cerrar
cerrar
Registrarse
La tendedera

Enterrada en vida

Templo de San Andrés, principios siglo XX

Corría el año de 1806. Las dos campanas de la torre de la iglesia de San Andrés (la grande y la chica), en el actual municipio de San Andrés y Sauces, doblaban a agonía, lamento y muerte por María Liberata de Guisla.

De ilustre y rica cuna, su hermano Juan Domingo destacó en la guerra de Italia, en la que resultó herido. De regreso a La Palma, desempeñó el cargo de regidor perpetuo de la Isla. La corona le concedió el título de marqués de Guisla Ghiselín. Su otro hermano, Carlos José, le sucedió en el marquesado, heredando los importantes mayorazgos de la familia.

María Liberata de Guisla y Salazar de Frías casó en 1776 con Domingo Vandewalle de Cervellón. Como sus cuñados, también fue regidor perpetuo de la isla de San Miguel de La Palma, alguacil mayor del Santo Oficio de la Inquisición, fundador de la Sociedad de Amigos del País de Santa Cruz de La Palma y compañero de correrías del célebre Cristóbal del Hoyo-Solórzano y Sotomayor, vizconde de Buen Paso y marqués de San Andrés. En 1752, don Domingo descubriría las célebres inscripciones prehispánicas de Belmaco, en un caboco de Villa de Mazo.

Sus últimos años los vivió María Liberata en su vivienda de San Andrés, sola y sin hijos. Sus ilustres hermanos habían muerto en 1785 y 1787 y su marido en 1776. Cuentan que no salía de su casa e, incluso, que gozaba misa privadamente desde el interior de su vivienda a través de una ventana de celosías o tribuna. Desde aquel recóndito lugar podía contemplar el oratorio de la Virgen del Pilar, fundado por su hermano Juan Domingo a mediados del siglo xviii.

De carácter déspota, malhumorada, gruñona, exigente con los privilegios de su cuna, representante de su todopoderoso hermano, el primer marqués de Guisla, a ella se refiere un suceso acontecido en Santa Cruz de La Palma en 1755 durante la bajada quinquenal de la Virgen de las Nieves. Al entrar en el convento de Santa Catalina de Sena y estando la iglesia abarrotada de fieles, quiso doña María pasar adonde le correspondía por su rango sin miramiento alguno, «tirando con el pie a las mujeres que no se levantaron luego» y gritando que era patrona del convento. Cuentan Juan Bautista Lorenzo en sus Noticias para la historia de La Palma y el profesor Jesús Pérez Morera en su tesis doctoral Arte y sociedad en La Palma durante el antiguo régimen (1600-1773) que con su actitud hizo levantar a las mujeres que estaban sentadas delante de la tarima del coro del templo, por lo cual a una de ellas le dio una fatiga.

María Liberata fue enterrada en la cripta de la capilla del Rosario, colateral del lado de la Epístola de la iglesia de San Andrés, con hábito, en un ataúd acolchado, sin tapa y con el cuerpo parcialmente cubierto de cal viva. El enterramiento, de planta rectangular, disponía de unos 10,60 m2, con bóveda de ladrillos de barro, bancos o poyos laterales y estaba presidido por una cruz.

Algunos días después, mientras rezaba, el sacristán escuchó voces y golpes, cuya procedencia no podía determinar. Aunque aquellos ruidos y los destemplados gritos que pedían auxilio le atormentaban de continuo, calló: no quería que le tomaran por loco. Cuentan que años más tarde, al volver a abrirse la cripta para otro enterramiento, posiblemente el del presbítero Ambrosio Arturo de Paz -fallecido en 1814-, los asistentes encontraron el esqueleto de María Liberata fuera de su tumba, con un ladrillo asido a una mano. Fue entonces cuando el sacristán recordó… y manifestó acongojado que años atrás había escuchado lamentos y golpes, pero que por miedo a no ser creído, no dijo nada. El suceso se convirtió en leyenda, corriendo de boca en boca y de generación en generación por todos los rincones de la Isla que a María Liberata la habían enterrado viva.

El hecho de que en la iglesia de San Andrés hubiese sido enterrada una mujer que aún no había alcanzado la muerte sigue sobrecogiendo a las gentes del lugar. En 1986, la antigua leyenda toma cuerpo de veracidad. Un equipo de arqueólogos realizó una excavación y, tras el exhaustivo estudio de los restos humanos hallados, manifestó que «la leyenda tiene visos de realidad», pues un cuerpo inerte -seguramente, el de María Liberata- aparecía en posición secundaria, no en el sitio que le correspondía por su posición y cuna.

Después de 1814, en que recibió sepultura el cadáver de Ambrosio Arturo de Paz, nadie más fue enterrado en aquella cripta. Por fin, María Liberata descansa en paz, alejada de los malos humores y desplantes totalitarios que la caracterizaron en vida.

Archivado en:

Comentarios (0)

Últimas noticias

Lo último en blogs

Social Media Auto Publish Powered By : XYZScripts.com