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Opinión
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Sobre conciliar diversión y descanso

Existen conceptos que por su propia significación tienden a emparejarse con otros, creando vínculos bidireccionales en los que la existencia de uno reclama la presencia del otro, pues constituyen un todo que abarca y engloba ambas realidades. En este caso me refiero a la contemplación y al silencio, al cielo estrellado y la ausencia de ruido.

Sin lugar a dudas las fiestas del carnaval permiten a la sociedad romper con la rutina diaria. No solo eso, disfrazarse y adoptar un tipo (como en el caso de las chirigotas, comparsas y coros gaditanos; así como las murgas canarias) supone un trabajo de caracterización notable, en el que a través del vestuario, el maquillaje y la representación distintos personajes cobran vida y con sus letras y canciones nos invitan a comprender otras realidades así como a ejercer la reivindicación empleando la ironía, la música y el humor. Es por tanto el carnaval una invitación a la libre expresión: corporal y lingüística, y una oportunidad de interrelacionarnos con el resto dejando atrás nuestros atuendos normales o roles habituales.

De igual modo que es respetable esta celebración y cualquier otro acto programado por las Concejalías de Fiestas de los ayuntamientos, en el modelo de ciudad al que debiera aspirar la sociedad habría que conjugar la diversión con el derecho al descanso, delimitando el difícil equilibrio entre el ruido y el silencio.

En la isla de La Palma el lunes 16 de enero tuvo lugar la fiesta de Los Indianos en Santa Cruz de La Palma y en su otro municipio más poblado, Los Llanos de Aridane, por la noche hubo una actuación que se prolongó hasta las cuatro y media de la madrugada del martes 17 de enero. Fue entonces cuando al no poder conciliar el sueño me acordé de que La Palma está reconocida no solo como Reserva de la Biosfera sino también como Destino y Reserva Starlight. En ese momento con el ruido de fondo del concierto me pregunté si sería posible contemplar las estrellas… y me percaté de que no. La contemplación del cielo nocturno no es conjugable con el alto volumen sonoro, ni con el grito, ni con el ambiente ruidoso. Si la isla está reconocida como Reserva Starlight por la calidad-limpieza y oscuridad de su cielo, la concepción de su paisaje sonoro no muestra sensibilidad alguna al respecto.

Entre los objetivos principales de la Fundación Starlight, responsable del desarrollo y promoción de la “Declaración sobre la Defensa del Cielo Nocturno y el Derecho a la Luz de las Estrellas” de La Palma se menciona “la protección del cielo nocturno” (http://fundacionstarlight.org) junto a la difusión cultural de la astronomía y el desarrollo económico sostenible local a través del astroturismo. Para garantizar dicha protección habría que abordar ese otro aspecto vinculado al mismo: la falta de toma de conciencia que tiene nuestra sociedad respecto a la contaminación sonora.

Hay evidencias y estudios que corroboran que la contaminación acústica produce efectos a nivel fisiológico, hormonal y nervioso. Asímismo es causante del deterioro de las condiciones del descanso nocturno. Sin embargo, asumimos la cultura del ruido indisociable con cualquier festividad, en vez de tratar de conciliar la cultura del descanso con el derecho a la diversión. En el libro de Susana Espinosa “Ecología acústica y educación” se plasman los principios para un ideario de un nuevo paisaje sonoro en el que se tome conciencia de la creciente contaminación sonora de los espacios comunes y se inste a programar la ecología acústica como proyecto en la sociedades actuales. Es necesario replantear la relación humana con los sonidos y con el silencio, así como comprender los matices de los términos implicados en la percepción auditiva: qué es el ruido y qué es el sonido. Parece algo banal a primera vista pero aprender a diferenciarlos es crucial para poder desaprender malos hábitos en este sentido y volver a recuperar la calidad de vida desde el punto de vista auditivo. Es fundamental no solo para favorecer la convivencia del ser humano sino por el aspecto educativo, somos los responsables de ofrecer a los niños y niñas un entorno sonoro adecuado en el que ellos desarrollen su capacidad de escucha. De esta capacidad dependerán otras aún más importantes como su capacidad de entender, plantearse preguntas, comprender, reflexionar y estar en silencio.

Aprovechemos el final de estas fiesta de carnaval para dialogar sobre el paisaje sonoro. Ahora que el concierto ha cesado y los amplificadores se desconectaron, ahora que las molestias ocasionadas por el ruido por fin pasaron, ahora que es posible hablar con el otro sin tener que alzar la voz. Intentemos recapacitar sobre las virtudes del silencio, no solo para poder contemplar mejor las estrellas sino para poder hablar los unos con los otros. Tal y como se concluye en la monografía de educación ambiental “Ecología acústica y educación” (Espinosa, S, p.128): creamos en “un paisaje acústico donde los sonidos y los silencios se potencien significativamente a favor de la comunicación humana y de un reencuentro de la sociedad con la naturaleza”.

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