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El Caleidoscopio
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Doctor en Fuencaliente.

Doctor en Alaska: serie de culto de los 90. Un médico urbanita de Nueva York es obligado a ejercer en un pequeño y remoto pueblo llamado Cicely, donde poco a poco su racional manera de ver la vida irá cambiando.

Jugaba plácidamente con las pequeñas olas y disfrutaba de los últimos rayos de sol  en la preciosa y acogedora playa de La Zamora, cuando mi amigo me gritó desde la orilla:

   -¡Hey! ¿Vamos a un concierto rock en la iglesia de    Fuencaliente?

-¿Dentro o fuera? – Fue mi respuesta.

-¿Donde va a ser? ¡Dentro! ¡Por supuesto! – Mi amigo lo decía como si fuera lo más normal del mundo.

-Pues ya me contarás ¿Cómo va a haber un concierto rock dentro de una iglesia? ¿El Cura es hermano de Mick Jagger y le dejó las llaves mientras se marchó de vacaciones? – Seguía sin creérmelo.

-Que si, hazme caso, hombre de poca fe. Tu sígueme y ya verás. No te estoy engañando.

Salí del agua y me dispuse a secarme y a prepararme para algo de lo que no estaba seguro si estaba preparado.

   -¡Espera! – le dije – ¿Se puede entrar a una iglesia en cholas, bermudas y camiseta de asillas? No tengo otra muda…

   -¡Claro que si! ¿Se puede entrar a una iglesia a un concierto rock y no se puede entrar en cholas y pantalón corto? – Fue su ingeniosa respuesta.

   -Desde ese punto de vista…supongo que si – Nunca he sido incrédulo pero esto me sonaba tan inverosímil… comprendí a Santo Tomás, ver para creer: ¡Yo lo necesitaba!

Entramos en el coche y subimos la carretera de  Las Indias mientras el Sol se sumergía en el agua del horizonte… en su incandescencia también necesitaba un baño: estábamos en pleno verano y hacía mucho calor. Bajé la ventanilla para refrescarme un poco. Que sensación más reconfortante tenía entre los últimos fulgores del cielo, la brisa de la velocidad y la relajación corporal propia después de un agradable día de playa.  

Llegamos a la plaza de la iglesia y nos dispusimos a entrar. Me encontraba entre impaciente, incrédulo y extraño. Pasamos bajo el umbral del pórtico principal y… ¡Efectivamente! ¡Retumbaban acordes rock por todas las paredes!

Nos sentamos al fondo y nos dispusimos a observar. A primera vista, sobre el altar, delante del reliquiario, una banda rock tocaba y cantaba: resultó ser "Mamá mi Niño", una banda local que me gusta mucho: es muy divertida y animada, y tiene buenas canciones, que es básicamente lo que le pido a un grupo. Lo siguiente en llamarnos la atención fue que los bancos estaban llenos, ocupados por gente de todas las edades, pero también por muchas señoras; como un domingo matinal de misa pero traspasado a viernes noche rock; no dejaba de ser surrealista.  Los santos e imágenes estaban todos en su sitio, ninguno se había echado a correr,  también tenían ganas de ¡rock en la iglesia!

Miguel Ríos cantó el rock de la cárcel pero también tenía que haber cantado el rock de la iglesia. Se ve que no creía capaz que ocurriera algo así ni conocía el pueblo de Fuencaliente.

Terminaron la canción que estaban desarrollando, y en ese intervalo silencioso, salió mi instinto más primigenio y rockero, olvidándome donde estaba, le grité al cantante:

   -¡SÚBETE AL PÚLPITO Y CANTA!

Inmediatamente un hombre de la primera banca giró su cabeza y miró hacia atrás con una mirada desafiante y retadora, afilada cual espada, buscando al gracioso de la proclama… no me localizó… recordé mi infancia agazapado entre las últimas filas de la guagua, la escuela o la iglesia.

   -¡Muchacho! Ese es el cura, mira a ver ¡que estás en su casa! – Me comentó mi amigo.

Tenía razón, en mi ardor me había olvidado: por mucho concierto que hubiese no dejábamos de estar en una casa ajena con un dueño que velaba por ella. Intenté mentalizarme del tema: Es rock pero más contenido, rock introspectivo, rock de la iglesia…

Indagamos el motivo del concierto en aquel templo cristiano. Por lo visto, ocurrió lo siguiente:

El concierto rock iba a ser al aire libre en la plaza del pueblo pero a posteriori coincidió con otro de música folklórica, para un canal de televisión, a poca distancia, concretamente en los exteriores de las Bodegas Teneguía,  por lo tanto, podían interferir los sonidos en la grabación del programa. Ante este encontronazo de intereses,  el cura se prestó a ofrecer su casa.

