El que fuera obispo de la diócesis Nivariense, fray Albino González Menéndez-Reigada, dejó en su libro La isla de La Palma: de mar a cumbre uno de los relatos más vivos de la isla a finales de los años veinte. Su visita pastoral de 1929 no fue únicamente una sucesión de ceremonias religiosas. Fray Albino observó los pueblos, habló de sus habitantes y se dejó impresionar por una geografía que, en determinados momentos, convirtió el viaje episcopal en una auténtica aventura.
Pocas páginas reflejan mejor esa mirada que las dedicadas a la excursión realizada desde Los Sauces hacia Los Nacientes y las cumbres.
El obispo se había quedado gratamente impresionado por Los Sauces. Vio una población activa, trabajadora y con perspectivas de crecimiento hasta el punto de escribir: <<Es de esperar que Los Sauces venga a ser muy pronto una especie de capital del Norte de la Isla>>. Desde aquel núcleo agrícola y comercial se abría, sin embargo, otro mundo: el de los barrancos, el bosque, el agua y una cumbre que solo podía recorrerse a pie o a lomos de caballerías.
Para emprender la subida era indispensable contar con hombres conocedores del terreno. Antonio María Martín contrató para aquella jornada a un vecino que debía servirles de guía. Fray Albino lo menciona primero como Andrés y, conforme avanza el relato, lo convierte en uno de los personajes más entrañables y pintorescos de toda la excursión.
Se llamaba Andrés Fernández Herrera, aunque era conocido popularmente como Andrés de José Blas, denominación que conservaba el nombre de su padre y de su abuelo. Había nacido en El Bebedero ( San Andrés y Sauces ) y en 1898 marchó a la Guerra de Cuba. Regresó después a La Palma, donde su vida quedó estrechamente ligada con los caminos, las caballerías y aquel mundo rural en el que moverse de un lado a otro exigía experiencia, resistencia y un conocimiento instintivo del territorio.
La memoria popular conservó también una larga serie de historias sobre su ingenio, su capacidad para la broma y una particular forma de enfrentarse a situaciones cotidianas. El retrato que surge de ellas ayuda a comprender mejor por qué fray Albino acabaría recordándolo como una mezcla de afecto y divertida resignación.
La comitiva abandonó Los Sauces y comenzó a ganar altura. Atrás quedaron las casas, los cultivos, los caminos más transitados. Aparecieron las laderas húmedas, los grandes desniveles y la vegetación cerrada del monte. El agua, que durante siglos había constituido una de las grandes riquezas del lugar, pasó también a ser protagonista de la jornada. El destino eran los nacientes de Marcos y Cordero.
Fray Albino escribe con la curiosidad del viajero que descubre un territorio desconocido. No ofrece una descripción fría del paisaje, sino que transmite sensaciones: la grandiosidad de los barrancos, el verdor, la humedad y la sucesión interminable de lomas. En un momento del viaje recoge incluso la manera sencilla con que los habitantes del lugar designaban aquel enorme espacio montañoso: <<Nosotros a todo esto lo llamamos la Serranía>>.
Para alcanzar los nacientes había que avanzar por senderos estrechos, atravesar pasos difíciles y adentrarse en los túneles abiertos para conducir el agua.
La llegada a la Casa del Canal y la visita a Marcos y Cordero constituyen, sin embargo, una etapa completa del recorrido. Allí se detuvieron y contemplaron un paraje que impresionó profundamente al obispo.
Terminada la visita a los nacientes comenzó otra jornada dentro de la misma jornada. Se despidieron del párroco don Francisco Gil Soler y de don Antonio María Martín, que no continuaron la travesía, y fray Albino y sus acompañantes emprendieron el camino hacia la cumbre. El objetivo era alcanzar el Pico de la Cruz y desde allí, iniciar el descenso hasta Santa Cruz de La Palma. Fue entonces cuando la excursión cambió por completo de carácter.
La marcha continuó <<filo arriba>>, cada vez por un terreno más abierto, duro, donde se bifurcaban los senderos y Andrés decía con aplomo que había que seguir << el más pateado>>. El sendero acabó por desaparecer y Andrés, pese a su experiencia, tuvo que reconocer que no podía asegurar la continuación del camino. La comitiva se dividió: mientras unos siguieron ascendiendo a pie en busca de la cumbre, Andrés y Moisés – el arriero joven – descendieron con los mulos tratando de encontrar una senda practicable.
Ante el paisaje que de pronto se abrió a sus ojos y la impresionante visión de la Caldera, el obispo escribió una frase memorable: <<Si nos hemos perdido, bendiga perdida>>.
Perderse había significado descubrir. La desviación les permitió contemplar una naturaleza que fray Albino describe con verdadero entusiasmo. Mientras tanto, Andrés seguía por debajo con los mulos hasta que el grupo consiguió reunirse de nuevo avanzada la tarde para emprender el descenso a Santa Cruz de La Palma.
Y junto a la grandiosidad del paisaje quedó para siempre la nota humana.
Andrés Fernández Herrera, Andrés de José Blas, dejó de ser uno más de aquellos arrieros. Gracias al relato del obispo entró, sin pretenderlo, en la pequeña historia literaria de La Palma.
Fuentes documentales
- Fray Albino González Menéndez-Reigada, La isla de La Palma: de mar a cumbre. 1929.
- Datos biográficos aportados por José Ángel Hernández Hernández.
*Manuel Marcos Pérez Hernández. Cronista oficial de San Andrés y Sauces

















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