
La hermana Jazmín me subraya que cuando era pequeña, en su casa, en Restauración, frontera dominicana con Haití, no había tele. “Mamá nos recordaba que llegaba el viernes santo y que había que hacer silencio”. Sonriente, me cuenta alguna de las historias que circulaban: “El vecino fue a trabajar en viernes santo y el burro le habló y le dijo que no era día de trabajo”. Le pregunto también a Eugenio, compañero jesuita, por su primer recuerdo infantil de la Semana Santa: “Íbamos al río, en silencio, a bañarnos, como en agua bendita, para limpiarnos”. Jazmín y Eugenio no disimulan la necesidad de silencio para poder vivir su fe.
Dice Byung-Chul Han que sin el silencio, no podemos escuchar a Dios. Es cierto que Dios está presente como algún tipo de referencia o vivencia en la inmensa mayoría de la humanidad. El profesor coreano, que proviene de un contexto oriental occidentalizado y exitoso, como Corea del Sur, asegura que Dios no ha muerto, pero que en realidad, al menos en el mundo occidental, quien anda moribundo es el modo de ser humano que era capaz de escuchar a Dios. Cierto es que la sociología muestra con números claros, que en el mundo donde triunfa el capitalismo y el consumismo, la filiación a una denominación o la participación en prácticas religiosas o decrece o adquiere otros significados.
Sin embargo, hay muchos signos de que lo de Dios no termina de irse. Quien haya participado en alguno de los conciertos Lux, de Rosalía, esta cantante flamenca que hace pop y otras cosas, quizás no necesite saber que lo que allí ve parte de un deseo que, en palabras de la artista, “solo Dios puede llenar”. El éxito del libro de Javier Cercas “El loco de Dios en el fin del mundo” puede sumar en la misma dirección: hay un deseo que no conseguimos manejar. Y, si les parece, que el papa León venga de visita pronto pues indicaría algo sobre ese deseo.
No pienso que, sin embargo, el éxito musical de algunas propuestas, las ventas de un libro o la pertinencia de una visita indiquen que la fe, en nuestra sociedad, tiene buena salud. De hecho, no recuerdo nunca que haya tenido buena salud. El mensaje de Jesús sigue siendo chocante, así que no está de más recordar que la mucha participación religiosa huele con frecuencia a un modo de saltarse el segundo mandamiento: “No pronunciarás el nombre de Dios en vano”. Mientras que el primero, “amarás a Dios sobre todas las cosas”… tiene algunas notorias realizaciones en la historia, pero no son mayoría. De hecho, las personas que hemos considerado santas, cuando se miran a sí mismas no dejan de ver la mala salud de su propia vivencia de la fe.
Mi memoria alcanza a los años finales del franquismo con una Iglesia oficial peleada con el régimen y muchas comunidades de base celebrando el decreto de libertad religiosa del Concilio Vaticano II. Esos recuerdos conviven con aquellos en los que alguno de mis profesores del instituto se burlaba de mis creencias y anunciaba solemne: “Ni el ajo, ni la misa, ni el pimiento tienen mucho alimento”. Así que nos movíamos entre creyentes que querían aplastar a los que no pensaban como ellos y no creyentes que también actuaban con el mismo tino. A eso hoy lo llamaríamos polarización. Pero ninguna de las dos posiciones refleja buena salud de la fe cristiana.
¿Tiene razón Byung-Chul Han cuando pone el acento en la muerte de las capacidades humanas de contemplación y escucha? Sospecho que algo de verdad hay. Por eso, en el esfuerzo diario de trabajar y vivir en nuestra sociedad necesitamos tiempos de entrenamiento para la escucha. Lo digo por experiencia propia: ¡me cuesta mucho escuchar! Al fin y al cabo orar es, sencillamente, estar a la escucha.
Es verdad que muchos de los autores que estudian el fenómeno secularizador no le dan demasiada relevancia a la crítica religiosa hecha desde la ciencia, puesto que casi nadie está muy preocupado por demostrar la existencia o no de Dios, porque el misterio es evidente. La crítica de las otras ciencias, las ciencias sociales afectarían sin embargo a la plausibilidad de las instituciones (los gobiernos, los partidos políticos, las ONG y, por supuesto, las iglesias), y es cierto que sin una estructura comunitaria donde vivir la propia fe, esta se diluye, al menos como comportamiento público y social. Así y todo, nuestro ya citado pensador germano coreano, creo yo, parece insistir que todo esto no queda más que como suma al ruido de nuestros tiempos y, claro, con tanto ruido, es difícil escuchar, es decir, orar, o sea, creer.
Acabemos con otra conversación sostenida estos días de Semana Santa. Mi compañero Jean Robert Dery, jesuita haitiano, me cuenta que ha pasado por muchas sociedades en su formación: Haití, República Dominicana, Canadá, España, Brasil. Además, ha estudiado la crítica psicoanalista, el marxismo, las posiciones de la teoría de la ciencia. Le pregunto por cómo le ha cambiado la fe con tanto viaje y tanto estudio: “No diría que mucho”, me responde. Y pausado, argumenta:
“Al final, lo que me queda es confiar. No fiarme de cualquier cosa. Es como lo de las mujeres que van hacia la tumba y se preguntan quién les quitará la piedra. Aquí, en Haití, la piedra es muy pesada. Ellas son capaces de escuchar y descubren que alguien ya movió la tumba, que no hay que buscar entre los muertos al que vive y que hay que contar a los discípulos que Él les espera en Galilea”.
Ya ven, nos espera en Galilea, las fuentes de la propia experiencia, donde se encontraron con Él la primera vez. Al parecer, porque sabían escuchar.
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