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El callejón

Todos somos Salieri

“Somos chavistas hasta la muerte. Y cuando Maduro ordene, estoy vestido de soldado para una Venezuela libre, para pelear contra el imperialismo y los que se quieren apoderar de nuestras banderas, que es lo más sagrado que tenemos. Viva Chávez, viva Maduro, viva la revolución, vivan los revolucionarios de pura cepa, no los venezolanos interesados e involucrados con la derecha”

Diego Armando Maradona

Quizás el mayor acierto de Peter Shaffer en Amadeus resida en mostrar la total estupefacción y el justificado resquemor de Antonio Salieri al descubrir lo extremadamente generosa que ha sido la naturaleza al dotar a su rival, Wolfgang Amadeus Mozart, de un talento desmesurado para la música, que contrasta con la inmadurez y pobreza intelectual de un sujeto tan ingenuo como infantil que, para la mayoría, es una extravagante rareza y, sin embargo, a ojos de Shaffer/Salieri resulta poco menos que un deficiente mental.

Y es que, con reiterada frecuencia, en el errático y contradictorio devenir de nuestra especie por la tierra que pisamos, nos solemos encontrar con casos de individuos que son auténticos genios en la esfera de su vida profesional pero que muestran una absoluta falta de criterio (cuando no de sentido común) a la hora de desenvolverse en la realidad cotidiana, en sus relaciones con el resto de los seres humanos (incluso los más próximos a ellos) o en el momento de escoger paradigmas ideológicos.

La desatinada, inoportuna y absurda defensa de Diego Maradona del repugnante régimen que Maduro y cierta izquierda siniestra (en el peor de los sentidos) tratan de imponer en Venezuela (como si el estalinismo hubiese sido la fórmula más perfecta para acabar con Hitler) no es menos indefendible que la cobarde aceptación del nazismo por parte de Martin Heidegger, la defensa a ultranza de la esclavitud llevada a cabo por Aristóteles, la nauseabunda falta de escrúpulos del ingeniero aeronáutico Wernher von Braun (que pasó de las SS a la NASA sin rendir cuentas ante nadie) o la tibia complicidad con la que Jorge Luis Borges acató la dictadura de la Junta Militar.

De cualquier forma, tales comportamientos, de imposible justificación, tan sólo demuestran la frágil corteza que envuelve a la naturaleza humana: un terrorífico paisaje de pesadilla y desolación, al que sólo iluminan la fe en uno mismo y el amor a los demás.

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