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Opinión
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Los vecinos hablan

La insoportable vuelta del ruido

Naviera Armas.

El pasado 27 de marzo apareció en la prensa local un titular largamente esperado: «El puerto de Santa Cruz de La Palma pone fin a los ruidos nocturnos de los barcos», lo que se traducía «en una destacable mejora en las condiciones de vida y el bienestar de la ciudadanía», como señalaba el presidente de la Autoridad Portuaria de Tenerife, don Carlos González, que mostraría su total satisfacción por la puesta en marcha del servicio de suministro eléctrico para buques atracados (OPS), cuya obra había supuesto una inversión de 620.000 euros.

También el Ayuntamiento de la capital, en un artículo posterior, celebraría «la eliminación del ruido», ya que ello garantizaba «la tranquilidad de los vecinos de la zona», y aprovechaba para agradecer la implicación personal del presidente y el director de la mencionada Autoridad portuaria tinerfeña. De lo cual se infiere que unos y otros, muy correctos en sus declaraciones, se ponían medallitas y se echaban flores, como si hablaran de todo un logro alcanzado en tiempo récord, cuando lo procedente hubiera sido pedir disculpas a la ciudadanía por los cinco o seis años tardados en silenciar los motores del «Volcán de Taburiente». O lo que es lo mismo, por no haber presionado en su momento a la Naviera Armas con la contundencia requerida, o por no haberse iniciado las obras en las fechas anunciadas en 2017 («en breve y con una duración no superior a los seis meses»).

En cualquier caso, podríamos concluir admitiendo que bien está lo que bien termina. O eso habría cabido decir como cierre de noticia, porque lo cierto es que, por increíble que parezca, el ruido no ha cesado todavía (un ruido que ya suena, por tanto, a cachondeo). Y lo más desconcertante es que se van sucediendo las semanas sin recibir comunicado alguno por parte de de la mentada naviera, del Ayuntamiento o de la Autoridad portuaria (no sé si por evitar el bochorno de unas declaraciones contrariadas) aclarando qué problema ha surgido ahora y cuándo se prevé que se solucione.

Por lo que se comenta extraoficialmente, parece ser que el barquito de Armas tuvo alguna avería durante los poquísimos días en que permaneció conectado a la red, bien porque los motores no se habían adecuado convenientemente o bien porque no les llegaba el suficiente flujo eléctrico, tal vez debido a la ubicación, algo distante, del transformador, motivos sin resolver que podrían justificar la negación del barco a conectarse. Ahora bien, la Autoridad portuaria podría alegar, con toda razón, que ya ha gastado un pastizal solo para que el susodicho barquito deje dormir en paz a la ciudadanía, cuando seguramente la solución más efectiva y económica habría consistido en cambiar ese buque por otro más silencioso, o, de no ser factible, en instalar «silenciadores» en los motores del «Volcán de Taburiente», como muy bien pudo haber indicado en su informe cualquier perito encargado de inspeccionar, sonómetro en mano, la sala de máquinas y demás zonas ruidosas (incluidos los decibelios proyectados hacia el exterior). Inspecciones y requisitos, por lo demás, que deben cumplirse periódicamente en todo barco por mera cuestión de normativa, como queda reglamentado (según me he informado) en el propio BOE y otros organismos internacionales de seguridad marítima. Pero se ve que estos informes, que debieron ser a todas luces desfavorables (vamos, para echarse las manos a la cabeza), han venido ignorándose a todos los efectos.

Es decir, que si la autoridad competente hubiese obligado en su día, como ya se dijo, a «silenciar» los motores del «Taburiente» (o si se quiere, a que se rascara el armador el bolsillo), habría podido ahorrarse los seiscientos y pico mil euros citados, destinando una parte irrisoria del total, ya que estamos, a la restauración de ciertos lugares cuyo abandono actual, que también viene de antiguo, clama al cielo: y aquí me estoy refiriendo concretamente a ese bonito mirador circular que se encuentra al final de la Playa de Bajamar, pero con el acceso vedado a los paseantes por unas vallas caídas; ese rinconcito que cuando se diseñó fue precisamente para su disfrute, no para que se convierta en una ruina y un «peligro» (de esas que suelen formar parte del paisaje urbano por desidia municipal, discrepancias hereditarias y cosas así). Con todo y eso, aún deberíamos agradecer que no hayan colocado a la entrada unas vallas metálicas, como ya hicieron con el otro mirador (la vieja glorieta), ubicado en la Avenida de Los Indianos, o con la misma Casa del Césped, ya desmoronándose poco a poco por dentro y por fuera. De modo que sería cuestión de recordarle a los señores del puerto de Tenerife que ya es hora de ir restaurando esos rinconcitos olvidados, ante cuya posible solicitud de reforma se muestran totalmente indiferentes, alegando vaya usted a saber qué prioridades. Igual me equivoco y resulta que existe más de un proyecto pendiente de aprobación, pero si esta ha de eternizarse tras un «ya veremos más adelante», como que no sirve para nada, salvo para provocar fealdad y vergüenza ajena.

En fin, volviendo a lo de antes, que uno tiene la impresión de que la naviera anda nuevamente haciéndose la remolona, y eso, pese a la «buena actitud» y las comprometidas declaraciones de su director comercial (¡justo en enero de 2020!) o de algún responsable instruido al respecto (rollos técnico-patateros a fin de cuentas); pese a la reciente e «importante mejora técnica» efectuada en la chimenea del buque para reducir los ruidos (pero en absoluto acertada, pues, según comentarios, esta no ha consistido sino en cambiar la orientación de los escapes, de forma que ahora el ruido rebota en el muro del espigón y sale disparado hacia la ciudad con mayor potencia acústica), y pese al protagonismo exhibido con cada Full Moon Trail y cada Isla Bonita Love Festival en que la naviera ha pretendido ir de enrollada con la juventud ansiosa de diversión, cuando lo que queremos es una naviera respetuosa en el día a día con la gente de Santa Cruz. Pero también me da la impresión, y no sé si esto es peor, de que nadie quiere enfrentarse con nadie, aun contando con sobradas razones legales para hacerlo, para amenazar con parar el ferry, pongamos por caso, en tanto no resuelva de verdad el problema del ruido.

No obstante, si esta situación se alargara, pienso que ya no se trataría de exigir la conexión inmediata del barquito de marras, porque en ello se nos irían otros cuantos años, sino de juntar firmas entre barriadas y asociaciones de vecinos para exigir que se lleven el «Volcán de Taburiente» de la isla para siempre, y con todo ello presentar una denuncia formal tanto en Capitanía como en la Autoridad Portuaria. Así ya no quedaría otro remedio que tramitar la misma y mirar en serio por la ciudadanía, por todos aquellos que, como en mi caso, ya estamos hartos de esta pantomima interminable, de esa inevitable sensación de asco, de indignación y hasta de odio que nos acomete cada noche que los ruidos irrumpen en nuestros hogares, y cuya respuesta inconsciente no es otra que esta: ¡Ya está ahí el puto barco!

José Lorenzo.

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