología científica”: “Personalmente, no puedo olvidar aquella funesta jornada de primeros de agosto de 1914 en que 93 intelectuales alemanes manifestaron públicamente su acuerdo con la política de guerra del emperador Guillermo II y de sus consejeros; con un profundo estupor, tuve que constatar que entre ellos figuraban los nombres de todos los profesores de teología a quienes hasta entonces había yo respetado y escuchado confiadamente. Y como estaban tan gravemente errados en su ethos, una conclusión se me imponía: ya no podía seguirles ni en su ética ni en su dogmática, ni en su exégesis de la Biblia ni en su modo de enseñar la historia; en suma, a partir de aquel momento la teología del siglo XX, al menos para mí, ya no podía tener futuro” (K. Barth, 1957).

De esta manera, Barth se acogía a la propuesta hecha por Otto en “Lo santo” y se alejaba, con un potente impulso intelectual, de toda pretensión científica. Pero si Otto es un fenomenólogo que describe lo que se muestra, Barth es un teólogo que hace una afirmación contundente: Dios es lo absolutamente otro. Ningún instrumento humano podía, a su juicio, servir para responder a lo que Dios, en su soberanía, no nos hubiera revelado. Para Barth todo empeño en ir hacia Dios partiendo desde la reflexión o la experiencia humana es inútil. No nos cabe otra que acoger el único camino posible, el que va de Dios al ser humano y que tiene una concreción histórica: el Cristo. Frente a la teología científica o liberal, esta tendencia que se empeñaba en mostrar la distancia de lo divino y la absoluta soberanía de su revelación, se denominó teología dialéctica.

En nuestra vida cotidiana, lo de Dios se muestra como “lo santo”. Nuestros santuarios y celebraciones religiosas públicas muestran el lenguaje heredado de siglos para expresarlo. No es un lenguaje válido para todo el mundo. Lo recibido, no les sirve. Como nuestro profesor de Historia en el Instituto, tienen la impresión de que las ciencias han liquidado lo religioso. Sin embargo, persiste la perplejidad. La religión pervive y motiva las actuaciones comprometidas de millones de personas. Incluso nuestra cultura apunta respuestas, al menos, aparentemente religiosas: además de la propia evolución del cristianismo, también tenemos rituales civiles, propuestas de espiritualidad más inmanente, sugerencias de autoayuda psicológicas, notorias prácticas exotéricas… Todo trata de dar puerta a la certeza de que las personas nos sentimos llamadas a algo que no encuentra respuesta en las ecuaciones y los laboratorios. A eso, uno de los grandes filósofos del siglo XX, el padre de la teoría crítica, Max Horkheimer, acabó poniéndole un lema sugerente: La nostalgia de lo absolutamente Otro.

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