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El callejón

Macronmé

Acuciados por la crisis económica, institucional y migratoria, las principales fuerzas políticas francesas de toda la vida (a derecha e izquierda del espectro ideológico), urdieron, tejieron y bordaron hace un año una fórmula intermedia, una tercera vía, que permitiese postular una candidatura de consenso a la presidencia de la República: un aspirante joven, un rostro relativamente nuevo, una alternativa con el pedigrí justo y el expediente limpio, que impidiese el acceso al poder del ultraderechista Frente Nacional, que encarna con su discurso antieuropeo y xenófobo lo más abyecto y censurable de un país que, histórica y trágicamente, ha demostrado, con consecuencias devastadoras, su condición antisemita.

En este sentido, el incontestable triunfo electoral de Emmanuel Macron no sólo supone un respiro para la élite político-empresarial que mangonea a su antojo a la UE, bajo el yugo y las flechas de la Alemania reunificada con la que nunca soñó Hitler, sino también insufla una bocanada de aire fresco, de oxígeno enriquecido y enriquecedor, con el que socialdemócratas y gaullistas tratarán de reinventarse y fortalecerse para volver, dentro de siete años, con garantías de revancha y de éxito y desalojar del Elíseo al imberbe e insolente treintañero y para que luego llore su previsible derrota en brazos de su mujer madura.

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