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Resistencia y sumisión

Lucas López.

Un mes antes de que las tropas alemanas firmaran su capitulación final (8-9 de mayo de 1945), Dietrich Bonhoeffer (39 años) moría colgado en el campo de concentración de la pequeña localidad de Flossenbürg, en el Alto Palatinado, Baviera. El 9 de abril, al amanecer, tras una celebración religiosa con un grupo de presos, subió al cadalso, se desnudó, pronunció su oración y fue ahorcado. Veintiún días después se suicidaba Hitler, que expresamente ordenó la ejecución de los aliados de su opositor, el general Wilhem Franz Canaris, también ejecutado el mismo día de abril. El Führer no podía tolerar que aquellos que se le enfrentaron llegaran a ver la caída del Reich de los mil años. El teólogo Bonhoeffer había sido arrestado dos años antes, en abril de 1943, acusado de asignar fondos a la huida de familias judías alemanas a Suiza. Aquellos dos años en la cárcel supusieron un itinerario espiritual e intelectual del que se da cuenta en sus numerosos escritos en la prisión, publicados por primera vez en 1951, con el título “Resistencia y sumisión: cartas y apuntes desde el cautiverio”.

Han sido pocas las veces en mi vida que he podido vivir de cerca el ambiente de una cárcel. El curso 1988/89, cuando trabajaba para Radio ECCA en Tenerife, me tocó tutorizar diferentes acciones formativas de la radio educativa en el centro penitenciario de La Esperanza. Fueron unos meses intensos y preciosos durante los que aprendí a mirar de otro modo a quienes vivían allí. No olvidaré a María (nombre figurado), venezolana (nacionalidad figurada). Cuando llevábamos algunas semanas de aprendizaje, me recibió cantando “Quince años tiene mi amor”. Era su modo de anunciar la sentencia tras varios meses en prisión provisional. Aquel año fui testigo de cómo un grupo de mujeres, a las que sus circunstancias y decisiones habían llevado a prisión, afrontaba la situación con amagos de resistencia y, en ocasiones, con derrotada sumisión.

Desde la cárcel, el 21 de febrero de 1944, tras un año detenido por la Gestapo, Bonhoeffer escribe: “…no es posible fijar en el terreno de los principios el límite entre resistencia y sumisión, pero ambas han de coexistir y ser practicadas con igual decisión”. Como ejemplo, el preso de Buchenwald, donde pasó los primeros meses de 1945, señalaba que la separación de sus seres queridos y de su novia, María von Wedemeyer, podía dar lugar a “una comunión sorprendentemente fuerte”.

Fueron muy pocas las conversaciones sobre espiritualidad con mis alumnas del penal de La Esperanza aquel curso del 88. Al saber de mi condición (religioso jesuita), sólo parecían interesadas en bromear sobre la sexualidad de los curas. Con el tiempo, María empezó a mostrar su perplejidad ante cómo sus decisiones libres la privan de libertad y cómo Dios no había hecho nada para evitarlo. Por el contrario, las necesidades de sus dos hijas, con el padre desaparecido hace mucho tiempo, la habían empujado a un comercio transatlántico que acabó en la comisaría de Barajas. “Ahora, mis hijas están más solas y nada tengo que darles”.

Primero la cárcel de Tegel, en Berlín, luego el campo de Buchenwald y, sus últimos días, Flossenbürg sirvieron para que Bonhoeffer se reafirmara en su convicción de que Dios no puede ser el que tapa los agujeros de nuestra existencia y resuelve nuestras ignorancias y contradicciones. Con contundencia, escribe: “Los hombres religiosos hablan de Dios cuando el conocimiento humano (a veces por simple pereza mental) no da más de sí o cuando fracasan las fuerzas humanas”. Estas palabras de 1945 no pueden menos que recordarme cómo durante esta pandemia algunas personas han querido introducir a Dios en los argumentos como si resolviera todas las dudas y explicara todas las causas. Para Bonhoeffer sería más bien el que está subido a la cruz.

En 1794, Kant dejó escrito: “La ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad, el responsable es él mismo”. Bonhoeffer asume que el modo de vida moderno supone en la sociedad occidental una mayoría de edad que nos hace leer de otro modo el ser de Dios. Ya no será la explicación de todo, sino el que se dona en todo lo que sucede, en cada instante, en lo más cotidiano. Desde esa intuición, el preso propondrá unas reflexiones que conmoverán a la teología de la segunda mitad del siglo XX: en un mundo que puede vivirse de maneras diferentes, es absurdo pretender que Dios esté sujeto a nuestra capacidad racional; cuando la cultura occidental no sabe pronunciar Su Nombre, el cristianismo tiene la oportunidad de encontrarse de nuevo con Aquel que fue verdaderamente humano, Jesús. La modernidad no es una amenaza para la fe, pero sí para ciertas formas de religión o de religiosidad que esperan que Dios nos resuelva los problemas. Bonhoeffer proponía así un cristianismo post religioso, orante y comprometido.

Probablemente, la sociedad global es mucho más religiosa de lo que pudo intuir el cristiano centroeuropeo Bonhoeffer. Difícilmente podemos hoy hablar de un cristianismo sin religión, aunque no deja de desafiarnos la constatación de que Dios no se somete a ningún templo ni se deja acotar por la ciencia, la filosofía o la propia teología. No cabe duda de que las instituciones y costumbres que nos sirvieron en Occidente para expresar nuestra espiritualidad sufren el desgaste del tiempo presente. María, mi amiga reclusa en La Esperanza, andaba con su rosario en la mano y no dejaba de adorar al Dios de la Vida. Era orante y, con sus límites (¿quién no?), comprometida. No sabía mucho de secularidad. Sin embargo, su discurrir en La Esperanza, como el resto de su vida, estuvo marcado por la resistencia… y la sumisión.

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