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El callejón

Quince años de gags genianales

Uno de los rasgos de inteligencia que nos hace distintos al resto de especies que habitan este planeta es la capacidad de reírnos de nosotros mismos. Y bienaventurados los que posean sentido del humor porque siempre se reirán dos veces: de ellos mismos y de los demás.

Quizás nos tomemos demasiado en serio la tragicomedia de la vida y debido a ello dejamos pasar la breve oportunidad que se nos brinda de disfrutar de este corto lapso de la existencia ya que, en lugar de buscar el regocijo y la simple diversión, preferimos malgastar gran parte de nuestras energías en pendencias inútiles y en discusiones estériles.

Por eso resulta tan complicado hacer reír. La condición natural del ser humano es el enojo, derivado del dolor, más o menos intenso, de estar vivo, y el considerar el efímero trayecto entre la cuna y la sepultura como un valle de lágrimas o -como escribe Bécquer- “de eternas nieves y de eternas, melancólicas brumas”.

Encima, para más inri (nunca mejor dicho), las grandes religiones, ya sean panteístas o monoteístas (desde el antiguo Egipto al Fondo Monetario Internacional), han encarecido la vida más allá de la muerte, minusvalorando la importancia de esta pasajera estancia mundana en el más acá, que todos conocemos, y cuyos escasos goces y pocos logros se ven reducidos a la insignificancia frente a la plenitud infinita de la Gloria Eterna, Amén.

Ya en la Grecia clásica (es decir, anteayer) existía una inflación de la metafísica (sí, desde entonces los helenos vivían ya por encima de sus posibilidades y no contentos con comprometer la liquidez de las arcas públicas comenzaron a hipotecar el alma de los ciudadanos) en detrimento de la física a secas y la escuela de pensamiento estoico corrió mejor suerte que la doctrina vitalista propugnada por Epicuro. Incluso en el teatro siempre tuvieron mayor consideración los trágicos que los comediógrafos (que cultivaban un género tildado de menor), mientras los poetas miraban por encima del hombro a los humoristas, sin reparar en que la verdadera esencia del arte no deja de ser un espejismo recubierto por un manto de mentiras.

En un mundo en el que, por lo general, predomina la violencia y el miedo y sólo el amor sirve de única fuerza compensatoria que impide nuestra autodestrucción, la risa, ese eficaz remedio contra la melancolía, ha quedado relegada a un segundo y hasta un tercer plano dentro de las emociones primarias a las que tenemos derecho desde que llegamos aquí. Algo que hacemos, por cierto, en medio de un llanto inducido y que es nuestra forma espontánea de decir: “¿Por qué? ¡Con lo a gusto que se estaba ahí dentro!”.

Por todo ello, hacer reír es una de las actividades profesionales más complicadas e ingratas. Y el humor es una ciencia compleja que requiere de una alquimia cuyas claves y secretos tan sólo están al alcance de unos cuantos sabios con auténtico talento.

En Canarias, tierra de promisión y de la eterna primavera, el isleño aprendió pronto a cultivar una cierta ironía, socarrona y descreída, que le ha permitido sobrevivir a más de cinco siglos de vasallaje (y a treinta y cinco años de estatuto de autonomía) y soportar con apacible estoicismo toda clase de virreyes, gobernadores civiles y presidentes (¡cielo santo, si hasta tuvimos a Román Rodríguez!).

El humor canario, que es mitad chanza y mitad chascarrillo, está presente, con su pátina de prudente y discreta provocación, en algunos de los ensayos de Viera y Clavijo, en la prosa de don Benito Pérez Galdós, en el teatro del absurdo de Claudio de la Torre, en los poemas satíricos de Domingo Acosta Guión, en los cuentos de Pancho Guerra (magníficamente recreados por el inolvidable José Castellano), en las letras envenenadas de Nicolás Mingorance para la NiFú-NiFá, en los monólogos de Manolo Vieira, en los personajes radiofónicos de Juan Luis Calero, en las ocurrencias del dúo Piedra Pómez, en las canciones del Trío Zapatista, en las viñetas de Morgan, en los entremeses de En clave de Ja, en los ingeniosos versos de Pedro Flores (ganador del penúltimo Premio Ciudad de Santa Cruz de La Palma de Poesía), en los artículos más inspirados de Andrés Chaves y de Luis Alemany, en las agudas coplas de Juan Pérez Delgado ‘Nijota’ o en los chistes que cuenta mi tío Pepe.

[Para todas aquellas lectoras interesadas: José Amaro Carrillo Trujillo reside en Guamasa. Está soltero, dispone de una aceptable pensión como ex empleado de la Telefónica y su corazón aún permanece abierto al amor o a un esporádico]

A tan ilustre nómina de literatos y de cómicos, hay que sumar en los tres últimos años al irreverente, transgresor, blasfemo y trónico Ignatius Farray (monologuista, guionista y actor, natural de Granadilla de Abona), al actor y showman Aarón Gómez, al inigualable Darío López (cuya página web Palante Producciones es una miscelánea de humor audaz con acento canario para los espectadores más inteligentes) y el cuarteto teatral Abubukaka. Todos ellos, precedidos en el tiempo y en el espacio, por El Supositorio: el quinteto integrado por actores y guionistas que, el pasado 7 de julio, celebraron su decimoquinto aniversario de andadura con un espectáculo recopilatorio, en una única función, en el teatro Guimerá.

