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El callejón

Lo que no será demolido

La increíble y autodestructiva vocación de este país de maltratarse a sí mismo, con la complicidad absolutamente inaceptable de una caterva de dirigentes políticos y empleados públicos, entregados con enfermiza pasión al enriquecimiento ilícito (repugnante desafuero en el que caen prácticamente todos y todas, aforados o no, deseosos de forrarse: diputados, ministros, senadores, presidentes, jueces, monarcas, concejales, secretarios de ayuntamiento, futbolistas y un laaaaargo etcétera), lo que coincide, de un tiempo a esta parte, con la llegada a la presunta élite dirigente de lo peor y más mezquino de cada casa, vive cada año el bochornoso y ya tradicional acto de protesta en que una multitud anónima de ruidosos y vociferantes sonajas han transmutado la interpretación del himno nacional, en los prolegómenos de la final de la Copa del Rey de fútbol.

Para más inri, en su último año de existencia, el estadio Vicente Calderón será, una vez más, el escenario en donde se producirá semejante expresión de la imbecilidad humana llevada al más estrepitoso de los ridículos.

Sin embargo, el desatino de brindar este recinto como espacio escénico para la patochada, indigno telón a medio siglo de historia, únicamente es imputable a los actuales gestores del club del Manzanares, que jamás han estado a la altura de la centenaria trayectoria de la institución que presiden y que ni muchísimo menos han tenido en cuenta el parecer general de su masa social y de la mayoría de sus sufridos aficionados. Ajenos a la sensibilidad del mismo público que, con su lealtad y fidelidad, alimenta sus cuentas corrientes, Gil & Cerezo, Cerezo & Gil, vuelven a anteponer sus intereses bastardos y han preferido contentar a la muy putrefacta Real Federación Española de balompié e ignorar, por tanto, el clamor de la hinchada.

Por suerte, la despedida oficial del Calderón tuvo su momento culminante el pasado domingo, a la terminación del último partido de Liga del presente campeonato, que el Atlético disputó contra su casa matriz, el Athletic Club de Bilbao.

Durante aproximadamente una hora, desfilaron por el césped las chicas del equipo femenino (flamantes campeonas del título de Liga), ex jugadores, los miembros de la actual plantilla y los integrantes del cuadro técnico, con su primer espada, Diego Pablo El Cholo Simeone, que tuvo el honor de poner broche al acto, con una breve alocución, cuajada de sentidas, precisas y acertadas palabras.

Con anterioridad y justo antes del turno del capitán, Gabi Fernández, se escuchó, entrecortada y temblorosa, tocada por la emoción, la voz inconfundible de uno de los iconos fundamentales para entender el sentimiento atlético de la vida, José Eulogio Gárate, quien describió al club como “una gran familia”.

En las gradas, repletas de gente diversa, perteneciente a varias generaciones, las lágrimas humedecían los ojos de niños y adultos, padres e hijos, mujeres y hombres, abuelos y nietos, y, a dos mil kilómetros, me descubrí a mí mismo presa de un llanto incontenible, triste y melancólico, fruto de la convicción de que con el final del Vicente Calderón se van un montón de recuerdos, una parte de la infancia que no volverá y el rastro indeleble de un fútbol (el de la década de los setenta y ochenta) sin duda de peor calidad aunque mucho más auténtico y genuino que este entretenimiento carísimo y de ínfimo nivel competitivo (no en balde los rendimientos de las grandes corporaciones y la ingerencia política han potenciado a los dos mastodontes en detrimento del resto: manada de hienas que de disputan la carroña), esta plana diversión de proezas y sorpresas imposibles, apta para contentar a masas de incontables sonajas (adeptos al triunfo prefabricado, indoloro e insípido de Panathinaikos o Farça) y frente al que tan solo se puede oponer el orgullo identitario de pertenecer a una tribu de eternos inconformistas.

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