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Samuel Tomás González Pérez/ Nota de agradecimiento

Hospital de Dolores, la otra familia

  • No es fácil condensar nueve años en un texto (…) De corazón, ¡Gracias!

No es fácil condensar nueve años en un texto. Seguramente, la forma más acertada de hacerlo es dando simplemente las gracias. Sentidamente, ¡gracias! Mi abuelo, Fernando Pérez Vidal, ingresó en el Hospital Nuestra Señora de los Dolores de Santa Cruz de La Palma en agosto de 2005.
No podíamos imaginar que el momento más duro para mi familia, vernos obligados a dejar a mi abuelo en un hospital geriátrico, acabaría por convertirse en el gen de otra familia y de historias de amor verdaderamente inolvidables para nosotros.
Sólo con altas dosis de amor, de cariño, de intenso cuidado, se explica que mi abuelo, que llegó al Hospital de Dolores con un pronóstico nada favorable dada su edad, su enfermedad y su fractura de cadera, haya prolongado su vida durante nueve dignísimos años.
Dignidad para él. Esa era la natural preocupación de mi familia. Bastaron unas pocas visitas para comprobar que lo era también para la otra familia, la que allí encontramos. El mimo que hacia él y nosotros han dispensado médicos, enfermeras, auxiliares, celadores, cocineros, peluqueras, monjas y un largo etc., es difícilmente descriptible y, por supuesto, imborrable.
Mi abuelo, Fernando Pérez Vidal, falleció en el Hospital de Dolores el pasado 30 de diciembre de 2014. Mi abuela, su esposa, María del Rosario González Ramos, lo hizo quince horas más tarde en el Hospital General de La Palma. Tras 70 años de relación.
Ellos vivieron el Hospital de Dolores desde los dos puntos de vista. Él, como enfermo. Ella, como visitante. Cada día, a las cuatro de la tarde, allí estaba. Durante nueve años. La atención a ambos fue exquisita en todo momento. Mi familia, en cuyo nombre escribo, estará eternamente agradecida.
Dejamos atrás historias increíbles que han sido posibles por la filosofía del centro. Cada tarde, durante 120 minutos, el Hospital de Dolores facilita que enfermos y familias compartan realidades, emociones, satisfacciones, penas. En definitiva, la creación de lazos, afectos. Un universo compartido. ¿Qué es eso si no una familia?
Pondré algunos ejemplos reveladores. Durante su estancia, mi abuelo, con más de 90 años, amante de la cultura popular palmera – admiraba profundamente a su hermano, el investigador y académico José Pérez Vidal – entabló una preciosa amistad con la nieta de otra enferma, una joven estudiante veinteañera.
Fallecida la abuela de la muchacha, ella siguió visitando cuando podía a mi abuelo, cuya alegría era palpable cada vez que atravesaba el dintel de su habitación. Hablaban de arte, de sus manifestaciones en la Isla, él leía poemas, etc. Ha sido verdaderamente emocionante para mi familia reencontrarla y, en algunos casos, conocerla en el sepelio de mis abuelos. Se lo debemos al Hospital de Dolores.
Como sobrecogedor fue el momento en que llegamos el crematorio para su incineración y nos encontramos esperando, un día 1 de enero antes de las diez de la mañana, a alguien de esa otra familia. Alguien a quien tratamos de hacer llevadera su llegada al Hospital, a sabiendas de lo duro que es ingresar allí a un ser querido.
Se hicieron mutua compañía, compartieron muchísimas tardes de risa, de llanto, de conversación amable junto a mi abuelo, mi abuela, personal del Hospital, etc. El padre de la joven falleció hace algún tiempo, pero el contacto ha permanecido.
No obstante, en la vorágine del desenlace de mis abuelos, no acertamos a avisarla. Lo hicimos tarde, cuando sólo había tiempo para acudir al crematorio. Reitero para que se valore, pocas horas después de año nuevo. Y allí estaba. Esperando. Jamás olvidaremos ese momento, ese gesto. Se lo debemos a ese maravilloso ser, pero también al Hospital de Dolores que facilita esas relaciones.
Hay muchas más historias, más momentos, más personas. Y desde luego, sabemos bien que, igual que para nosotros ha aparecido esa otra familia, cada enfermo y cada familiar crean todas las tardes maravillosos y profundos vínculos.
Entre ellos y con el personal del Hospital Nuestra Señora de Dolores. Porque sólo es posible por su abnegado trabajo desde el momento en que suena la campana que anuncia la conclusión de la visita.
Ya sin los focos de nuestra presencia, todo un grupo de excelentes profesionales hacen posible la dignidad para que sea palpable y tranquilizadora al día siguiente a partir las 16:00 horas.
Para mi familia, esa campana ha tocado por última vez. O no, quién sabe. Pero tenemos claro que, de necesitarlo, el Hospital Nuestra Señora de Dolores es el lugar ideal. Creemos firmemente que ofrece un modelo de atención que conviene mantener vivo.
Incluso, si fuese posible, en ese edificio de la calle San Vicente de Paul de la capital palmera. Seguramente, las instalaciones y equipos necesitan mejoras, y ojalá pudiese destinarse inversión a ello.
Pero nuestra experiencia de casi una década nos dice que son sus patios y sus mágicas zonas comunes, así como sus fantásticos y atentos profesionales, los factores que dan pie a lo que hace grande al Hospital de Dolores: la experiencia compartida y la dignidad para nuestros mayores. Suena la campana. De corazón, ¡Gracias!

Samuel Tomás González Pérez,
en nombre de toda la familia de Fernando Pérez Vidal y María del Rosario González Ramos.

 

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