Procedentes de diferentes ámbitos y con ocupaciones laborales variopintas, Jorge Galván, Conrado Flores, José Juan Ramallo y los hermanos Paco y Domingo Efegé se juntaron inicialmente para pasárselo bien, una vez a la semana, ante los micrófonos de Radio Unión Tenerife, mientras hacían un programa hilarante, titulado El Supositorio. El inusitado éxito de este espacio les animó a grabar unos modestos cortometrajes (La caída de la cápsula Génesis, Jornadas sismológicas en Chigüesque y Jose, el documental) que alcanzaron una notable popularidad entre seguidores y parientes a través de YouTube, plataforma digital que ha servido para la difusión de los trabajos audiovisuales del grupo desde sus modestos principios.

En julio de 2006, preestrenan en el minúsculo pero coqueto teatro Victoria de Santa Cruz, en el curso de un acto graciosísimo y plagado de golpes que me hicieron reír hasta saltárseme las lágrimas, En el sótano se oyen rollos… No vayan, una descacharrante parodia de los programas televisivos centrados en los fenómenos paranormales. A pesar de que se trata de una pieza que dista de ser redonda, los chicos de este simpático quinteto apuntan en ella las principales señas de identidad de su estilo. Un poco a la manera un tanto gamberra y un punto escatológica con la que Monthy Python desmontó tópicos y revolucionó el arte de la comedia en la Inglaterra de los setenta, El Supositorio también opta por la caricatura feroz, mezclada con la sátira despiadada, en la que no dejan títere con cabeza, aderezada con unas oportunas dosis de localismo que convergen en la feliz creación de un espacio imaginario, Chigüesque, en el que estos bufones de barrio se mueven como sargos en el agua y dan rienda suelta a su total anarquía, a su contenido histrionismo y a sus impulsos demoledores.

Este escenario fetiche (que es como el condado de Yoknapatawpha faulkneriano en versión Ofra-Chimisay) se convierte en el escaparate por el que desfilarán todas las criaturas, grotescas, esperpénticas, entrañables, que pueblan Chigüesque TV, una serie de trece programas, de treinta minutos de duración, producidos para la Autonómica en 2007 y que, en una demostración más del sinsentido e inutilidad que caracteriza a los gestores de un engendro que financiamos entre todos como servicio público al dictado del desgobierno de turno, cambió de día y hora de emisión hasta en tres ocasiones a lo largo de su única temporada en antena.

Maltratado por los programadores, que nunca supieron qué hacer con un producto tal vez demasiado fresco y atrevido para una cadena con una audiencia compuesta en su mayor parte por personas que hace tiempo entraron en la tercera juventud, Chigüesque TV mereció mejor suerte, habida cuenta de que algunos de sus sketches figuran entre los más divertidos que se hayan creado desde que la televisión llegase a España cuando Manuel Fraga (q.e.p.d. todos nosotros) todavía era una joven promesa del franquismo.

Esta fallida experiencia en el medio televisivo no desanimó a los componentes de El Supositorio, que optaron entonces por buscar y encontrar su sitio en las tablas de los escenarios, convirtiéndose a partir de ese momento en artistas invitados a galas y a fiestas populares en distintos puntos de las Islas. Constituidos como compañía propia, el quinteto emprende una primera gira por el Archipiélago con su espectáculo El último show de El Supositorio, estrenado en el teatro Guimerá en diciembre de 2008. Aunque contaba con un espléndido arranque, continuamente interrumpido por las carcajadas del público, la función iba decayendo a medida que los espectadores perdían interés por unos gags cuya mecánica resultaba en exceso repetitiva.

Dos años después, los chicos de El Supositorio vuelven a la carretera con Por el camino recto, un montaje dividido en tronchantes escenas con el que llegaron actuar, en el recinto central durante la Bajada de la Virgen de Las Nieves de 2010, con posterioridad a la final del campeonato mundial de fútbol en la que, por unos instantes, Andrés Iniesta nos hizo inmensamente felices a casi todos. Con una duración más reducida que su primer espectáculo, esta segunda aventura escénica contaba con una mejorada puesta en escena y en ella destacaba, sobre todo, una memorable entrevista en directo a Michael Jackson, ataviado con la camisa y el fajín del traje típico de La Orotava, al que daba vida Conrado Flores, profesor de Música en Secundaria y autor de las extraordinarias canciones que jalonan la singladura músico-vocal del grupo, que ya cuenta con hits de la categoría de Hazle caso a la viejita, Cataratas de Pasión (sintonía original del culebrón de igual título), Hembras de ciudad, Dame todo por Chigüesque, El terremoto o Qué bonito es mi Chigüesque, single que conmemora el medio siglo de carrera de Chari Suárez y Los Pinochas.

