
Manuel Marcos.
La isla de La Palma se encuentra en una encrucijada silenciosa pero decisiva. Durante décadas, su economía ha descansado de manera casi exclusiva sobre el cultivo del plátano, un sector que ha aportado estabilidad, identidad y sustento a miles de familias. Sin embargo esa dependencia, en el contexto actual, ya no basta para garantizar el futuro. Menos aún en un territorio marcado por un acusado envejecimiento poblacional, especialmente en el arco norte de la isla, donde la pérdida de población joven es cada vez más evidente.
El problema no es solo demográfico, sino estructural. La falta de oportunidades laborales diversificadas está empujando a muchos jóvenes, incluso a los mejor formados, a abandonar la isla en busca de un proyecto de vida viable. Esta fuga de talento empobrece el tejido social y limita la capacidad de innovación y adaptación de La Palma ante los retos del siglo XXI.
Esta preocupación no es nueva. Durante mi etapa como alcalde de San Andrés y Sauces, la pérdida de población era ya una inquietud constante. En aquellos años, en el marco de un proyecto orientado al desarrollo integral del norte de la isla, un equipo técnico llegó a plantear que no debía preocuparme tanto la disminución de habitantes como la calidad de los servicios que se prestaban a los vecinos. Sin embargo, la realidad ha terminado por demostrar que ambas cuestiones están profundamente ligadas. Sin una base poblacional suficiente, especialmente de población joven resulta imposible sostener esos mismos servicios que se pretendía proteger: sin alumnado no hay centros educativos viables; sin población activa, el comercio local se debilita; sin masa crítica, los servicios sanitarios y sociales pierden capacidad.
En este escenario, la diversificación económica deja de ser una opción para convertirse en una necesidad urgente. No se trata de sustituir el plátano, sino de complementarlo con otros sectores productivos capaces de generar empleo estable, atraer población joven y dinamizar el territorio. En este sentido en el modelo de la denominada “Ley de Islas Verdes” -aprobada en el Parlamento de Canarias – se mantienen los postulados básicos de desarrollo turístico sostenible en suelo rústico para integrar esta actividad con el paisaje agrario. Lo que es, sin duda, una hoja de ruta interesante.
La Palma reúne condiciones excepcionales para impulsar este modelo. Su riqueza paisajística, su biodiversidad y su identidad rural constituyen una base sólida para un turismo diferenciado, alejado de la masificación. A ello se suma un activo estratégico de primer nivel: el Observatorio del Roque de los Muchachos, uno de los complejos astrofísicos más importantes del mundo. La vinculación entre ciencia y turismo, a través del astroturismo o turismo de las estrellas, abre una oportunidad única para posicionar a la isla en un nicho de alto valor añadido, compatible con la sostenibilidad y la conservación del territorio.
No obstante este cambio de modelo no está exento de resistencias. Las grandes patronales turísticas del archipiélago observan con recelo el desarrollo de alternativas que se alejan del turismo masivo de sol y playa que ellas han explotado durante décadas. Pero La Palma no puede – ni debe – replicar ese esquema. Su fortaleza reside precisamente en ofrecer algo distinto: un modelo más humano, más sostenible y más conectado con su identidad.
Apostar por la diversificación implica también reforzar otros ámbitos como la economía digital, la investigación científica, las energías renovables o la formación especializada vinculada al territorio. La conectividad, tanto física como digital, será clave para atraer nuevos perfiles profesionales que puedan desarrollar su actividad desde la isla sin renunciar a oportunidades globales.
El reto, por tanto, no es menor. Se trata de construir un modelo económico más resiliente, capaz de generar oportunidades sin comprometer los valores que hacen única a La Palma. Un modelo que permita a los jóvenes quedarse, regresar o incluso elegir la isla como lugar de vida.
Porque el verdadero riesgo no es cambiar, sino no hacerlo. Y en ese inmovilismo, La Palma no solo perdería población, sino también futuro.
*Manuel Marcos Pérez Hernández, ex diputado autonómico por La Palma.
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