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El callejón

Shyamalan recupera el pulso

El cine norteamericano, que es una industria que se alimenta de la diversificación y que compartimenta sus productos dentro identitarios rasgos genéricos, recibió como una bendición el tercer largometraje de Manoj Night Shyamalan (Mahé, Pondicherry, India, 6 de agosto de 1970), El sexto sentido (1998), que con inusual maestría alternaba la intriga de corte policíaco con el terror de escalofríos sobrenaturales. El rotundo éxito de esta cinta, que encumbró a su realizador y guionista y mostró las posibilidades dramáticas de su estrella protagonista, Bruce Willis, eternamente encasillado en su rol de tipo duro, se prolongó con el siguiente film, El protegido (2000), en el que Shyamalan se adentraba en el thriller fantástico, de la mano del universo de los superhéroes de cómic, y se amplió con la excelente acogida brindada a Señales (2002), pesadilla doméstica, relatada a partir de una invasión extraterrestre, que es una de esas películas que uno no se cansa de ver una y otra vez.

El idilio del cineasta de origen hindú con la taquilla comenzó a quebrarse con El bosque (2004), fábula atemporal que refleja con extraordinaria sutileza la paranoia que se suscitó en buena parte de la sociedad estadounidense, a raíz del 11-S, y que ha sido el caldo de cultivo donde ha fermentado el virus Trump.

La posterior (y muy incomprendida) La joven del agua (2006), especie de cuento de hadas que, como en las mejores de sus historias, se desdobla en varios pliegues narrativos para, en este caso, hablarnos de una preciosa redención personal, encarnada por un médico con problemas de autoestima, al que da vida un soberbio Paul Giamatti, se estrelló de nuevo en las cifras de recaudación y la confianza de Hollywood en Shyamalan se resquebrajó casi por completo.

A esta pieza, de extraña factura y tiernas intenciones, le siguieron tres estrepitosos fracasos, que de forma consecutiva estuvieron a punto de sepultar para siempre la carrera de quien, en su momento, fue el guionista mejor pagado de la industria: ni con El incidente (2008), torpe intentona de reverdecer laureles de antaño, ni en Airbender: el último guerrero (2010), desconcertante adaptación de una serie de animación japonesa, ni mucho menos con After Earth (2013), a la que ni siquiera la presencia del popularísimo Will Smith consiguió salvar de la debacle, logró el bueno de Manoj Night Shyamalan levantar cabeza.

Llegó incluso a intentarlo desde los despachos y La trampa del mal (2010), un thriller, basado en una idea suya y producido por él y que explotaba, en el interior de un ascensor, el pánico ancestral que muchos sentimos ante los espacios cerrados, pasó con más pena que gloria por las salas de medio mundo.

En una huida desesperada a otro medio, menos comprometedor desde el punto de vista financiero y más proclive a los experimentos con gaseosa, en 2015, Shyamalan se embarcó en la producción, como creador, libretista y alma mater, de la serie Wayward Pines, inspirada en las novelas homónimas de Blake Crouch. Con dos temporadas de duración y desiguales resultados, esta ficción científica, con toques de suspense y horror al más puro estilo gore, casi agota su potencial en su episodio piloto, Estar en el paraíso, escrito y dirigido por el propio Shyamalan, quien ofrece en esta magistral pieza bisutería televisiva (digna de figurar en una antología de la mítica The Twlight Zone) unos primeros síntomas de recuperación.

Hace dos años se produce también su regreso a la gran pantalla, con la modesta y, a la vez, encantadora La visita: un divertimento de serie B, rodado bajo las coordenadas del subgénero de las “falsas filmaciones”, que ha proporcionado cuantiosos dividendos a los estudios gracias a engendros tales como El proyecto de la bruja de Blair (1999), Paranormal Activity (2007) o la española Rec (2007) y sus respectivas secuelas y sucedáneos.

Sujeto a las limitaciones técnicas de la cámara en mano, Shyamalan hace de tripas corazón y, consciente de que, en determinadas ocasiones (y ésta es una de ellas), menos es más y de que de la necesidad brota la virtud, obtiene noventa minutos de diabólico entretenimiento, aderezados con unos cuantos sustos impagables, de genuino terror, salpimentados con las adecuadas dosis de humor inteligente que parecía haber perdido para siempre.

Por suerte para los que amamos el buen cine y, casi por encima de todo, la experiencia de ver buen cine, sin prejuicios, ni etiquetas, ni demás zarandajas discursivas, el pasado jueves descubrimos, alborozados, que Manoj Night Shyamalan está de vuelta y disfrutamos con su última propuesta, Múltiple, como un niño que se reencuentra con sus antiguos juguetes, aquellos que creía olvidados en el fondo del armario empotrado de su cuarto.

Cual demiurgo que no ha perdido ni una sola de sus facultades prodigiosas, Shyamalan hilvana en este nuevo relato, de atmósfera enfermiza e inquietante, el horror cotidiano y atroz de los abusos a menores con el delirio mental al que se condena a sus víctimas, encerradas aquí en un laberinto intrincado, angustioso y terrible (reverso monstruoso de una realidad insoportable), del que tan sólo podemos evadirnos con ayuda de la compasión y de la fantasía.

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