Casi al mismo tiempo que debutaban en la prensa escrita, con una colaboración semanal en la edición digital de Diario de Avisos, donde ofrecían Canarias Crónica, cinco minutos chispeantes del informativo más disparatado y surrealista que se podía seguir entonces en la red, la troupe de El Supositorio ponía en circulación su tercer proyecto escénico: Peor es robar. Se trataba de un perfecto cachivache de relojería en el que no sobraba ni faltaba nada. Estructurado en cinco sketches (a cual más cachondo) y con una coreografía a modo de preámbulo, en la que los cinco humoristas canarios emulaban, al alimón, a los Monty Python y a Tricicle, mediante un gag sin palabras, este espectáculo brindaba un caudal casi inagotable de risas y buen humor: imprescindibles la escena de la ventanilla única, a la que acude un pibe incauto que piensa montar una heladería artesanal y el número protagonizado por Güistrol, el entrenador personal que ha patentado el complemento vitamínico MegaSuperPower Brutal 4.

Una año después, en la temporada 2013-2014, ¿Y esto ahora quién lo paga? fue el título escogido para su siguiente show. En este caso, tras una breve obertura, consistente en jugar con la ambigüedad y el doble sentido (y ya de paso restregar suavemente el dedo por la llaga de las pequeñas grandes corruptelas que asolan nuestro devenir cotidiano), los noventa minutos siguientes transcurrían a lo largo de cinco divertidísimos cuadros escénicos sin ninguna conexión argumental entre ellos, salvo las ganas de hacer reír. Y, para conseguirlo, cualquier pretexto resulta válido: ya sea una charla sobre educación sexual que imparten, en un instituto cualquiera, dos informáticos frikis, fans de La Guerra de las Galaxias, con más canas que sentido común; las desavenencias de un multimillonario con su clon (donde El Supositorio explota con suma gracia la feliz circunstancia de que dos de sus componentes sean gemelos); o la feroz y jocosa inquina con la que el grupo satiriza la miseria moral y la pornografía sentimental que despiden (como un incómodo hedor) ciertos programas televisivos de reencuentros familiares, amores perdidos o vidas recuperadas.

Capítulo aparte merecían las dos piezas más sobresalientes de la función: una hilarante y simpatiquísima parodia de la batalla de Las Termópilas (y de la película 300), con la que resultaba imposible no descojonarse (con perdón) en más de un momento, y el desenlace, en vivo y en directo, de la telenovela Cataratas de pasión, que constituía una auténtica obra maestra en la que estos cinco bufones maravillosos daban lo mejor de sí mismos.

Un año después de debutar en el teatro La Latina de Madrid de la mano de En cuarentena, con Welcome to Canarias, El Supositorio entró por la puerta grande en el Auditorio Adán Martín, en octubre de 2015, en lo que supuso un paso cualitativa y cuantitativamente significativo para una formación de estas características que, parafraseando a Groucho Marx, en apenas una década ha pasado de la nada hasta alcanzar las más altas cotas de la miseria.

El espectáculo, en atinada consonancia con los anteriores, tomaba prestado su nombre del tema de igual título, original de Das Tranken, grupo chigüesquero de origen alemán y padres del tecno punk isleño de principios de los años ochenta y cuyo vídeo clip, así como la totalidad del material audiovisual del quinteto, fue realizado por el cineasta tinerfeño Vasni Ramos, sexto elemento de esta fantástica ecuación en la que nunca faltan las ganas de pasarlo bien y de divertir a los demás.

Tal y como volvió a quedar demostrado el pasado 7 de julio, durante los ciento veinte minutos de carcajadas continuas con las que una platea repleta de fieles seguidores acogieron el último espectáculo del grupo: una selección de sus mejores gags escogida, a la carta, por sus propios fans.

El Supositorio, que desde el mes de enero presenta el micro-espacio informativo Desenfocados, como sección fija en el programa semanal El enfoque, emitido en la franja nocturna cada jueves por la Televisión Canaria, arrancó su particular fiesta de aniversario, una única función en el Guimerá, con una impagable rueda de prensa protagonizada por los cinco miembros de Acesulfame K, desternillante formación de hip hop, cuyas respuestas a cuestiones planteadas por reconocidos periodistas tinerfeños, quienes las grabaron con sus propias voces, nombres y apellidos, forman parte de lo más ferozmente gracioso que uno haya visto sobre un escenario.

Gracias, muchísimas gracias por estos quince años de gratificantes, ingeniosas y terapéuticas cápsulas de humor. Sólo espero y deseo poder vivir otro quindenio y volver a felicitarles por nuevos éxitos.

De no ser así, al menos siempre nos quedará Chigüesque. Y su Monogarden.

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