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El mundo: Hogar y taller

Lucas López.

Cuando me uní a los jesuitas, algunas personas conocidas lo vivieron como buena noticia. Para otras, se trató de un evento raro e incomprensible. Para las primeras, en cierta manera, es como si yo hubiera elegido un camino de perfección que me pondría por delante hacia Dios. Para las segundas resultaba tan chocante como la incorporación a una secta que me hubiera arrancado del mundo.

Más adelante, estudiando la teología de la vida consagrada, me encontré con la obra de Jean-Marie Tillard OP. Nació en septiembre de 1927 en una isla francesa situada frente a la costa de Terranova, Saint-Pierre-et-Miquelon. Con el Concilio Vaticano II, este dominico reconocido por su Orden como Maestro de Teología, se dedicó al estudio teológico de la Vida Religiosa. ¿Se trata de un camino de más calidad cristiana? ¿Responde a un mandato de Jesús? ¿Retira a sus miembros de la sociedad en la que habitan? Podría decirse que, por el número de santas y santos, la Vida Religiosa parece un camino más perfecto; que, a lo largo de la historia, la Iglesia interpretó ciertos textos del Evangelio como una llamada para algunas personas selectas; o que muchas iniciativas que cuajaron en órdenes religiosas partieron del deseo de apartarse del mundo. Pero Tillard mostrará con sus estudios que la vida según el Evangelio no es una llamada para unos pocos selectos, que no hay textos específicos en los Evangelios para hablar de un mandato de Jesús para la vida consagrada y que no tiene sentido teológico pensar que Dios retira a algunas personas del mundo que Él mismo creó.

Llevaba cuatro años como jesuita cuando, en 1985, José Antonio García SJ publicó “Hogar y taller”. El libro es el desarrollo de esta convicción: en la Vida Religiosa (tal y como la entienden los jesuitas), la comunidad es para la misión. Por supuesto, nuestra vivencia comunitaria debe tener algo de hogar, ese lugar en el que nos ponemos en zapatillas y en el que compartimos y celebramos nuestra fe y vida con sencillez. Pero la Compañía de Jesús, como otras órdenes y congregaciones, tiene un para qué: descubrir en el mundo cómo el mensaje y la vida, muerte y resurrección del Nazareno es también una oportunidad de salvación para quienes viven en exclusión e infelicidad. Los jesuitas formulamos esa misión como servicio de la fe y promoción de la justicia, o, si prefieren, una humanidad reconciliada consigo misma, con la creación entera y con Dios.

Así que pronto viví que la Compañía de Jesús, lejos de sacarnos del mundo, nos hacía vivir en él. Los votos de pobreza, castidad y obediencia nos enfocaban a compartir los bienes, a renunciar a la exclusividad de los afectos y a poner lo común por encima del propio querer e interés. Sin embargo, esos tres votos no se orientaban a hacer de cada uno una especie de caballero medieval o guerrero jedi (Guerra de las Galaxias) ambicioso de una pureza personal extrema. Los votos se orientaban a la misión, “para más ayudar”, en palabras de san Ignacio de Loyola, a nuestros semejantes.

Han pasado 35 años desde que José Antonio García S.J. publicara aquel libro y mi experiencia, que incluye muchas incongruencias y errores personales y comunitarios, me sigue invitando a un modo de vida que hace de la comunidad un hogar de amistad y un taller para la misión, ambas cosas a un tiempo. No se trata de que consigamos siempre aquello a lo que nuestros votos nos comprometen: ni nuestro compartir es perfecto, ni lo es nuestra castidad, ni tampoco nuestra obediencia consigue siempre eludir las fugas a la irresponsabilidad o al engreimiento. Los escándalos vinculados a notorias faltas e incluso delitos de miembros de nuestras comunidades lo muestran y nos recuerdan la pasta de la que estamos hechos. Nos invitan a preguntarnos sobre cómo cuidamos el núcleo de nuestra vida y la calidad de nuestro acompañamiento a quienes recorren con nosotros el mismo camino.

Con el comienzo del tercer milenio, en septiembre de 2000, fallecía en Ottawa, Canadá, Jean Marie Tillard. Cuando ya estaba enfermo, el politólogo italiano Francesco Strazzari se encontró con él. Publicó aquella conversación con el título “Creo a pesar de todo, coloquios de invierno”. Tillard comparaba la fe con un arbusto poderoso de su isla azotada por el viento, una especie de polygonum que, a pesar de las condiciones e incluso de los herbicidas, forma una cobertura vegetal que se alimenta de los minerales de la isla y la protege de convertirse en una roca estéril. Contaba como, una y otra vez arrancado por los habitantes de la isla, el polygonum rebrotaba y volvía a cubrir el suelo. La vida religiosa, la vida consagrada, con sus mil incongruencias, con su pretensión de vivir el Evangelio, se alimenta de la búsqueda de Dios, no solo en la Iglesia, sino en toda la realidad y, a su vez, colabora con una humanidad que “siempre se negará a vivir sin esperanza” (así lo dice Tillard). Por eso, de una u otra manera, rebrota en nuestra historia, también en este tiempo en que los herbicidas se han desarrollado tanto.

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