
Puerto Espíndola también sirvió en las noches sin luna para el estraperlo.
En los años más oscuros de la posguerra, cuando el hambre era una punzada en el estómago, la costa de San Andrés y Sauces se convirtió en una puerta de esperanza y peligro. Mientras se dictaban normas de racionamiento imposibles, el rugido del mar en Puerto Espíndola o el Varadero escondían un trasiego clandestino que burlaba la vigilancia del Mando Económico de Canarias, a través de la Guardia Civil. Éste tenía potestad para fijar precios, controlar el transporte y gestionar las cartillas; ese mando absoluto lo ejercía el general, Ricardo Serrador a quien sucedió el teniente general, García Escámez
Durante los años que Canarias fue regida por el Mando Económico, se produjo una de las crisis económicas más graves que ha sufrido nuestra tierra a lo largo de su historia. Al igual que con el resto del Estado español, la escasez de productos de primera necesidad motivó el desarrollo del mercado negro y de toda una gama de prácticas económicas ilegales que permitió a algunos individuos acumular importantes capitales. Pero no fue éste el caso del estraperlo en San Andrés y Sauces; aquí fueron pequeños empresarios locales o personas aisladas las que llevaron a cabo un comercio ilegal que permitía la subsistencia ante la grave escasez derivada del racionamiento.
San Andrés y Sauces, con su abrupta orografía ofrecía el escenario perfecto. Investigaciones locales y testimonios orales apuntan que el contrabando no solo llegaba en grandes buques fondeados en alta mar, sino en pequeñas embarcaciones que aprovechaban la oscuridad total de las noches sin luna.
Puntos como el Varadero o las cuevas bajo los acantilados de San Andrés, como la Sirena – que durante la “semana roja” albergó dinamita – o el Puerto Espíndola – que permitía desembarcos rápidos por las zonas rocosas – servían de almacenes improvisados . Allí el café, el azúcar y el tabaco rubio subían por los riscos, a lomos de hombres que conocían cada piedra de aquellos caminos. Era un comercio de ida y vuelta : hacia afuera salía el aguardiente y los productos de la tierra; hacía dentro entraba lo que el aislamiento impedía conseguir .
La vigilancia era estricta pero a menudo burlable; desde lo alto del acantilado se emitían señales de luz hacia el mar que avisaban que “ no había peligro”.
El Tribunal de Tasas acumulaba denuncias por “ocultación de bienes”, y las multas eran severas. Sin embargo había una justicia desigual: mientras el pequeño agricultor era perseguido por guardar un saco de grano o de papas, los grandes hilos del contrabando a veces se movían bajo el amparo de quienes debían vigilarlo.
Conviene señalar, a la hora de estudiar esta época, que se creó un clima de corrupción en torno a los grandes negocios del contrabando por parte de algunos sectores de la burguesía canaria.
Hoy es difícil imaginar aquellas noches sin luna. El estraperlo fue una herida abierta por la guerra y la escasez, pero también un mecanismo de resistencia económica. Los nombres de aquellos “estraperlistas ” de necesidad se han perdido, protegidos por un pacto de silencio.
● Hemeroteca de El Time y Diario de Avisos.
● Testimonios orales.
● El mercado negro en Canarias durante el periodo del Mando Económico. Ricardo A. Guerra Palmero.
● Puerto Espíndola. Por aquí, en noches sin luna, también entraban productos, por las zonas más rocosas. Fotografía perteneciente al fondo de Eulogio Hernández López y Fernando Fernández López. Restaurada y coloreada por Abraham Tomás Díaz Abreu.
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