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Los grandes encantos de La Habana Vieja

Luis León Barreto. Foto de Jesús Ruiz Mesa.

Un bofetón de aire caliente y húmedo le dio la bienvenida en cuanto puso pie en la escalerilla, después largas colas para pasar los controles. Todo sin prisa, con esa calma del trópico.

–Tengo unas chiquitas lindas –le dijo un hombre con un uniforme de maletero, que le mostraba un álbum repleto de fotos.

–Gracias –respondió sin apenas mirarlo, solo requería un baño de agua fría y un largo sueño.

–No importa, compañero. Yo te las guardo para mañana temprano. ¿A qué hotel tú vas?

Al Habana Libre, lo cual significaba treinta dólares. Sin ganas de discutir precios, tampoco quería escuchar al hombrecillo que en una larga retahíla le anunciaba buena ganancia si canjeaba moneda por pesos, y que se empeñaba en mostrarle más fotos.

–Esta es Marlén, quince. Y esta es Yanel, tengo por seguro que no ha cumplido los dieciocho. Ahí donde las ve, compadre, hacen teatro y son modelos.

Además del calor y del pesado olor del mar, había un trío interpretando Guantanamera una y otra vez, con un ritmo dulzón y pegajoso de guitarras, maracas y voces.

–Y esta es Griselda, 19, estudiante de Ingeniería Química.

Luego, ya en la habitación, descubrió que el aire acondicionado no funcionaba y se asomó a la terraza para contemplar las cuadrículas de luz desvaída, una gasa sobre las calles y los parques. Las ascensoristas parecían colegialas de uniforme impecable, sonreían coquetuelas con sus dientes blanquísimos.

Olfateó el salitre y le entró el capricho de pasear por el Malecón, por las piedras sagradas de los desfiles y de los pasos del carnaval, en la avenida por donde entraron los guerrilleros cuando la victoria. De entre las sombras salieron dos chicos para agasajarlo con ron de Santiago, el verdadero Matusalén, y también le ofrecieron buen cambio para sus billetes. Un coche policial se acercó para comprobar los acontecimientos, los chicos cubanos no debían reunirse con extranjeros. Y entre el cansancio del avión y el desorden horario apenas disimulaba la flojera.

A ella le había mandado un buen capital para ir resolviendo. Yotuel, que confesaba 29 años, se quejaba de lo costoso de los trámites para el visado. Su nombre era gracioso: yo, tú, él.

–Sí, papito, claro que te quiero –eso decía con voz melosa cuando hablaban por teléfono. La vería al día siguiente, así que tenía tiempo para conocer la parte antigua. Por la noche, en La Bodeguita del Medio pidió un mojito y frijoles negros, tasajo y yuca. Más tarde caminó por la plaza de la Catedral y empezó a amar aquel lugar de belleza ajada, paladeó sus mil columnas y sus fachadas desconchadas, la gallardía de sus bulevares, los tinglados del puerto, los bares de turistas y los espectáculos. Todo le recordaba a su abuelo, el que se quedó por aquí. Su guía no le había podido confirmar si conocía a gente apellidada Castaño. Quién sabe cuántos primos podría tener regados por los bohíos. Pero si nunca mandó carta alguna, era difícil saberlo.

Timoteo pensó que tendría que descansar, Yotuel lo esperaba lúcido y certero. Abrió el frasco de pastillas de dormir y se tomó dos. En las fotos que le había mandado era linda, su carita tostada de mulata, sus ojos vivarachos, sus buenos pechos, sus grandes caderas. El trataba de corresponder ofreciéndole las glorias del mundo: sus huertas eran las mejores de la comarca, y qué decir de sus ovejas y sus cerdos. Se acostumbraría al frío, pero su casa tenía buena calefacción.

A las once y media ya estaba plantado en el lobby del hotel, con sus mejores galas. En el bar lo vieron ingerir ron reserva, invitó a copas a los que tocaban las músicas melosas, canturreó Guantanamera una y cien veces, bebió hasta caer desmayado, porque Yotuel no apareció y él lamentó los muchos dineros que le había enviado para poder traerla a su pueblo de Teruel.

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