
Me llegó por muchos sitios el video del primer ministro canadiense, Mark Carney, respondiendo a la ruptura del orden mundial. Su propuesta comienza por poner nombre a las cosas y evitar cualquier amago de disimulo ante lo que, a su juicio, está pasando: asistimos al derrumbe de un orden que no se reconstruirá. Hace un poco más de tiempo, el 4 de septiembre del 476, Rómulo Augústulo era depuesto como último emperador romano de Occidente por Odoacro, líder de un pueblo germánico que, en buena medida, se había integrado en el ejército imperial. Así que, en realidad, como ahora, fue desde dentro mismo del Imperio desde donde se puso fin a una historia de cinco siglos (el actual apenas tiene seis o siete décadas).
Por entonces, el cristianismo, después de haber sido sucesivamente perseguido, tolerado y oficializado como parte de la cultura romana, pasaba a los recién llegados del norte, haciendo una nueva inculturación: desde el mundo del derecho y de la filosofía helenística al nuevo mundo de sociedades no tan literarias y de tradiciones menos históricas y más vinculadas a la naturaleza, sus misterios y sus ciclos. En esta época de transición nació lo que en la liturgia católica llamamos Canon Romano: la oración con la que la Iglesia reunida en asamblea invoca al Espíritu para consagrar el pan y el vino. Hay que ser claro: el canon romano, como su nombre indica, es romano, lo es en su lengua originaria, el latín, la ciudad donde se gestó, Roma, y su formulación como “canon”, es decir, como norma. Estos tres elementos hacen directamente referencia a la cultura grecolatina en la que el cristianismo, de origen asiático, se había inculturado en el Imperio en un proceso de siglos.
Sin embargo, como la Iglesia, el canon romano va a pervivir. Lo hará como elemento central de una celebración que fue adquiriendo progresivamente un formato cada vez más litúrgico. Ya no era aquel partir el pan en las casas y familias con el que las primeras comunidades actualizaban la vida, la muerte y la Pascua del Cristo, el profeta nazareno. Ahora, toda la comunidad, formada como un pueblo en marcha, miraba hacia el altar, lugar del sacrificio, con su presbítero delante oficiando en su nombre. Y es que, en realidad, la liturgia católica fue incorporando sensibilidades muy apropiadas para la nueva cultura religiosa que venía de más allá del Rin.
Por ejemplo, el Canon Romano hace mucho énfasis en la fidelidad y en el pacto. No es algo ajeno al mundo judío, del que proviene la fe cristiana, o al mundo latino, en el que se había inculturado, pero encaja perfectamente con los valores germánicos de lealtad al jefe y fidelidad al pacto incluso hasta la muerte. Dios es fiel y la Iglesia, a través de su oración, no pide otra cosa que permanecer fiel. Del mismo modo, el peso simbólico del sacrificio y la importancia que el Canon Romano da a la mediación y a la intercesión encajan perfectamente con un mundo germánico cultural y religiosamente lleno de mediaciones frente a un rey humano o los propios dioses que resultan inaccesibles en su misterio. La cultura germánica del honor y del sacrificio de la propia vida muestra una sensibilidad propicia ante el Cristo crucificado que da su vida como sacrificio por la salvación de toda la humanidad. Todavía me animo a proponer otros tres elementos que hicieron del Canon Romano una oración latina asumida por los nuevos pueblos germánicos: su sobriedad ritual, poco retórica, su mirada esperanzada pero no optimista ante la realidad terrible de la historia que se vivía y su permanencia como un “hogar estable” en medio de un mundo en cambio permanente.
Con el siglo XX y el Concilio Vaticano II, la Iglesia católica inició una renovación litúrgica que no pretendía romper con lo recibido, pero sí apuntar a la necesidad de una nueva inculturación en un mundo que ya no era solo latino o germánico, un mundo que iba a otro ritmo. En realidad, la transición al tercer milenio está marcada por la aceleración, la fragmentación y la innovación que, no pocas veces, tiene valor solo porque es disruptiva. Por eso, ahora que la edad me lo permite, me animo a releer el Canon Romano y orar con él, conectándolo con nuestra cultura de la diversidad y con problemas tan acuciantes como la violencia, la desigualdad, la migración o la fragilidad de nuestras instituciones. Como decía el primer ministro canadiense, no se trata de reconstruir el orden mundial dinamitado por las últimas crisis y de las que es más un síntoma que una causa el presidente Trump. Se trata, más bien, de vivir en una nueva situación. Y para eso, nuestra tradición, el Canon Romano, nos puede ayudar.
La imagen de Dios que ofrece esta oración litúrgica es la de un ser confiable en contextos de desconfianza. Es una imagen sobria, sin demasiadas referencias al creador de todo lo que hay, que no irrumpe espectacularmente en la vida de los creyentes ni tampoco garantiza el éxito inmediato de la comunidad; pero es un Dios al que se le puede confiar la vida. Así que, en este tiempo de fake y de instituciones y gobernantes dignos de poco crédito, cuando rezamos con el Canon Romano, hacemos algo contracultural y radical: confiar.
Es llamativo en el canon romano que la Iglesia nunca habla de sí misma: ni se describe ni, mucho menos, se autoelogia. No reivindica sus méritos ni repasa el número de sus actuaciones sociales o de personas que congrega en peregrinaciones, romerías, ejercicios o celebraciones. Se presenta ante Dios como un pueblo que ofrece, pide e intercede. Es una iglesia arrodillada para orar. Así que en un mundo que potencia el narcisismo de los poderosos hasta niveles enfermizos, rezar con el Canon Romano es también algo tan contracultural como la humildad.
A lo largo del canon romano, invocamos a los apóstoles, a quienes dieron su vida (mártires), a quienes vivieron con ejemplaridad (los santos y las santas) y pedimos por nuestra gente difunta. En tiempos en los que se valora el último grito, en que vivimos en lo inmediato y nos encanta pasar al siguiente episodio de la serie. Orar con el canon romano es sabernos herederos de una historia bien amplia (desde los míticos Adán y Eva) y una invitación algo contracultural a no cancelar la historia herida de nuestra comunidad y de quienes la formaron a lo largo de los siglos. Somos su fruto.
Hay otra corriente que atraviesa el canon y que, al menos a mí, me dice mucho. La Iglesia, por muy afectada que esté por la erosión del tiempo, no es la protagonista de la historia. Su misión no es dominar la historia. No tiene como tarea conseguir que todo sea iglesia. Su misión es más bien mediar, interceder, presentar ante Dios cada momento que nos toca vivir y hacerlo guardando una memoria que no nos pertenece. Por eso, en el canon romano, en la Eucaristía, no inventamos nada nuevo. Hacemos memoria de Cristo. Repetimos sus gestos. Pronunciamos sus palabras. No se trata de evaluar resultados y contabilizar o monetizar nuestra incidencia.
He vuelto a escuchar el discurso del primer ministro canadiense que, por cierto, fue gobernador del Banco de Inglaterra. Denuncia que hemos vivido una cierta ilusión (en el peor sentido de la palabra, el que la vincula a “iluso”). No, no me gusta el mundo que describe. Hasta puede atemorizarnos. Pero no es el primer cambio de época que vive la humanidad. Una mirada sin prisas, como la que tiene el canon romano, una mirada confiada y humilde, puede servirnos cuando no tenemos todas las respuestas y toca abrirse a nuevas preguntas.
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