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Oraciones desde el Santuario

Sábado tarde en La Vega, R. Dominicana. Nuestro compañero Osvaldo, responsable del Centro Montalvo, la organización que aglutina el apostolado social (así lo llamamos) de los jesuitas en República Dominicana, me invita a tomar mofongo. No es cualquier cosa: plátano verde frito machacado en mortero y mezclado con algunas especies y carne de cerdo frita (chicharrón). Durante la conversación, tras un rato de repasar los sistemas de gestión de su institución y los de Radio Santa María, me pregunta: “¿Por qué los jesuitas hablamos de indicadores, objetivos, proyectos, sostenibilidad, eficiencia… en vez de preparar juntos la próxima novena?”. Entonces, recordé a Michel Quoist.

Era un adolescente cuando cayó en mis manos el libro Oraciones para rezar por la calle , de Editorial Sígueme . Se trataba de una traducción realizada por José Luis Martín Descalzo a partir de la obra francesa Prières , publicada apenas unos años después de la caída de Berlín bajo el poder del ejército rojo. A su autor, Michel Quoist, como a mí, le gustaba el fútbol:
“Esta tarde, en el estadio, la noche se agitaba poblada por sesenta mil sombras, y cuando los reflectores pintaron de verde los terciopelos del inmenso césped, la noche entonó un canto clamado por sesenta mil voces. (…) Cuando a la salida la inmensa masa se deslizaba lenta por las calles demasiado estrechas, yo pensaba, Señor, que la historia humana, para nosotros un largo partido, era para Ti la gran liturgia, prodigiosa ceremonia que comienza con el alba de los tiempos…”.

Quizás fue la memoria de estas oraciones leídas en la juventud y releídas con posterioridad la que me hizo decir que sí a Antonio, por entonces párroco del Santuario de Las Nieves, cuando me propuso que escribiera algo a propósito de la erupción del volcán de Cumbre Vieja. Desde aquel día, todas las semanas, con volcán despierto o adormilado, Antonio, entonces rector, y en este momento Fernando, que vive ahora aquella misma misión, tuvieron a bien incorporar un pequeño texto bajo el título: “Oraciones desde el Santuario”. Además del nombre, hay otras diferencias con la obra de Quoist.

A diferencia del autor de Prières, cura obrero y sociólogo, que vivió la tragedia de las guerras del siglo XX, yo, nacido en historia más mansa, no me dirijo en esas oraciones al Dios Padre, al que los hebreos llamaron Elohim (emparentado, claro está, con el término Alá) y que acentúa la trascendencia de Dios, arriba, en lo alto. Por tradición recibida, mis palabras se dirigen a María, la Señora, la Madre, la que hizo al “Enmanuel” (el que se “abajó” y se “anostró” y puso su tienda entre las nuestras). Otra diferencia con el librito de Quoist está en la longitud de los textos. El autor de Prières, con un mayor sentido poético, pero hijo del realismo existencialista de la posguerra, se alarga en detalles y narraciones. Aunque soy solo un habitante colonizado por el mundo digital, la métrica corta de las redes sociales y el espacio dedicable en el soporte impreso de Las Nieves me llevan a textos más pequeños, con pocos detalles. Un planteamiento conciso con una petición o una exclamación de alabanza. No da para más. Aun así y todo, a alguna de mis lectoras le sigue resultando excesivamente largo.

Pero, en lo demás, las oraciones de Quoist y las mías convergen en el Santuario, es decir, en la calle, o si prefieren, en la oficina, la escuela, el centro de salud, el monte, la multitud, el despacho, el bar, la radio, la gestión… En esto, soy hijo de Lucas y Araceli; entre amores y contradicciones, solían acompañar con alguna oración desafiante la realidad que nos llegaba del mundo. Le conté a Osvaldo, el compañero del Mofongo, que una vez, papá me mandó a su cuarto a buscar la cartera para pagar al panadero. Al entrar vi que bajo el crucifijo había colocada una foto de una hambruna africana y, sobre ella, escrita a mano, esta pregunta: “¿Por qué, Señor?”. También soy hijo del santo de Loyola, que insistía en pedir el don de ver a Dios en todas las cosas y a todas en Él, porque Dios se muestra en nuestra historia.

De hecho, en la conversación con Osvaldo, aparecieron también los nombres bíblicos de Dios, ese que lo llama Elohim, y que apunta al Señor de Arriba, que tiene todas las cosas en sí, y aquel otro que lo considera Yahvé, el que se muestra, el que sale al encuentro, el que es en el camino. Claro que, como todo creyente, necesito explicitar que el Misterio no se explica, ni se utiliza. Solo se adora o se contempla al ver el sol nacer hacia lo alto. Y por eso, la novena y el rosario, el silencio del Santuario. Pero está el Dios que se muestra en la historia, que está en cada herida y en cada batalla, en cada encuentro, en cada tarea, el Dios de Moisés enviándolo a sacar a su pueblo de Egipto y que no admite excusa; es ese el que me tiene a veces en el Excel, otras en la reunión del comité de empresa, muchas en el locutorio y otras en el hospital, el mercado o internet.

Esta vez, no me tomé el mofongo. Demasiado chicharrón para luego pretender dormir la noche a mi edad. Volví con una ensalada César en el estómago. Al amanecer, en la pequeña capilla de la casa, un rato de adoración. Luego, el Excel, la conversación y las redes sociales, es decir, el Santuario, o como lo quiso titular el traductor de Prières, la calle. Por otro lado, Dios mío, traigo a Quoist y su presencia (ahora en tu gloria) para que tu mano de gracia atraviese los corazones de los que nos llevan hacia las guerras (¡son tantas!)

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