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Crisis, teología y modernidad

Lucas López.

Fue al final de mi etapa en Almería. Seis años de presencia y trabajo gozoso e intenso desbordaron mi espiritualidad y mi psicología. La tristeza y las dudas se adueñaron de mi alma. Aquella crisis supuso mi destino a Paraguay, donde tuve la suerte de colaborar en Fe y Alegría, en su radio, y en el Centro de Estudios Paraguayos Antonio Guasch, el centro fe-cultura-justicia de los jesuitas en Asunción. Las muchas ayudas que tuve aquí y en aquel país me pusieron en el camino de una lenta superación. Me hizo crecer. Las crisis, por lo general, son una oportunidad para mejorar.

Frente a la idea de una teología pensada de una vez para siempre o con un crecimiento siempre orgánico y controlado, la teología también vive sus crisis. Crisis que hacen crecer. La teología católica en Europa vivió una intensa crisis con el cambio del siglo XIX al siglo XX.

Al filósofo Maurice Blondel, profesor en Aix-en-Provence, le sorprendió un pequeño libro con tapas rojas publicado por el teólogo y sacerdote Alfred Loisy: “El Evangelio y la Iglesia”. Apareció en 1902 como respuesta a “La esencia del cristianismo”, de Adolph von Harnack, quien, desde una supuesta teología científica (histórica) establecía que “el catolicismo romano… no tiene nada que ver con el Evangelio”. Harnack sostenía que la esencia del cristianismo ni necesitaba al Jesús de la historia ni pertenecía a la historia de la Iglesia. Loisy recordaba en sus memorias (1930): “Mi objetivo, muy explícitamente enunciado, era probar contra Harnack que el desarrollo cristiano no es más que el Evangelio continuado”. Para eso, Loisy mostraba que la historia del cristianismo era la del Cristo de los Evangelios y la de quienes le habían seguido e interpretado: la Iglesia. De ese modo, la ciencia histórica mostraba la verdad del cristianismo.

Blondel se sumaba a la convicción de Loisy de que la Iglesia estaba en continuidad con Cristo. Del mismo modo, alababa el esfuerzo por dotar de fundamento histórico científico a su argumentación. Pero Blondel sospechaba que la ciencia histórica tendía a excluir la razón creyente y que, de ese modo, aplanaba la realidad para que cupiera en el método que se aplicaba en su investigación. Por eso, a juicio de Blondel, la ciencia no podía sustituir a la fe. Su crítica (y de muchos otros) acabó haciendo del libro de Loisy no una réplica a la postura del protestante Harnack, sino una crisis interna entre los pensadores católicos.

Aquel debate recibió el nombre de “crisis modernista”. De un lado, ante una ciencia con resultados siempre provisionales, algunos sostienen que la teología no debería adecuarse a las hipótesis científicas y debería permanecer, sin más, en las formulaciones de la tradición. Del otro lado, había quienes defendían que la fe y sus formulaciones no estaban al margen de los nuevos tiempos y que, por tanto, deberían someterse al método científico y responder a los cuestionamientos que la ciencia histórica planteaba sobre los orígenes del cristianismo, el sentido teológico de Jesús y su relación con la fundación de la Iglesia.
Blondel no representaba una posición extrema. Aceptaba la necesaria incorporación de la modernidad a la reflexión teológica pero, y esto es muy importante, insistía en que la modernidad tampoco podía excluir a la razón teológica si quería dar cuenta de la realidad.

Blondel y Loisy nunca se encontraron personalmente. Antes de la publicación del libro que dispararía la crisis, mantuvieron una correspondencia en la que mostraban una comunidad de intereses. Así, en 1897, Blondel escribe a Loisy: “Admiro su calma y la paciente confianza que muestra. Usted trabaja para el futuro indicando la actitud que es no sólo saludable, sino “necesario” tomar”. Sin embargo, tras “El Evangelio y la Iglesia”, Blondel y Loisy cruzan una serie de cartas en las que se distancian progresivamente: mientras que Loisy parece convencido de que la historia da toda la verdad sobre el Cristo, Blondel insistirá en que los muy útiles estudios historiográficos necesitan de la teología.

El filósofo de Aix-en-Provence piensa que cuando Loisy dice que actúa como científico sin una posición filosófica previa, en realidad adopta un pensamiento que deja sin significado alguno a la fe. Por eso, tras cuatro largas cartas por parte de cada uno, Blondel tiene la impresión de que Loisy regatea los argumentos y que no afronta la pregunta central: qué supone la fe para entender la realidad. En su última carta, no contestada por parte de Loisy, el filósofo le pregunta directamente si acepta el carácter divino, no solo humano, de Jesús.

La crisis supuso la intervención del Magisterio que se pronunció contra las posiciones modernistas con mucha más fuerza que contra las posiciones fundamentalistas mostrando el difícil diálogo entre el catolicismo y la modernidad. Loisy abandonó el sacerdocio y la Iglesia. Sus libros fueron considerados inapropiados para explicar la fe cristiana; Blondel, aunque discutido, tuvo una obra amplia y singular que lo sitúa entre los grandes pensadores religiosos del siglo XX. A pesar de la intervención magisterial, la teología continuó reflexionando los argumentos del modernismo. Muy lentamente, fracasó la separación estanca de las ciencias (muy escolástica) y se promovió una creciente interdisciplinariedad. Teología, filosofía, historiografía, lingüística, sociología, psicología… todas las ciencias ayudan a entender la realidad, que es también teológica. Si se excluyen mutuamente presentarán solo una visión parcial; en ocasiones necesaria, pero siempre insuficiente.

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