 Salomónica decisión.

Mamá mi Niño continuaron ejecutando piezas de su repertorio. No se les veía a disgusto, ni mucho menos, pero si más contenidos de lo normal, y es que el recinto imponía, así que les podía comprender.

Terminaron otra canción y me volví a emocionar más de la cuenta.  

-¡UNA CANCIÓN EN LATÍN! – Proferí desde mi última bancada.

Esta vez el hombre de la primera fila giró su cabeza con mayor rapidez, buscaba con tesón al instigador, por sus ojos salían dos llamaradas, es como si el diablo hubiese entrado en aquella casa sagrada… aunque yo lo seguía viendo acorralado bajo San Miguel Arcángel, como me estaba empezando a sentir ahora. No me pilló por muy poco, tragué saliva, soplé mi propio flequillo, y me mentalicé que aquella había sido la última proclama rock. No quería que me echaran de la iglesia agarrado de la oreja.

Aprovechamos para tomarnos unas fotos, necesitábamos documentos gráficos si queríamos que alguien nos creyese.  Todos albergamos un Santo Tomás en nuestro interior y éramos conscientes de ello.  

Los de Mamá mi Niño acabaron su tocata y se prepararon los siguientes en actuar: un grupo de Hip Hop de Tenerife. Se subieron solamente dos tipos jóvenes y con un sampler y buenas rimas nos dejaron a mi amigo y a mi con una amplia sonrisa y cara de satisfacción.

   -Esto está bueno eh – Me dijo.

   -Ya lo creo – Le respondí.

Pero en la siguiente algo ocurrió, se subieron unos cuantos jóvenes más y comenzaron una canción que poco tenía que ver con la anterior. Era un homenaje a Dios y a Jesús y a la felicidad que todos nos embarga si creemos en ellos. Respeto a todos, también respeto todos los gustos,  pero definitivamente aquello no era lo mío. Musicalmente me resultaba demasiado pomposo.

Mi amigo se levantó y se dispuso a abandonar la iglesia en medio de la canción.

   -¡Espérate a que acabe al menos! – Le dije

Ni caso… se perdió como alma que lleva el diablo.

Los que estaban actuando no desentonaban en la iglesia, eso es cierto, así como también es cierto que normalmente nadie da algo a cambio de nada. El cura prestó la iglesia, si, pero en el contrato se encargó de recordarlo.

Acabaron la segunda canción y abandoné el sacrosanto lugar.

La noche lo había invadido todo, se estaba bien en pantalones cortos y cholas, me encanta esa sensación veraniega de estar ligero y agradable  y sin una brizna de frío. Me senté con mi amigo y los demás renegados en un banco de la plaza. Algunos tenían cara de haber caído en un embuste. Yo no era tan extremista, a menudo hay conciertos con sesión doble en donde te gusta la mitad y la otra no tanto, digamos que aquí pasó algo parecido, o por lo menos, prefería tomármelo así.  

Al poco una amiga del pueblo pasó por delante de nosotros. Morenita, guapa, de ojos inmensos y afable rostro, con un traje raso estampado.  Nos saludamos y le pregunté.  

   -¿A donde se puede ir de fiesta?

   -Yo me voy dentro de un rato a una fiesta en la gasolinera –  Fue su sorprendente  respuesta. También lo dijo como si  nada.  

Miré a mi amigo a los ojos.

   -Conciertos Rock en la Iglesia… fiestas en la gasolinera… ¿Doctor en Alaska?… ¡DOCTOR EN FUENCALIENTE! – Atiné a balbucear.

La chica esbozó una sonrisa y siguió su camino. Mi amigo me miró fijamente y  me dio un palmada en la espalda como si de pronto lo hubiese comprendido todo. La Luna irradiaba candor en lo más alto. De la iglesia seguían saliendo notas musicales en su forma más religiosa. Se estaba a gusto en aquella plaza, la felicidad andaba por allí cerca, casi se podía tocar…

Mi cabeza intentaba reflexionar sobre lo sucedido. Aquel no era un pueblo cualquiera, sino un pueblo peculiar y entrañable donde la magia podía surgir en cualquier momento, por raro o inverosímil que pudiera ser o parecer.

Me levanté y di un paseo por la plaza mientras oteaba el firmamento. En el fondo sabía que no había nada que comprender…

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