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Ángeles Pérez de Taoro

Enedina, la última Benehaorita

  • Fue cabrera en la cumbre de La Palma, además de parir y criar a sus hijos

Edina, en la cumbre.

Nos conocimos en el homenaje de su amigo Kiko, cabrero de cumbre y compañero de fatigas en los días en que ambos subían con el ganado a lo alto de La Palma. Visto que era gran conocedora del terreno, y siendo yo curiosa de tantos recovecos que me quedan por andar en la isla, le pregunté durante el almuerzo, -Enedina ¿usted me llevaría un día a Tajodeque?-, a lo que rápida me contestó, -por qué no, cuando tú quieras, ¡pero trátame de tú!-. Medio en broma le propuse -¿qué tal mañana?-, -pues mañana- me contestó, -…bueno, sólo si tú puedes- dudé, -que sí, que mañana vamos-, y no se habló más. Al día siguiente subíamos seis compañeros de ruta, cinco profanos y una maestra, desde el Pinar de Tijarafe hacia Tajodeque.

Del alto de La Pelada bajamos por un andén, extraviado desde que no andan cabras ni cabreros por el Parque, hasta la cueva donde ellos descansaban y almorzaban. Un antiguo chiquero da fe de que la comida no faltaba. Como en los tiempos de juventud que Enedina evoca durante el trayecto, comemos queso ahumado, pan e higos secos, intentando identificar desde nuestro privilegiado mirador los pasos de acceso a la fuente, no parece posible. Siguiendo siempre los pies atléticos de la mujer, llegamos al Lomo Atravesado, un espigón que se alonga sobre La Caldera, fantástico trampolín para la imaginación de los antiguos pobladores que dejaron sus enigmáticos letreros y dibujos en la cueva de Tajodeque.

Bajamos aún más por el barranco del mismo nombre hasta llegar a la fuente. Ella no ha bebido ni un sorbo de agua en todo el camino hasta aquí, no se fía de los líquidos que venden en los supermercados, agua, leche, es todo el mismo mejunje insípido. Nosotros nos desplazamos con lanzas, ella se vale apenas de un pequeño palo de almendrero, sin embargo trepa y destrepa ágilmente por este terreno abrupto y erosionado, con frecuencia resbaladizo y pedregoso.

Vine buscando un hermoso día de ruta y lo que además encontré sin querer fue la fuerza y el cariño que ella transmite con sus grandes ojos almendrados, su voz dura, su mirada tierna.

Enedina fue cabrera en la cumbre de La Palma, además de parir y criar a sus hijos. Esta mujer enjuta y fibrosa, que en cualquier ciudad sería una anciana, no nos contó lo dura que era la vida de cabrera, ni los peligros y penurias que sorteaban cada día; nos habló en cambio de sentimientos de libertad, de la amistad y el compañerismo entre los cabreros que risqueaban por Taburiente. Nos habló de una infancia difícil y de una vida feliz como mujer adulta, dueña de su destino, posiblemente en mayor medida que otras niñas con las que compartió pupitre en la escuela. Su carácter directo y cortante hasta casi la aspereza para quien no la conozca, se deshilacha con facilidad, como los hilos de bordar en su costurero, cuando recuerda a su amigo recién fallecido o cuando nos despide en el muelle.

Dice Jorge Pais, arqueólogo del Cabildo, que los cabreros de cumbre en La Palma conservaron las costumbres de los antiguos pobladores más fielmente que cualquier otro colectivo humano, pues poco cambiaron sus hábitos después de la conquista. Si esto es así, no cabe duda de que tuvimos el privilegio conocer a la última Benehaorita.

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