
Acercarnos al pensamiento antiguo es bastante complejo y dificultoso; máxime cuando tratamos con poblaciones históricas mezcladas culturalmente. Así y todo, mantenemos algunos documentos, relatos, restos arqueológicos y topónimos que nos permiten un acercamiento a su manera de entender el mundo. Y, en este sentido, es obligatorio acudir al mito entendido como la forma de pensamiento más arcaica y extendida entre los antiguos canarios.
Fuera de contexto y con visión actual, Idafe no es más que una roca inerte en la Caldera de Taburiente. Ahora bien, para los antiguos habitantes de La Palma, ¿era solo un roque o era algo más? Ya no se trata de creer o no creer; el mito existió y existe, creando procesos y componentes (historias, relatos sobre seres superiores, ídolos…) reveladores socialmente y de carácter muy diversos. Principalmente, se enmarcan en lo sagrado, siendo creídos y aceptados por la gente como verdades sin más.
En el mismo corazón de La Caldera de Taburiente se encuentra el idolatrado Roque Idafe. Se ubica justo sobre la confluencia de los dos cauces de agua, presidiendo la principal entrada a la Caldera de Taburiente y dando paso al nacimiento del Barranco de Las Angustias. De ahí que mantenga una estrecha relación con la naturaleza envolvente de Taburiente.
Idafe es una conciencia creada como imagen animada a partir de un monolito de piedra; la ilusión de pensar un espacio, asimilada en el objeto material que representa como percepción de una persona con cuerpo y cabeza. Quedó registrado en la memoria cuando Abreu Galindo (siglo XVI) recogió un pasaje de una riqueza mitológica excepcional: «roque o peñasco muy delgado, y de altura de más de cien brazas, donde veneraban a Idafe, por cuya razón al presente se llama el roque de Idafe». Afirma que tenían tanto temor a que se cayese y los matase que acordaron que todos los animales que sacrificasen para comer, le diesen a Idafe las asaduras. Iban en procesión cantando hasta llegar a sus cercanías, diciendo: Y iguida y iguan Idafe, «dice que caerá Idafe», y respondía otro: Que guerte yguan taro, «dale lo que traes y no caerá». Después de arrojar al suelo las asaduras se marchaban. El mantenimiento iba acompañado por rituales que implicaban ofrecer tributos, pues, al igual que los humanos, Idafe tenía cuerpo y alma; necesitaba comer para seguir vivo y mantenerse firme, pues temían que, si caía, traería la ruina a toda la Isla.
La tradición siguió viva hasta hace muy poco tiempo. Los cabreros que andaban por la Caldera, hasta los años de 1990, seguían mirando a Idafe y rememorando los malos presagios que se desatarían si se desmoronara. A pesar del cambio cultural, el cristianismo siguió percibiendo en Idafe un portento espiritual. En este sentido, el domingo 12 de agosto de 1956 se realizó la primera misa en la Caldera de Taburiente, al pie del sagrado Roque Idafe. La imagen es enormemente significativa.
Los ídolos de piedra son creaciones humanas (imago) muy comunes desde el Paleolítico como representaciones de entidades divinas, antepasados y héroes, pero también personificaban conceptos abstractos como los relacionados con la fertilidad o la protección. Por eso Idafe era honrado y respetado, siendo objeto de periódicos sacrificios y rogativas.
No era una roca cualquiera; era un modelo natural semejante al cuerpo humano imperecedero que superaba la materialidad y recreaba un escenario de ámbito y ambiente ideal que pertenecía exclusivamente al dominio del imaginario colectivo y de la geografía mítica. Así que para acercarnos a su comprensión, no queda más remedio que operar desde el pensamiento simbólico y mítico –no científico– que tiene su propia lógica acorde a la realidad, aunque su significado pase a un segundo plano, ya que prevalece el discurso aprehendido y repetitivo. Su posición simbólica le confiere un título de guardián del territorio, aunque su singularidad nunca agota su complejidad.
¿Qué tiene el Roque Idafe para llegar a ser idolatrado? No olvidemos que en el pensamiento antiguo las piedras pueden ser animadas, participan de la naturaleza física y mental, de la percepción y de las emociones, y, por poco que una forma les detenga la mirada y les llame la atención, pueden cargarse de fuerza mística e influir en la suerte de la colectividad de manera dichosa o nefasta.
Cuando abordamos el mundo de la antigüedad, debemos afrontar que un roque puede ser venerado. Así de claro. Las piedras formaron parte del culto indígena. Existen en La Palma más de medio millar de estaciones de grabados rupestres elaborados sobre piedra; más de 100 estaciones de canales y cazoletas, y más de 150 yacimientos de cazoletas de mar, todas ellas ejecutadas sobre piedra; más de 70 amontonamientos de piedras.
El topónimo Idafe se nos presenta como la clave para desentrañar su función. Álvarez Rixo le da el valor -afe «pico», obtenido a partir del análisis del topónimo Tenerife. Primero Juan Bautista Lorenzo y luego Álvarez Delgado confirman la fórmula «pico» desde el análisis como ida-fe «sagrado (divino) pico». Con anterioridad, Abercromby apuntaba la posibilidad de que Idafe tuviera el valor de columna o soporte del mundo, confirmada posteriormente por Rössler, y a la que se han sumado posteriormente investigadores como Antonio Tejera Gaspar.
Otras interpretaciones se las debemos a D. Wölfel: adaf-adafen, «centinela», «sirviente», «vigilante», donde el sustantivo tidaf cobra su sentido a partir del valor del verbo con significado de vigilancia. El profesor Ahmed Sabir confirma que en el sudoeste de Marruecos existen ciertas clases de nombres etimológicamente antropónimos colectivos relacionados con los lugares donde se ubican o en alguna característica propia de ese mismo sitio. Este es el caso de Idafe. Según el citado autor, el verbo duf, abstracción hecha de cualquier contexto, admite al menos significados graduales que van desde el simple hecho de «ver» hasta el de «vigilar», pasando por el de «mirar» y «observar».

Primera misa en la Caldera de Taburiente. Foto de Manuel Rodríguez Quintero, A.GEBB
¿Qué observa o vigilaba Idafe? ¿Cuál era su función? No hay muchas palabras para definir unas creencias que el tiempo y la memoria se han encargado de desvanecer. Idafe es un verdadero centinela espiritual; presenta una fórmula de ser protector, representante de lo divino y lo terrenal; se le habla, se le suplica o se le invoca, se le llevan ofrendas (comida) porque sienten la presencia de una fuerza mística diferente y difícil de explicar para nuestra mentalidad científica. Un roque que para nosotros no es más que un monolito pétreo, para los awara estaba cargado de potencia y espiritualidad. Esa gran roca con forma humana no es lo que parece ser a simple vista. Nuestros antepasados no sólo hacen imágenes verbales, sino también imágenes figuradas. Imploran a las estatuas para que los proteja y le llevan ofrendas producto de una libación. La imploración y el sacrificio están plenos de sentido simbólico, mientras Idafe conserva su significado. La creencia se ciega, se aferra al monolito y hace de ella un mito.
El roque es una evocación a la montaña, de elevación sagrada que lleva directamente al cielo o a la morada de los dioses, pero es asimismo, la atalaya, el torreón que vigila y protege. Nace de la tierra y del agua que lo rodea, y allí se mantiene firme para provocar el esfuerzo, el miedo, el heroísmo y lo incontrolable. Tanto la forma como el nombre reflejan una tendencia antropomórfica arraigada, y es que la silueta de Idafe se asemeja a una forma humana. Por eso, entendido dentro de su cosmovisión, debe ser alimentado simbólicamente para que siga en su puesto y no muera, lo cual desencadenaría la ruptura de la armonía de la naturaleza y la desaparición de la propia colectividad.
En definitiva, el roque Idafe personificaba el mito y la custodia del espacio, reflejando una parte importante de la cosmovisión awara y cuyo principal cometido era cuidar de que el mundo mantuviera eternamente la armonía y el orden natural.
Miguel A. Martín González, historiador y profesor
Bibliografía
– Abreu Galindo, J. (1977 [1602]): Historia de la conquista de las Siete islas de Canaria. Goya Ediciones
– Martín González, M. A. (2022): Cosmovisión awara. Ediciones Bilenio
– Sabir, A. (2001): Las Canarias preeuropeas y el Norte de África. El ejemplo de Marruecos: paralelismos lingüísticos y culturales. Al-Maarif
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GALVA
Un moai, un símbolo fálico…Cualquiera de esos delirios paganos.
YA CAERÁ POR EROSIÓN.
Toda esa peña Neolítica creía en parecidos mitos; luego iban a rapiñar ganado al Cantón de enfrente, y abrirle la cabeza a pedradas a quien se lo impidiera…
No eran santones haciendo yoga awara…Y tampoco esa meditación les servía de mucho, porque estaban en externa lucha cantonal. 😉
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